opinión

El lúdico duelo de Lionel Messi

Héroe. El liderazgo de Messi consiste en hacer posible el juego de los otros. Foto: xinghua

Qué desilusión. Atragantarse ese grito de gol. El máximo artillero del fútbol pronto para adueñarse del récord mundialista allí con todo el arco a su disposición. Casi siete metros y medio de largo y dos y medio de alto para embocar una pelota. Solo, frente al arquero, un toque y a festejar. Pero no, el mejor jugador del mundo falla. Horrible. Peor que un juvenil en su debut. No solo la empuja hacia donde se tiró el guardameta, sino que la mandó afuera. Qué lío, Lío. Todas las cámaras hacia el rostro del héroe caído. La tribuna se traga el silencio del gol que no fue. Y a sufrir. Es parte del juego. Su más dilecto nudo.  Porque lo que sucedió después representa quizás la mejor lección que el deporte puede brindar a las personas. Allí donde lo propiamente lúdico ilustra el nervio más vibrante de la experiencia existencial.

En ese instante el partido dejó de ser solamente un espectáculo deportivo para convertirse en otra cosa. Argentina dominaba con brillantes jugadas hasta el penal errado. La narrativa giró hacia la pregunta por la recuperación tras ese golpe anímico. Y allí apareció el héroe colectivo. El equipo para bancar, del que Messi forma parte como líder. Una autoridad ganada a base de puro talento, nobleza y el inmenso respeto que le deben sus compañeros. Ese liderazgo no consiste en ocupar el centro de la escena, sino en hacer posible el juego de los otros. Porque la exquisitez de Thiago Almada, al enviar un centro dos metros atrás de donde se lo esperaba para que Lío convierta ese primer golazo, forma parte del repertorio de virtudes que enumera Aristóteles: la amistad (philia), condición política y colectiva indispensable para la comunidad. Y en este caso, también la magnanimidad: el alma grande que no se achica ante el azar.

En este punto, no deja de ser sugestiva la trama etimológica e histórica que une al agonista con la agonía: si el primero remite al combate o al certamen, el segundo terminó designando la última lucha antes de la muerte. Lionel Messi está jugando su último Mundial (si, ya sé, nunca se sabe con este señor). Se despide. Luego, el duelo. Con todas las resonancias que esa palabra convoca. O sea: ¿contra quién juega Messi en su despedida? Contra sí mismo. Como todos y todas, por más que no nos enteremos. Y la cuestión no es vencer, sino levantarse y seguir jugando. Y para ello hay que estar dispuesto a perder algo. A instantes del final, cualquiera habría administrado el partido. Messi siguió atacando. Y terminó encontrando ese segundo gol. Increíble. Las ganas de meter y meter. Creo que es la lección más maravillosa que este héroe épico y su equipo les deja a los pibes y pibas. Levantate y seguí. Con las mejores armas. Con tu convicción, que nunca es certeza sino una apuesta. Con la disposición a correr un riesgo, a perder algo. Pero una apuesta muy diferente a esas que generan ludopatía, sino antes bien aquella que supone el esfuerzo de poner lo más íntimo de sí. Todos y todas estamos en ese juego, somos un poco pateadores y un poco arqueros. Si lo sabrá el Dibu….Hablando de dibus, de juegos y de maravillas. El genio de Quino resumió en una pregunta y un dibujo el lúdico duelo con el que todo ser hablante se enfrenta, a saber: “¿Por qué justo a mí me tenía que tocar ser yo?” dicho por Felipito, el amiguito de Mafalda. Ante eso no hay respuesta posible. La única salida es entregarse a lo impredecible, a nuestra condición existencial: hay que jugárselas. La ludopatía genera la vana ilusión de encerrar la contingencia en un conjunto de reglas. Pero como decía Mallarmé: “Una tirada de dados jamás abolirá el azar”. Porque el héroe no es quien nunca cae, sino quien hace de su propio error la oportunidad para poner lo mejor de sí.

 

* Psicoanalista. Doctor en Psicología por la Universidad de Buenos Aires.