Una advertencia
El “desnivel prometeico” o “desfase prometeico” (prometheisches Gefälle) designa la gran asimetría entre lo que el ser humano es capaz de fabricar o inventar por medios tecnológicos y su capacidad de pensar, imaginar o sentir respecto de las consecuencias de la primera habilidad. Este concepto fue creado por el filósofo de la técnica Günther Anders en La obsolescencia del hombre (1956-1980), su obra magna. Anders usa el mito de Prometeo –el titán que robó el fuego– para explicar que las máquinas y tecnologías creadas por los humanos son tan potentes que superan su propia capacidad de comprenderlas y dominarlas. Por supuesto, Eric Sadin ha leído a Anders, citado en varios de sus libros (también en El desierto de nosotros mismos) y aprendido de su pensamiento, incluso de su activismo antinuclear y pacifista durante las décadas de 1960 y 1970. La diferencia es que Sadin se ha dado por enemigo, filosófico y político, a la llamada IA y la industria digital, como se manifiesta –no solo en los textos y entrevistas– en la organización de la contracumbre de protesta intelectual y ciudadana frente a la cumbre mundial oficial de IA auspiciada por el gobierno francés en febrero de 2025.
En ese sentido, paulatinamente Sadin ha ido radicalizando su posición frente a la robótica algorítmica y el optimismo tecnológico de la ideología de Silicon Valley (de extendida y múltiple trama, por otro lado). El hito, si se lee con atención su último libro traducido al español, que profundiza la teoría crítica y lo empuja a la acción es el lanzamiento en 2022 del ChatGPT, un programa generativo de lenguaje apto para asumir –y con altísima velocidad– tareas cognitivas, intelectuales y creativas que hasta ese momento –un momento decisivo en la historia de la “obsolescencia del hombre”– eran prerrogativa del ser humano. Con ello, a juicio de Sadin, se externaliza y se delega en máquinas probabilísticas (por mero utilitarismo) la capacidad cognitiva, imaginativa y simbólica humanas. En otras palabras, de ahora en más, las facultades excepcionales del homo sapiens-sapiens (sensibilidad, imaginación y entendimiento) están llamadas a atrofiarse o desaparecer a medida que la IA tome su relevo en las más variadas esferas.
Claro que, en una sociedad que se aferra a las tecnociencias como la ultima ratio posible (a pesar de las paradojas de la física cuántica o por eso mismo), el análisis de Sadin en torno a los efectos “anhumanos” –el prefijo “an” significa negación, privación o falta de– de la IA generativa no puede sino movilizar, en una especie de reflujo, cierto relativismo. Mejor dicho, cierta forma de “desnivel prometeico” que prefiere relativizar los peligros de las tecnologías, perfectamente localizables, y ponderar el lado útil o provechoso de ellas. Es aquí donde hoy se dividen las aguas, como en el debate de los años 60 entre Max Born y Anders (aun en el mismo bando, el primero quería conservar el uso pacífico de la energía nuclear, el segundo prohibirla en general), cuya cuestión de fondo se repite en el presente acerca de la IA. El libro de Sadin no es una profecía, sino una seria advertencia de lo que está en juego: lo humano mismo.
El desierto de nosotros mismos. El giro intelectual y creativo de la inteligencia artificial
Autor: Eric Sadin
Género: ensayo
Otras obras del autor: Hacer disidencia; Anatomía del espectro digital; La silicolonización del mundo
Editorial: Caja Negra, $ 37.000
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