wittgenstein: vigencia y legado

Los límites (elásticos) del lenguaje

A 75 años de su muerte, la figura de Ludwig Wittgenstein (1889 – 1951) conserva intacta su capacidad de fascinación: filósofo, ingeniero, soldado, maestro rural y pensador radical, transformó dos veces la filosofía del lenguaje y dejó una huella profunda que llegó desde Cambridge hasta la Argentina, donde sus ideas fueron además incorporadas a los derechos humanos y las formas de la vida colectiva. Del Tractatus Logico-Philosophicus a los juegos de lenguaje, su obra trazó los límites de aquello que puede ser dicho y abrió, al mismo tiempo, un espacio para lo ético, lo místico y el sentido profundo de la existencia.

Foto: cedoc

Este año se cumplen 75 años de la muerte de Wittgenstein, uno de los filósofos más celebrados del siglo XX. La huella de su pensamiento se difundió desde Cambridge hacia el mundo, incluyendo nuestro país.

Como suele ocurrir con algunos pensadores y artistas recordados, la singularidad de su personalidad es tan atrayente como su propia obra. La extrañeza del individuo Wittgenstein siempre despertó curiosidad. Antes de la Primera Guerra Mundial, su primer interés era la ingeniería aeronáutica. Luego lo apasionó la filosofía de las matemáticas. Estudió entonces en Cambridge bajo la tutela de Russell, el destacado humanista, lógico y matemático.

Hay que imaginar quizás una primera situación: las bombas caen entre las trincheras. Los soldados cubren el suelo, muertos o heridos. Alguien está al borde de la Tierra de nadie, esperando su turno para atacar. Tiene miedo, pero no se inmoviliza y ninguna bala lo alcanza. Ve lo más horroroso. Lo acompaña una copia de El Evangelio resumido de León Tolstói. Lo lee muchas veces. Lo apodaban “el hombre de los evangelios”. Pero es Wittgenstein.

Antes de entrar a esa tormenta de acero y sangre, Wittgenstein era un joven neurótico, intratable y arrogante. Pero la guerra lo transforma. Aprende a valorar el presente y el estar vivo. Cuando regresa a su hogar, renuncia a la herencia familiar de su padre, un magnate del acero austríaco, uno de los hombres más ricos del mundo.

Escribe su primera gran obra, el Tractatus Logico-Philosophicus, durante el conflicto, terminándolo cuando cae prisionero de los italianos. Su escritura es aforística, enigmática, preñada de sentidos indirectos. Sorprende con su tesis de que los límites del lenguaje son los límites del mundo, y de que aquello de lo que no se puede hablar, es mejor callar. Esto último es evidencia del misticismo que lo alcanzó entre las trincheras.

Primero divinizado en Cambridge y en Viena, renuncia a toda esa exaltación de su nombre y va a enseñar como maestro a un humilde pueblo austríaco. No entiende que sus alumnos son solo niños. Le exige demasiado e incurre en castigos físicos.

Al decepcionarse de su aventura educativa rural, acepta su destino universitario. Regresa a Cambridge. Pese a las distancias ideológicas, Russell recibe con los brazos abiertos al hijo pródigo, junto con otros popes de la tradicional universidad británica. Allí transforma su pensamiento. Ya no se interesa solo por las estructuras lógicas del lenguaje. De a poco, elaborará su concepto de los “juegos de lenguaje”, particulares acuerdos entre los hablantes sobre reglas compartidas en común: la dimensión pragmática, no ya la fundamentación lógica de los sentidos de las palabras.

Wittgenstein terminó por descreer de la filosofía como saber abstracto. Aconsejaba a sus mejores alumnos dedicarse a actividades “más serias” como la ingeniería o la física. Contrae cáncer de próstata y rechaza toda atención médica. Agotado, pero satisfecho de su vida, el frío rasguño de la muerte lo halla esperando, en paz, el paso al otro lado, en Cambridge, seis años después del silenciamiento de la metralla de la Segunda Guerra Mundial. A este momento volveremos al final.

Su recepción en Argentina. La primera respuesta a la llegada del pensamiento de Wittgenstein a la Argentina fue un murmullo de rechazo o indiferencia. En la primera mitad del siglo XX, las universidades argentinas, como la Universidad de Buenos Aires (UBA), recibían influencias del historicismo, el idealismo y la fenomenología. En su primera etapa, con el Tractatus, Wittgenstein inspiró profundamente al positivismo lógico y a la filosofía analítica anglosajona, aunque manteniendo diferencias conceptuales que su núcleo protector de Cambridge nunca terminó de comprender. El Tractatus entonces solo se propagó con timidez en pocas mentes lectoras, principalmente en círculos lógicos y matemáticos.

En las décadas de 1970 y 1980, algunos filósofos regresaron al país luego de estudiar la filosofía analítica en latitudes europeas y norteamericanas. Estaban decididos a implantar el rigor del método analítico y el giro lingüístico en el ámbito local. Así, en 1972, se fundó la institución privada SADAF (Sociedad Argentina de Análisis Filosófico). Sin embargo, los antecedentes se remontaban a la década anterior: uno de los pioneros clave en la difusión de estas ideas fue Thomas Moro Simpson, con su libro Formas lógicas, realidad y significado (1964). Junto a él se destacó Eduardo Rabossi, uno de los fundadores de SADAF, quien se empeñó en usar el método analítico para aclarar falsos problemas del lenguaje, aplicándolo luego al derecho y a la defensa de los Derechos Humanos en tiempos del regreso de la democracia, tras la tormenta oscura de represión y muerte de los 70. A partir de los años 80, el interés por la huella wittgensteiniana se desplazó al “Segundo Wittgenstein” y sus “juegos del lenguaje”, ya no ceñido a las honduras lógico-matemáticas, sino proyectado al análisis dentro de las ciencias sociales y la lingüística en Argentina. La pragmática de la última etapa del pensador vienés propició interesantes cruces con la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt, la hermenéutica, el posestructuralismo francés y las prácticas sociales impregnadas por el habla cotidiana. En las carreras de Psicología y Ciencias de la Comunicación de las universidades argentinas, como la UBA y otras, el concepto de “juegos de lenguaje” se convirtió en una herramienta práctica para la comprensión de las relaciones humanas. Las palabras significan lo que se hace con ellas en la cotidianeidad, no según el significado estricto e inalterable del diccionario. Los juegos de lenguaje también sirvieron para el análisis de los discursos políticos y de las diversas formas de comunicación analógicas o digitales. Su influencia, además, timoneó la reflexión filosófica hacia los límites de lo que es expresable por el lenguaje.

En el traslado de la filosofía del lenguaje al campo práctico del Derecho, la Ética y la política institucional, sobresalieron los juristas Genaro Carrió y Carlos Santiago Nino. Wittgenstein los influyó en la metodología para el análisis del lenguaje ordinario aplicado al Derecho; aunque la influencia del filósofo austríaco no fue por su lectura directa, sino mediada por la Escuela de Oxford, orientada al estudio de la filosofía del lenguaje ordinario o cotidiano. Bajo el influjo de la filosofía analítica del derecho, ambos juristas clarificaron conceptos fundamentales como “derechos humanos”, “validez jurídica” y “justicia penal”. Y así construyeron las bases conceptuales para el castigo a las violaciones de Derechos Humanos en el histórico Juicio a las Juntas Militares en 1985, mientras la democracia aún pujaba por sobrevivir y consolidarse sobre su basamento constitucional.

Esta tradición académica continuó expandiéndose en las décadas siguientes. En 2015, el congreso internacional “Wittgenstein en Español”, iniciado originalmente en México, realizó su cuarta edición en la Universidad Nacional de Rosario (UNR). Las ponencias de destacados estudiosos argentinos de la obra wittgensteiniana dieron cuerpo a una publicación colectiva, editada por la propia UNR Editora.

En síntesis, durante el comienzo de la recepción wittgensteiniana en Argentina, los matemáticos y científicos puros, seducidos por el logicismo, encontraron en el Tractatus un sólido blindaje contra la metafísica y sus pretensiones de conocimiento sin verificación empírica. En una segunda etapa, los “juegos del lenguaje” de Wittgenstein encendieron un nuevo camino de luces hacia la comprensión de las personas que, al decir palabras, construyen significados, reglas y acuerdos sociales.

 

El Tractatus. Entre los campos de muerte cercanos y una prisión para soldados, Wittgenstein escribió el Tractatus Logico-Philosophicus, publicado en 1921. Fue la única obra que publicó en vida. Aun entre el caos y la angustia de la guerra, encontró la concentración para acometer lo que creyó era la liberación de la filosofía como fábrica de espejismos, cuyo mal uso de las palabras causa falsos problemas irresolubles.

Antes de llegar a esa encrucijada, en sus aforísticos análisis de conceptos, emergen los pilares principales de su inicial arquitectura de ideas. Primero, su Teoría de la Figuración: el lenguaje como un mapa que describe el mundo. Las proposiciones —frases con sentido— actúan como pinturas o mapas lógicos de la realidad, a partir de una correspondencia total entre el lenguaje y el mundo. El libro comienza con la frase icónica: “El mundo es todo lo que es el caso”. El “caso” es el estado de cosas relacionados entre sí, no los objetos separados. Al primer Wittgenstein lo animaba la confianza de que el lenguaje puede describir estas conexiones.

En este libro nacido en la Primera Guerra Mundial, el pensador vienés propone distinguir claramente entre “sentido” y “verdad”. Una frase con sentido es aquella que describe un estado lógicamente posible: “Mañana saldrá, de nuevo, el sol”. Pero tener sentido no es suficiente para contener verdad. Esto último es consecuencia de verificar que lo que se dice se corresponde con una realidad comprobable: la teoría de la correspondencia con los hechos.

En la sucesión de sus aforismos, Wittgenstein arriba a la cumbre de su meditación. Que el lenguaje tenga sentido es válido solo para describir hechos de la naturaleza, como lo hace la ciencia. Todo aquello que se propone más allá de lo comprobable en el mundo físico es un sinsentido que pretende aludir a incomprobables realidades metafísicas. Pero esto no significaba la impugnación definitiva de esa región de la existencia; por el contrario, lo más esencial de la vida palpita más allá de los límites del lenguaje: la ética, los valores, el arte y el propio sentido del vivir.

A diferencia de lo que creerían luego los positivistas lógicos —quienes intentaron usar su obra para destruir la religión—, la intención de Wittgenstein no era aniquilar lo místico, sino protegerlo, convirtiéndolo en una dimensión que solo se dirime en el obrar, en el actuar. Lo verdaderamente importante no se puede decir ni convertir en conocimiento teórico. De ahí el célebre cierre del libro, su famosa séptima proposición: “De lo que no se puede hablar, hay que callar”. La mística es, así, la región más honda del ser, a la que no pueden acceder ni la filosofía tradicional, ni la lógica.

Los juegos del lenguaje. En la segunda gran exhalación de su pensamiento, Wittgenstein decidió buscar otro claro en el bosque: ya no el lenguaje como descripción de los hechos por la ciencia, sino el lenguaje vertido en los actos del habla cotidiana y como músculo de lo que llamó “juegos de lenguaje”. El pensador buscó tranquilidad en la bella Irlanda céltica, donde daría forma final a sus Investigaciones filosóficas (publicadas póstumamente en 1953). Aquí se concentra en ciertas reglas compartidas que muestran las prácticas lingüísticas. Es el caso de los juegos: el ajedrez, el truco, el fútbol. Las palabras no significan solo por su definición en un diccionario, sino por su uso en la vida real. Como el mismo autor resume en el parágrafo 43 de su obra: “El significado de una palabra es su uso en el lenguaje”. Es la dimensión lúdica y pragmática del lenguaje que se ancla en la acción viva, como aclara en el parágrafo 23: “Hablar el lenguaje forma parte de una actividad o de una forma de vida”.

Wittgenstein niega una esencia única detrás de los distintos usos de una palabra. Frente a la idea tradicional de que las cosas agrupadas bajo un mismo nombre deben compartir algo idéntico, él propone que a lo sumo existe una similitud entre algunos aspectos, una red de “parecidos de familia” (family resemblances) que coexisten entre sí.

 Rechaza un “lenguaje privado” válido para una sola persona, destinado a la descripción de sus sensaciones internas. El lenguaje siempre es social. Las palabras cobran significado en el marco de prácticas comunitarias reguladas por el uso. Las reglas en los deportes son nuevamente un ejemplo. En el Tractatus, el lenguaje reverbera en una sola dirección. En las Investigaciones, le adjudica una variedad de funciones: una misma palabra, como “armada”, “justicia” o “águila”, significan distintas cosas según su contexto de uso.

La filosofía, según Wittgenstein, se equivoca al sustraer las palabras de su propio “juego de lenguaje”. Es el caso cuando se pregunta por ejemplo por cuál es la esencia del tiempo de forma vacía y abstracta. Frente a esto, se debe “mostrarle a la mosca la salida de la botella cazamoscas”. La liberación de falsos problemas orienta hacia una cura o terapéutica de la filosofía. Esto evita las ambiciosas pulsiones metafísicas; y promueve limitarse, con humildad, a la descripción del lenguaje en el habla cotidiana.

La ética y la vida. En 1929, el filósofo vienés dio por terminada la casa que diseñó para su hermana Margaret en Viena (La “Casa Wittgenstein”, que aún se conserva). En ella se refleja su primera formación como ingeniero y su obsesión por el espacio geométrico y ordenado. Sin embargo, más lo atraía la ética que escapa a la lógica. Luego de regresar a Cambridge ese mismo año, Wittgenstein dictó allí una famosa conferencia sobre la ética, definiéndola como un «arremeter contra los límites del lenguaje». Lo que está más allá de esos límites son los valores que solo se pueden vivir, actuar y experimentar, no decir en proposiciones lógicas.

La vida ética no puede ser convertida en proposiciones lógicas o metafísicas, ni en la formulación de reglas morales desde el discurso con pretensiones de validez universal. Esto fue el núcleo del famoso incidente protagonizado por Wittgenstein y Popper en Cambridge años más tarde, cuando el primero, blandiendo un atizador de chimenea, le exigió al invitado que le diera un solo ejemplo de regla moral. El creador del método hipotético-deductivo, entonces, le contestó: “No amenazar a los profesores visitantes con atizadores”.

En sus cartas Wittgenstein aclaró que el Tractatus es una obra “al mismo tiempo estrictamente filosófica y literaria”, y en otra misiva famosa a su editor Ludwig von Ficker aclaró: “El punto central del libro es ético. … Mi trabajo consta de dos partes: la expuesta en él más todo lo que no he escrito. Y esa segunda parte precisamente es lo importante”. Lo no escrito es justamente lo ético, que actúa más allá del lenguaje.

A su vez, Allan Janik y Stephen Toulmin, en su gran libro La Viena de Wittgenstein, afirman que no debe olvidarse que, en el centro de su filosofía, el filósofo vienés subraya «el punto ético de que todas las cuestiones relativas a los valores están fuera del alcance de tal lenguaje factual o descriptivo ordinario». Para estos autores, en definitiva, entre la primera y la segunda etapa de Wittgenstein hay una continuidad: en ambos casos lo más importante es aquello de la ética que no puede fundamentarse por principios racionales, y la pragmática del lenguaje que solo depende de los juegos o usos de las palabras.

El legado de un solitario. Parte del legado de Wittgenstein es la defensa de un camino personal, a través de soportar el peso de las renuncias; la renuncia a su herencia familiar primero, y luego a ser el profeta visionario de aquellos que buscaron encasillar su pensamiento. Entre ellos se encontraban Bertrand Russell, Rudolf Carnap y Moritz Schlick, pensadores fundamentales de la lógica matemática, estando estos dos últimos vinculados al neopositivismo lógico del Círculo de Viena y su proyecto de hacer de la lógica científica un lenguaje universal. 

Wittgenstein es ejemplo de versatilidad, de reinventarse en distintas etapas de la vida, en su caso por un pensamiento que osciló entre la alta abstracción inicial, la importancia “mística” de lo que no se puede decir, solo vivir y, al final, la valoración de lo lúdico del lenguaje. Y Wittgenstein es el testimonio de afrontar la muerte con serenidad, en la casa de su propio médico en Cambridge.

Los párrafos finales de su última obra, publicada de forma póstuma Sobre la certeza, los escribió días antes de morir, en abril de 1951. Aquí insiste en que la acción precede al pensamiento. La certeza surge como una forma de actuar en el mundo, en la vida, no en la teoría. Entonces esperó el descubrimiento final del misterio de la muerte y, poco antes de su llegada, le dijo a la esposa de su médico unas últimas palabras para quienes lo conocieron: «Dígales que he tenido una vida maravillosa».