A 95 años del hecho

“¡Viva la anarquía!”: las últimas horas de Severino Di Giovanni antes de la descarga de fusilería

Llegó a Argentina en 1922 huyendo del fascismo italiano y se convirtió en líder del expropiadorismo. A lo largo de su actividad, realizó atentados contra símbolos capitalistas para financiar causas obreras.

Realizó atentados espectaculares contra símbolos capitalistas, como la explosión en la Sociedad General de Británica en 1929 Foto: CEDOC

La madrugada del 1 de febrero de 1931 en Buenos Aires no fue una noche común: la ciudad dormía mientras la primera dictadura militar argentina consolidaba su control con mano de hierro. Allí, José Félix Uriburu, presidente de facto, buscaba un escarmiento ejemplar para imponer miedo y disciplina. Su objetivo: Severino Di Giovanni, el anarquista italiano valiente y polémico, conocido por sus bombas y su lucha contra el orden establecido.

A través de los muros de la antigua Penitenciaría Nacional —donde hoy los vecinos pasean por el Parque Las Heras— el aire estaba cargado de humedad y presagio. Cada movimiento de botas y cerrojos anunciaba a la justicia sumaria.

Di Giovanni no era un reo común, representaba la resistencia de quienes desafiaban al poder. Su figura concentraba décadas de agitación social, de ideales y de furia, mientras afuera la ciudad ignoraba que estaba a punto de perder a uno.

Llegó a Argentina en 1922 huyendo de la represión fascista de Mussolini

Aniversario de su captura, la figura de Severino Di Giovanni vuelve a resonar en la memoria colectiva argentina. Su historia sigue generando debates sobre los límites de la resistencia, la ética de la violencia revolucionaria y el costo de desafiar al poder establecido. Décadas después, su vida y sus acciones siguen despertando preguntas.

Un café dulce y la negativa a la redención divina

Luego, dentro de su celda, Di Giovanni se mantuvo sereno. A pesar de los días de tortura y el juicio relámpago que lo condenó en menos de 24 horas, conservaba una lucidez inquebrantable.

Aunque el protocolo establecía la presencia de un sacerdote para ofrecer auxilios espirituales, Di Giovanni, fiel a su ateísmo militante, lo rechazó con un gesto firme, manteniendo coherencia con la vida que había llevado.

De hecho, en lugar de plegarias, pidió un último café bien dulce. Ese pequeño acto de placer cotidiano, en medio de la asepsia de la muerte, mostraba a un hombre que enfrentaba el final con dignidad y sentido de sí mismo. Mientras se preparaba para el fusilamiento, vistió su ropa con cuidado casi ceremonial. Su mirada recorría a los guardias, intensa y desafiante, revelando la firmeza de quien sabía que su tiempo se acababa, pero su convicción permanecía.

La mirada de Roberto Arlt ante el paredón

Entre los pocos testigos de la ejecución estaba el escritor Roberto Arlt, enviado a cubrir el hecho para sus crónicas urbanas. No llegó como espectador curioso, sino como cronista obligado a registrar el abismo de la ciudad. Arlt describió a Severino caminando hacia el banquillo con rasgos enérgicos y mandíbula firme, ojos abiertos, sin un atisbo de temor: “Un hombre que muere con valor es un hombre que muere con dignidad”, reflejó en sus notas.

Su grito de “¡Viva la anarquía!precedió a la descarga de fusilería que acabó con la vida de Di Giovanni. La frialdad mecánica del acto impactó a Arlt, quien comparó la violencia estatal con la ejecución de Sacco y Vanzetti en Estados Unidos, casos que Severino había defendido con bombas y panfletos.

Su arresto ocurrió el 30 de enero de 1931, bajo la dictadura de Uriburu

El cuerpo se desplomó, pero la idea permaneció: la violencia política se institucionalizaba como método de control. Para Arlt, la jornada fue un documento de horror y respeto, un retrato literario del último acto de un hombre que eligió el fuego.

MV