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Animales políticos

El presidente Javier Milei y otros líderes.

Foto: juan salatino

10 de diciembre de 2023: cuarenta años después de la consagración de Raúl Alfonsín como presidente de la Argentina democrática, Javier Milei asumió como jefe de Estado con el 55,7 % de los votos en la segunda vuelta electoral. Un líder exasperado para una sociedad exasperada, hastiada, rota, abrumada por la inflación y la frustración. Un presidente outsider, un “anarcocapitalista y liberal libertario” para un país con poca ilusión y mucho desencanto.

Votado transversalmente por ricos y pobres, en los countries y en las villas, Milei ganó la primera vuelta en 16 y la segunda en 21 de las 24 provincias argentinas, la mayoría de las cuales no visitó en campaña.

El nuevo presidente ejecutó desde el primer momento una de sus promesas centrales: un ajuste de shock, la famosa motosierra. Sin partido nacional ni gobernadores y en minoría en ambas Cámaras del Congreso logró esquivar la hiperinflación y el helicóptero —”la maldición de la doble H” —, y en el primer tramo de su mandato consiguió gobernabilidad, cierta estabilidad macroeconómica y baja de la inflación.

Combinó temeridad, arrojo y pragmatismo. Lo primero es confrontar, no acordar. Su carta, “la credibilidad de loco”. Someter, amenazar y acelerar, siempre. Frenar o dudar, jamás. Comparte con Donald Trump, Jair Bolsonaro, Viktor Orbán y otras expresiones del populismo de derecha un aire de familia, aunque tiene características propias que lo diferencian de esta liga.

Entre los mandamientos libertarios se encuentran el insulto, el escarnio y la humillación a críticos, minorías y disidentes. Aunque el “odio a los zurdos” ocupa un lugar central en su discurso, su “batalla cultural” se apoya en el concepto de “hegemonía” del filósofo italiano Antonio Gramsci, que era, como se sabe, comunista. A diferencia de otros partidos políticos que se construyeron desde la sociedad, como la UCR y el PRO, Milei está construyendo un partido desde el Estado, como Juan Domingo Perón. Cuando la oposición despertó, Milei todavía estaba allí.

Astrid Pikielny (AP). Disruptivo, outsider, excéntrico, mezcla de predicador fiscalista, pastor que se propone “terminar con la decadencia de la Argentina” y “troll en jefe” de las milicias digitales, Milei se presenta como el “primer presidente liberal libertario y anarcocapitalista de la historia”. ¿Qué es exactamente Milei? ¿Podrías caracterizarlo?

Andrés Malamud (AM). Con Milei se quemaron todos los manuales. Es un presidente que juega un juego diferente a los anteriores. Hasta su llegada, se practicaba en la Argentina un juego de cooperación; desde que él asumió, se juega uno de conflicto. La cooperación y el conflicto son constitutivas de la democracia, la diferencia es cuál prevalece, porque las estrategias ganadoras son opuestas. En la teoría de juegos, los de cooperación requieren confianza: cada uno sabe lo que quiere y lo que está dispuesto a ceder para conseguirlo, y le conviene negociar, pero teme que el otro lo traicione. El juego de cooperación típico es “el dilema del prisionero”, en que la honorabilidad es clave para permitir un acuerdo que no es perfecto, pero es mejor que el desacuerdo. Es un juego de suma positiva y ambos ganan con el acuerdo. En el juego de conflicto, en cambio, uno no busca acordar sino someter; el objetivo es ganar sin ceder, porque ceder es perder.

AP. Claramente, Milei reemplazó un juego en el que prevalece la cooperación por uno en el que predomina el conflicto. No se trata de negociar y persuadir, sino de doblegar y someter. Que el otro se convenza de que es mejor claudicar, porque si no es peor.

AM. Sí, reemplaza “el dilema del prisionero” por el chicken game o “juego del gallina”, en el que dos participantes se enfrentan con el objetivo de vencer al otro, no de acordar. La estrategia es confrontativa, y para ganar es necesaria la “credibilidad de loco” y no la reputación de honorable: hay que convencer al contrincante de que uno está dispuesto a morir con tal de ganar, buscando la rendición y no el punto medio. En este juego hay suma cero: lo que uno gana es lo que el otro pierde. El objetivo no es convencer de que uno no va a traicionar, sino de que conviene rendirse porque la alternativa es morir. Ese es el juego que juega Milei. Hasta ahora, los presidentes argentinos jugaban al “dilema del prisionero”: todos invocaban la necesidad de hacer acuerdos y formar coaliciones. Cristina Kirchner era algo más conflictiva, pero aun así participó en la reforma de la Constitución de 1994, tuvo a Carlos Menem en su bloque de senadores y le hizo un homenaje a Raúl Alfonsín con una escultura de mármol que emplazó en la Galería de los Bustos Presidenciales de la Casa Rosada.

AP. Entonces, dirías que la temeridad y la “credibilidad de loco” son elementos centrales en esta estrategia de confrontación y polarización radical. Por sí solas no garantizan éxito, pero sin ellas el juego pierde efectividad.

AM. Sí, porque así como en un juego de cooperación conviene cumplir los acuerdos, en un juego de conflicto conviene cumplir las amenazas. Un loco, un niño o un borracho son más creíbles que las personas racionales. Ser racional sirve para un juego de cooperación, para demostrarle al otro que uno es confiable. En un juego de conflicto hay que demostrarle al otro que uno es temible. Hay que convencer al otro de que uno está dispuesto a todo con tal de conseguir una rendición incondicional.

AP. ¿Podrías elegir un ejemplo concreto de este tipo de estrategia desplegada por Milei en los primeros dos años de gobierno?

AM. El mejor ejemplo fueron los vetos iniciales, en 2024. Cuando la oposición motorizó dos iniciativas legislativas que tenían apoyo popular, el aumento a los jubilados y a las universidades, Milei pudo haber negociado. Eligió confrontar: vetó ambas leyes y reclutó a un puñado de legisladores de otros partidos para evitar la insistencia parlamentaria. Se plantó al mismo tiempo contra la opinión pública y contra el Congreso, y venció. Si hubiera negociado, podía haber preservado el equilibrio fiscal en el corto plazo, pero habría incentivado a la oposición a seguir votando aumentos. La intransigencia alimentó su credibilidad. Solo cuando mostró ser mal pagador empezó a perderla y a enfrentar más desafíos del Congreso. Los gobernadores peronistas del noroeste, que en 2024 lo acompañaron con sus legisladores, en 2025 empezaron a quejarse de que el gobierno nacional no cumplía las promesas y sus legisladores pasaron a votar en contra. El argumento de que “no hay plata” no compensa: por más loco que seas, si manejás una bicicleta en vez de un auto no te van a tener tanto miedo.

AP. Vamos a avanzar con su retrato. ¿Es correcto decir que Milei pertenece a la misma familia global integrada por Donald Trump, Viktor Orbán, Jair Bolsonaro y otros líderes populistas de derecha? Se tiende a agrupar estos liderazgos dentro de una misma liga.

AM. Pertenece a la misma familia, pero es adoptado. Aunque se abracen y se elogien mutuamente, Milei y Trump son animales diferentes.

Empecemos por las similitudes: la principal es el estilo. Milei y Trump son ofensivos, agresivos y agitadores. Ofensivos porque el ataque es su primera movida. No esperan en la retaguardia, salen a ganar. Son agresivos porque no buscan contemporizar ni encontrar un punto medio: el acuerdo no es su método ni su objetivo. ¿Qué significa que son “agitadores”? Que su método es el caos, no el orden. De hecho, intentan subvertir el orden. Se trata de “moverse rápido y romper cosas”, confundir y paralizar al adversario. Lo primero es zarandear. El segundo parecido es la estrategia, es decir, la racionalización del estilo. Ambos presidentes cambiaron las reglas del juego y reemplazaron el dilema del prisionero por el chicken game. Y ahora llegamos al tema de la familia internacional. Milei y Trump pertenecen al populismo de derecha, como se llama en el mundo a la internacional que ambos integran junto con personajes como Bolsonaro, el británico Nigel Farage (fundador del partido Reform UK) y Orbán, además de partidos como Vox en España. Juntos participan en las convenciones de la Conferencia Política de Acción Conservadora (CPAC) y combaten lo que llaman “wokismo”, el feminismo y el pensamiento políticamente correcto. Esta batalla cultural se funda, paradójicamente, en un pensador al que la derecha siempre temió hasta que adoptó: el comunista italiano Antonio Gramsci.

AP. Hasta acá, los parecidos de familia. Veamos las diferencias. 

AM. Milei y Trump tienen objetivos diferentes. Ambos buscan recuperar un pasado dorado, pero Milei fue elegido para arreglar algo que no funcionaba, mientras Trump está rompiendo algo que funcionaba. El objetivo de Milei es bajar la inflación y relanzar la economía para que la salida a los problemas nacionales deje de ser Ezeiza. El objetivo de Trump no es evitar que los estadounidenses se vayan, sino que los extranjeros entren y hacer que los que están se vayan. El sur combate la emigración; el norte, la inmigración. La segunda diferencia es la ideología. Milei se define como liberal libertario y anarcocapitalista. Describe al Estado como una organización criminal “peor que la mafia” y se autopercibe como el topo que viene a destruirlo por dentro. Trump, aunque aplique motosierra, es un antiliberal: utiliza al Estado como herramienta de aprovechamiento personal, disciplinamiento social y persecución política —¡y aumenta el gasto público! —. Dice que la palabra más linda del mundo es “aranceles”, y aplica el mercantilismo a aliados y rivales. Trump es considerado un nativista, alguien que promueve la nacionalidad étnica por sobre los valores universales. Por el contrario, Milei es el único miembro de esa familia que defiende un concepto universal, la libertad, por encima de los particularismos nacionales. Aunque a él no le guste, porque globalismo y comunismo para él son lo mismo y son malos, Milei es un globalista. Finalmente, hay diferencias notorias entre Milei y Trump en materia de política exterior. Trump es pura MAGA: Make America Great Again. No defiende a Occidente, sino que lo rompe al enfrentarse con Canadá y definir a la Unión Europea como “un invento para joder a los Estados Unidos”. Sus aranceles alcanzan a aliados como Giorgia Meloni, porque Italia está sujeta al mercado común europeo, y al israelí Benjamín Netanyahu.

AP. A diferencia de Trump, Milei defiende los valores de Occidente. Incluso más, desde los márgenes o la periferia del mundo dice que “se propone salvar a Occidente de la decadencia y rescatar a la Argentina”. La identificación con Occidente es absoluta.

AM. Exacto, Milei se identifica con lo que llama “valores occidentales” y se declara aliado incondicional de los Estados Unidos e Israel. Además, reconoció públicamente su admiración por Margaret Thatcher, lo que años atrás hubiera implicado la muerte política para cualquier argentino. Hoy, en cambio, el electorado premia una política que algunos denominan “cipaya”, reminiscente de “las relaciones carnales” que su otro ídolo, Carlos Menem, mantuvo con los Estados Unidos. Entonces, ¿son o no de la misma familia? Podemos decir que Bolsonaro y Trump pertenecen a la misma familia; Milei también, pero por adopción: no nació en esa familia. Entenderlo exige comprender sus diferencias con la familia ideológica que lo adoptó, pero no lo parió.

AP. Profundicemos en esos lazos de familia. En septiembre de 2025 el oficialismo pierde las elecciones legislativas bonaerenses y escala una crisis política y económica que lo pone en una situación abismal. En vísperas de las elecciones nacionales de medio término, en octubre del mismo año, Trump ofreció un salvataje financiero de 20.000 millones de dólares para contener política y económicamente al gobierno libertario. Podría decirse que el presidente de los Estados Unidos, el “pater familias” de ese colectivo, tiene un hijo preferido: Milei. Por razones geopolíticas y estratégicas, blindó a un aliado en la región, a un “vocero de las ideas de la libertad” de escala mundial. Al mismo tiempo, Estados Unidos obtuvo ganancias económicas. ¿Es Milei “el elegido”, el hijo preferido? ¿Creés que, en definitiva, fue una operación redonda en la que ambas partes salieron beneficiadas?

AM. Hacia fines de 2025, una masiva encuesta online preguntó qué países habían sido los grandes ganadores del primer año de Trump II. La Argentina aparece en el Top 5, siendo el único latinoamericano. Hay cinco razones no excluyentes que explican semejante respaldo. La primera es geopolítica: la Argentina aparece como punta de lanza en la disputa de Estados Unidos con China. La segunda es política: Trump no podía permitir la caída de un aliado tan identificado con él. La tercera es económica: como admitió Scott Bessent, secretario del Tesoro de los Estados Unidos, la intervención en el mercado financiero argentino le generó pingües ganancias. La cuarta es más oscura y se relaciona, como suele enfatizar Carlos Pagni, con valijas y aviones. Finalmente, la quinta es el aprecio personal de Trump por Milei, el “favoritismo filial” al que te referías. Si alguien piensa que las grandes cuestiones mundiales no se explican por caprichos personales, que mire el nuevo salón de baile de la Casa Blanca y piense de nuevo. Por otro lado, este apoyo externo deja a Milei muy dependiente del destino de Trump, que sufre un bajón en las encuestas y en 2026 enfrenta una elección intermedia en la que podría perder su mayoría en el congreso. Además, el rescate a la Argentina no cayó bien en la sociedad y la política estadounidense.

AP. Además de su condición de outsider, Milei fue el primer presidente transversal de la historia. Si el peronismo representó a los sectores populares y el radicalismo a las clases medias, el artefacto político encarnado por Milei durante el primer año cruzó estratos sociales y distritos con una performance muy eficaz. Por una combinación de méritos propios y defectos ajenos, se mostró competitivo electoralmente poniendo en aprietos tanto al peronismo como al PRO en territorios muy diferentes. Pero en el segundo año de mandato, Milei profundizó la estrategia de polarización con el kirchnerismo y apeló exitosamente al antiperonismo o gorilismo. En ese sentido, se reperfiló y abandonó esa primera transversalidad.

AM. Originalmente, Milei fue transversal: estuvo por encima y adelante de todo; entró en las villas, pero también en los countries. En las PASO de 2023, salió primero en 16 provincias. Ellas iban desde las cambiemitas Córdoba y Mendoza hasta las peronistas La Rioja y Tucumán. Su candidatura tuvo mayor receptividad entre los hombres, los jóvenes y los habitantes del interior, pero fue casi neutra en términos de preferencias partidarias previas. El acuerdo con Mauricio Macri y su deriva antikirchnerista son posteriores. Milei no cerró la grieta en 2023, la pasó por encima. Ante la derrota y la sorpresa, los partidos del establishment estallaron: a Macri se le fueron Patricia Bullrich y Horacio Rodríguez Larreta, a Cristina Kirchner se le retobó el mismísimo Axel Kicillof y los radicales pasaron a tener más internas que votantes. 

Juan Carlos Torre explica que en 2001 detonó la mitad del sistema político argentino: las identidades políticas no peronistas perdieron su casa. La Alianza y el radicalismo ya no eran una oferta electoral válida, y después de Fernando de la Rúa buscaron otro destino. Tardaron 15 años en encontrarlo: primero se llamó PRO, y después sumó al radicalismo sobreviviente y se llamó Cambiemos. ¿Por qué? Porque el PRO adoptó a los huérfanos radicales de la Capital y de la Provincia, pero el radicalismo se mantuvo vivo en el interior. Así tenemos a un líder nacional, Mauricio Macri, con poco territorio, y a un partido nacional con extenso territorio pero sin líder. Alcoyana-Alcoyana. En 2019 Macri es derrotado, pero el regreso de Cristina es incompleto. Después de la pandemia emerge Milei, que inicialmente es transversal y se para enfrente de todos: así conquista la Presidencia en 2023, dejando atrás a Juntos por el Cambio en la primera vuelta y al peronismo en la segunda. Pero en 2025 su estrategia y su electorado cambian, convirtiéndolo en el nuevo representante de los huérfanos, el nuevo padre que encuentran los no peronistas para votar y vivir en una casa común. Si uno mira los mapas electorales desde 1983, los distritos que votaron a Alfonsín se parecen a los que votaron a De la Rúa, a los que votaron a Macri y a los que votaron a Milei. La geografía y la sociología electoral son similares, la ideología, no. ¿Qué diría Alfonsín hoy? Es difícil saberlo. No le gustaría Milei, quizás pensaría que la democracia la conquistó él y Milei gobierna gracias a su conquista. Sin embargo, aunque parezca una herejía, decir que Milei complementa a Alfonsín es objetivamente cierto. Y lo es por dos razones: porque busca reparar la economía así como Alfonsín reparó la democracia pero, sobre todo, porque hereda la representación del electorado no peronista.

AP. Milei asume el gobierno en minoría, sin escudo legislativo, y no exento de tropiezos y errores, logra la aprobación de paquetes de leyes estratégicas como la Ley Bases, el paquete fiscal y las facultades delegadas que le otorgan facultades extraordinarias en áreas puntuales. Gobierna a veto y decreto y se apalanca en el apoyo social que reflejaron las elecciones intermedias a pesar del ajuste. Hay un contraste entre el temor a la inestabilidad política y la ingobernabilidad que caracterizaba el comienzo de su gobierno “Perú era el país al que la Argentina temía parecerse” y la gobernabilidad que consiguió. Milei llegó con más convencimiento y convicción que herramientas concretas, pero aprendió rápidamente los gajes del “oficio más antiguo del mundo”: la política. Usó el financiamiento del peronismo para llegar, y los votos y los funcionarios de Mauricio Macri para gobernar; y los descartó, neutralizó o humilló con pragmatismo cuando fue necesario. Ejecutó la partitura que todo buen político ejecuta en el momento indicado: la traición. Parece despreciar a los políticos, pero no la política. ¿Cómo describirías ese recorrido?

AM. Milei no tenía condiciones personales ni materiales para jugar el juego de la política con las reglas existentes; por eso las cambió. Ojo: cambió las reglas informales de la política, no su naturaleza. Él siempre supo que no podía vencer con las reglas del dilema del prisionero, por eso decidió jugar al chicken game. No golpea para negociar sino para someter. Una vez que te somete te tira un hueso, pero su amarretismo—“no hay plata”—puede mellar su capacidad intimidatoria. Los opositores empiezan a pensar que no vale la pena rendirse si igual te van a pasar por las armas.

AP. Se han dado cuenta de que la negociación con los Milei es una misión imposible. Mientras tanto, Javier y Karina Milei, “el Jefe”, su hermana, confidente y estratega, crearon el partido La Libertad Avanza (LLA) a nivel nacional. Y lo hicieron desde el Estado que el presidente dice despreciar y querer destruir. Si hacemos un poco de historia, podemos recordar que en la Argentina nace un partido por siglo: el partido radical nació en el siglo XIX, el peronista se creó en el XX y el PRO surgió a principios del siglo XXI. Hoy, Milei construye su partido desde el Estado, al igual que Juan Domingo Perón. Mientras politólogos y analistas hablan de “la crisis de los políticos”, vemos la construcción de un nuevo partido en la Argentina del siglo XXI. ¿Por qué es importante tener un partido? 

AM. Los Milei aprendieron más rápido que los politólogos: aprendieron que los partidos siguen siendo importantes, pero no tanto para ganar sino para gobernar. Podés llegar sin un partido, pero no podés gobernar sin él. Lo que estamos viendo en la Argentina es un proceso de repartidización. Eso es algo que no pasa todos los días. De hecho, como recordabas, hasta ahora pasaba una vez por siglo: la Unión Cívica Radical se creó en el XIX, el peronismo en el XX, el PRO en el XXI. Pero hoy se está fundando un segundo partido del siglo XXI. Nos “modernizamos” como buena parte de la región.

Entre 2021 y 2025 hubo 20 elecciones presidenciales en América Latina: según contabiliza el politólogo Gerardo Scherlis, 16 fueron ganadas por partidos que no existían una década antes. La volatilidad partidaria es una señal de los tiempos, no una peculiaridad nacional. ¿Por qué los Milei construyen un partido? Porque para tener gobernabilidad a largo plazo hay que coordinar a muchos funcionarios y legisladores, y un partido es la manera más económica de lograrlo. Si quieren mejorar su desempeño necesitan más legisladores y van por ellos. Los partidos pasaron de ser una herramienta para representar a la sociedad ante el Estado a una herramienta del Estado para gobernar a la sociedad. De la sociedad emerge Milei, y Milei crea al partido desde el Estado. Así como la UCR y el PRO nacieron desde abajo, el peronismo y LLA lo hacen desde arriba. La creación desde arriba se beneficia de nuestro presidencialismo federal: mientras el presidencialismo contribuye a unificar al partido que está en el gobierno (porque hay un solo presidente), el federalismo contribuye a fragmentar a la oposición (porque hay 24 gobernadores). Así, el oficialismo nacional suele presentar una propuesta homogénea en todo el territorio, mientras enfrente florecen partidos provinciales o multiprovinciales. Hoy, por ejemplo, cada gobernador del PJ, la UCR o el PRO define su estrategia electoral sin articular con los demás.

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☛ Título: Operación: Argentina

☛ Autor: Astrid Pikielny. Andrés Malamud.

☛ Editorial: PLANETA

☛ Edición: Mayo de 2026

☛ Páginas: 192

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Datos de los autores 

Andrés Malamud es licenciado en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires y doctor en Ciencia Política por el Instituto Universitario Europeo. 

Profesor invitado en universidades de diversos países, trabaja como investigador principal en el Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad de Lisboa.

Sus trabajos son publicados en revistas académicas, libros y diarios de varios países. 

Astrid Pikielny es periodista y politóloga. Considerada una de las mejores entrevistadoras del periodismo argentino, sus notas han sido publicadas por medios como las revistas Tres Puntos, Debate y La Maga, y desde hace más de veinticinco años es una firma habitual del diario La Nación, donde este año conduce el podcast Duelos. 

Ha participado de diferentes ciclos radiales y publicó los libros Periodismo. Asedio al oficio e Hijos de los 70. La generación que heredó la tragedia argentina, este último en coautoría con Carolina Arenes.