DOMINGO
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Relaciones: en terapia

Entender el psicoanálisis en estos tiempos.

10_05_2026_psicoanalisis_juansalatino_g
| juan salatino

Cuando Paul McCartney escribió When I’m 64 se imaginaba en su adultez con una vida diferente: ya retirado, junto a sus nietos, cerca de las preocupaciones cotidianas del hombre mayor. Que hoy en día, con más de 80 años, siga grabando discos y haciendo giras demuestra que el deseo no solo se sostiene en la fantasía.

El deseo es una potencia negativa. Es algo que se verifica en la más temprana infancia, cuando un niño es capaz de decir que “no” antes de decir “yo”. Incluso antes de los seis meses un niño toma posición ante el Otro a partir de actos mínimos: rechazar el pecho, cerrar la boca, un ligero movimiento de la cabeza.

La negación es la primera institución del sujeto en lo real. Es lo que también advirtió Freud en la interpretación de ese “hábito molesto” que exhibía su nieto, al arrojar un objeto a distancia. Antes que la simbolización de la ausencia de la madre, el fort-(da) pone de manifiesto la estructura elemental del juego en la infancia: sea que hablemos de esconderse bajo la sabanita, tirar cosas y embocarlas, jugar a las escondidas, o al veo-veo, la experiencia lúdica da cuenta de la manera en que el sujeto se realiza como deseante a partir de una falta.

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El deseo no es un observable. Es solo por un abuso de términos que decimos “el deseo del sujeto”, en la medida en que el sujeto se realiza como deseante; pero hablar de un “sujeto del deseo” es una contradicción.

Un sujeto se le puede suponer al saber, no al deseo. En esa formación del inconsciente que es el lapsus, es un error corriente atribuir una intencionalidad oculta: lo que alguien dijo no es lo que verdaderamente quería decir. Nada más lejos de la experiencia analítica: el deseo no se localiza más que en la distancia entre lo que se quería decir y lo que se dijo, entre lo que se dijo y lo que se entendió, entre…

En sentido estricto, no hay sujeto del deseo (en el sentido de un agente del deseo) sino una sujeción ante la indeterminación del efecto de lenguaje. Esto es lo que llamamos “división subjetiva”. El inconsciente no es una instancia de determinación, sino que se realiza a partir de la indeterminación que nombra al sujeto, para que ese sea el lugar desde el cual interrogar la posición ante el (un) deseo.

De acuerdo con esta orientación es que puede entenderse su estatuto ético. No solo porque su institución supone el acto del analista, sino por el modo en que interroga la posición en el deseo.

¿Para qué psicoanalizarse?

Nadie se analiza para saber qué es lo que quiere, sino que el análisis se dirige a las respuestas subjetivas ante el deseo, siempre más o menos conocidas, muchas de ellas a través de un padecimiento. Ninguna de estas respuestas puede servir a una explicación que justifique la existencia. Afortunadamente, tampoco todas ellas son necesariamente sintomáticas.

Entre los adolescentes, el deseo tiene una forma privilegiada. Esta idea se confirma con el hecho de que suelan saber mucho más qué es lo que no quieren, que lo que sí. Es lo que los adultos llaman “disconformidad”, pero ¿no todo deseo se manifiesta de este modo? Siempre a través de la paradoja, la excepción, el resto que pone en cuestión la totalidad, el deseo es una potencia infinita.

No obstante, en la adolescencia cobra un matiz particular. Para el caso, es algo notorio que en esta etapa de la vida encontremos la manifestación, más o menos variable, del hurto y el robo. En efecto, los niños no roban. Simplemente declaran como suya cualquier cosa que quieren. Es conocida la situación en que un niño no quiere irse de una casa que visita sin un objeto. Haberlo hallado es casi una declaración de un derecho de propiedad; o, dicho de otra manera, los niños son grandes expropiadores. “Si lo tengo yo, es mío”, así podría enunciarse la posición que mantienen al respecto.

En los adolescentes verificamos una actitud diferente. No solo por la incidencia de los diques de la vergüenza y la timidez, sino porque la relación con el otro es fundamentalmente diferente. El adolescente debe tomar del otro lo que necesita, pero su relación con el pedido se encuentra afectada. Si demandara, confirmaría una posición de niño; y, además, ocurre que los adultos no son muy proclives a dar.

Una mujer consulta por un padecimiento difuso. A partir del nacimiento de su hija, dedica su tiempo a dos tareas exclusivas: trabajar (varias horas en una oficina) y organizar el cuidado de la casa. Es una mujer posmoderna, llega a la consulta con la idea de que tendría que volver a encontrar tiempo “para ella”. Se siente “ahogada”.

Durante algunas entrevistas ese malestar impreciso precipita en una queja específica: le disgusta el trato diferencial que su madre prodiga a su hija respecto de la relación que tiene con su otro nieto. Eso la enoja. Y ante la pregunta relativa a si la niña acusa recibo de esa diferencia, la respuesta se define: es un reproche que dice más sobre ella (la mujer) que sobre la situación objetiva.

A las pocas semanas llega a la consulta molesta con su madre, y relata que en una reunión familiar “Ni me le quise sentar al lado”. La afirmación es curiosa, ya que no describe un estado de cosas, sino una actitud. Dicho de otra manera, su decir la interpela (una diferencia que Lacan estableció al distinguir entre la sentencia “Tú eres el que me seguirás” y “Tú eres el que me seguirá”), es recursivo; en ese “ni” se reconoce la posición del sujeto (como cuando se dice “No lo toco ni con un palo a veinte metros”: el peso de la metáfora cede ante la enunciación de quien propone una condición irrecusable) y una forma de deseo, en este caso, algo anoréxico.

La respuesta a la interpretación confirma el diagnóstico, dado que en la objeción del decir del analista se realiza el paso siguiente de la cadena asociativa: recuerda que de niña ocupó en la mesa el lugar junto a la madre, hasta que, hacia los 5 o 6 años, fue desplazada junto al padre. Su recuerdo es extraño, ella misma nota su carácter artificial: no solo por la intensidad sino porque puede verse a sí misma en la escena. En todo caso, piensa que la bronca hacia su madre podría provenir del hecho de que después de esa edad comenzó una relación de “juego sexual” con un primo algo mayor. La interpretación fue demasiado obvia como para conformarla –en efecto, es la que la invitó a abandonar un análisis anterior–: al querer acercarla hacia el padre, su madre la condujo hacia otro hombre.

Solo que otro niño no es un hombre; y, en efecto, tampoco podría acusarse a la madre de indiferencia cuando, en cierta ocasión, luego de abrir la puerta de la habitación y encontrar desnudos a los niños, la madre se retiró para que el padre apareciera a los pocos segundos. No se trata de que la madre no quisiera enterarse, o bien cualquier interpretación que sostuviera una versión del Otro de la demanda (cuya omnipotencia radica en la suposición de que podría haber hecho algo distinto, la omnipotencia es esa suposición de poder) cuando fue otro recuerdo infantil el que se abrió paso: en cierta ocasión, el pediatra felicitó a su madre porque ella era la “única” niña que “se dejaba” nebulizar.

Esa posición de excepción fue el hilo conductor que llevó a un juego temprano, basado en la utilización de la mascarilla del nebulizador como micrófono, velo por el cual el deseo de ser una estrella del canto condujo a los usos de la voz que, en tanto sucedáneo de la masturbación, erotizaban su respiración. Y la “ahogaban”.

El síntoma neurótico

Quien quiera curar a un neurótico obsesivo encontrará las mayores dificultades si pretende hacerle reconocer una pérdida en la causa del deseo, o bien el costo que podría tener una elección.

Este es el caso de una colega que comentaba la situación de un paciente que llegó a la sesión con un sueño: se encontraba en la circunstancia de tener que realizar un viaje y, en el aeropuerto, tenía dos valijas. “En la vida hay que elegir”, fue la intervención de la analista, con un resultado predecible: la instalación de una tensión agresiva, resultado de la reducción a lo imaginario de la posición analítica.

¿Quién era la analista para decirle cosa semejante? Podríamos sospechar un postulado implícito: que en la vida todo tiene un costo; pero, si se trata de algo tan evidente, ¿por qué la analista se autorizaría a emplazarlo a tomar una decisión? Y así, en lo sucesivo, el tratamiento quedaría obstaculizado.

La secuencia precedente tiene en su centro una confusión habitual: la castración (operación crucial del psicoanálisis) no es una herida narcisista; por eso, cada vez que el psicoanalista quiera apuntar a la primera a partir de la segunda se encontrará con el obstáculo de la agresividad.

El secreto del análisis de la neurosis obsesiva o, al menos, uno de ellos, radica en poder sancionar la pérdida sin que esto implique un forzamiento yoico. De ahí que la mayoría de las veces esta operación se realice a través de un uso del tiempo: se indica que eso que se esfuerza por no perder ya está perdido.

Este era el caso de un muchacho que no terminaba de decidir con cuál de las dos mujeres con las que salía habría de continuar una relación. Lo cierto “y esto fue lo que se le indicó” es que él ya tenía tomada esa decisión, solo que buscaba evitar transmitir esta elección a la menos afortunada.

Esta breve indicación permite destacar dos cuestiones: por un lado, la duda del obsesivo es menos una forma de no saber que una manera de desear: un modo de detener el tiempo; por otro lado, la castración es el tiempo mismo. ¿Qué demuestra mejor la caducidad del ser que la finitud y el hecho de estar afectados por la temporalidad?

Por esta deriva, la neurosis obsesiva podría ser descrita como un modo de deseo sostenido en la defensa contra el tiempo y sus efectos. Quisiera mencionar una anécdota personal. En cierta ocasión le dije a un amigo: “¿Vamos esta semana a esa cantina por la que pasamos la otra vez?”. Su respuesta fue penosa: “Ese lugar cerró hace meses”.

Por lo tanto, ¿qué quiere decir “la otra vez”? Es un tiempo indeterminado. La obsesión es una manera de indeterminar la temporalidad. Nada ocurre. Las cosas no pasan. En última instancia, el obsesivo padece de la ausencia de experiencia. Esta última es el verdadero nombre de la castración para este tipo clínico, y de lo que un analista puede servirse para que la pérdida pueda ser consentida sin que se la interprete como un daño al narcisismo.

¿Cuántas veces hemos escuchado a un obsesivo que vuelve a llamar a una mujer después de años como si nada hubiese ocurrido? También se comprueba este desfasaje temporal en la respuesta corriente ante una pérdida amorosa: la idealización. “Pero yo te amaba”, suele decir el obsesivo. En pasado. Así, se constituye el ideal como una suerte de defensa.

O bien, como dijera alguna vez otro analizante, respecto de la posibilidad de invitar a salir a una muchacha: “Si yo te invitara a salir, ¿vos qué dirías?”. El uso del modo subjuntivo, otra forma de no habitar el presente y su curso. Un deseo suspendido. En efecto, ni lenta ni perezosa, ella fue taxativa: “No sé, invitame y te digo”.

El amor neurótico

Una de las preguntas habituales entre los neuróticos es la que se formula respecto de sus pasiones, en particular, el amor. Siempre es claro saber que se está enojado o se odia a alguien, pero el amor es más esquivo, difícil de discernir.

“No sé si estoy enamorado”, suele decir el neurótico, y curiosamente uno de los modos de indeterminación del amor se proyecta en el horizonte temporal. “Porque cuando estaba con X pensé que lo amaba, y quizá me pase lo mismo en el futuro”. Dicho de otra manera, ese uso neurótico del tiempo “con todo el aspecto de una racionalización” tiene el propósito de enmascarar una cuestión fundamental: la variabilidad del amor.

No nos referimos aquí a la distinción de sentido común entre estar enamorado y amar, sino a que tampoco se ama de la misma forma a distintas personas. El amor se expresa de muchas maneras –como decía Aristóteles acerca del problema del ser– y la pretensión neurótica de reconocerse en el amor, de identificarse con un sentimiento tal que daría cierta certidumbre yoica es siempre a expensas de un hecho evidente: el amor conmueve al yo.

Por lo tanto, la pregunta acerca del amor como un estado propio no tiene respuesta. En todo caso, más importante es advertir el modo en que el neurótico padece el amor para que sean sus reacciones los indicadores más preciosos de la vida emocional. Por ejemplo, es un observable clínico que los hombres no puedan dejar de planificar la relación ante la menor incidencia del amor.

El obsesivo puede dudar acerca de si está enamorado, pero mientras tanto planifica que la casa tenga una habitación para un hijo. Esta situación particular suele producir la desesperación más grande entre las mujeres, quienes suelen acusar recibo del amor a través de la angustia y, eventualmente, de las más diversas fantasías de captura y pérdida de libertad. No obstante, ¿qué libertad se tiene cuando no se la puede elegir y, por lo tanto, ponerla en acto?

En resumidas cuentas, el amor se comprueba en los modos de acusar recibo del amor, en los distintos modos de defensa ante sus efectos. Podríamos decirlo de una manera cuasi paradójica: el amor no es un sentimiento, sino que es la forma en que respondemos a su presencia. Para el neurótico, esta respuesta siempre va a ser sintomática.

El obsesivo, mientras vacila, intentará controlar la pasión (sucumbiendo a la pasión del control); la histérica buscará ponerlo a distancia, con la fantasía de perderse a sí misma (verse sometida, degradada, etc.), pero ¿no hay algo más penoso que necesitar la ausencia del otro para poder sostener el amor? No son pocas las histéricas de nuestro tiempo que sostienen su deseo en la necesidad de “extrañar” (reconocerse como deseantes cuando ese deseo queda en falta).

Para ambos casos de neurosis vale la misma vía de indeterminación subjetiva: el neurótico queda dividido entre lo que siente y lo que hace.

Del amor al deseo

La división subjetiva entre amor y deseo no es algo privativo de las neurosis, aunque en estas últimas “nos referimos a la histeria y la obsesión” hay dos usos diferentes de este conflicto psíquico.

En el caso del obsesivo, es corriente que sobre el amor recaiga la indeterminación del saber. De este aspecto echa mano el síntoma fundamental de la duda: “No sé si estoy enamorado”; o bien, si recuerdo la situación de cierto analizante, podría mencionarse la circunstancia en que, ante la pregunta de su pareja (acerca de si la amaba), la respuesta fue: “Creo que sí”; mientras que frente al amor el obsesivo no se determina, respecto del deseo su posición se localiza con mayor simpleza.

El obsesivo suele estar tan seguro de lo que desea que, por eso mismo, lo esconde, lo disfraza, lo escamotea o, para usar una expresión de Lacan en “La dirección de la cura y los principios de su poder”, lo contrabandea. Es el caso de un analizante que, luego de disponer del tiempo de la sesión para discurrir en torno a los más variados matices que tenía el curso académico en que se había inscripto, recién al final, antes de despedirnos, hizo una ligera alusión a una muchacha que había conocido en los primeros días de clase.

Ahora bien, en el caso de la histeria, la división toma otra forma. Mientras que, por lo general, para el obsesivo la división entre amor y deseo suele plantearse de manera excluyente (“Amo pero no deseo”, o bien “Deseo a quien no amo”), en el sujeto histérico ambos modos de relación con el Otro se recubren. Podría decirse que, donde la obsesión propone la estructura de la reunión (“alienación”, tal como Lacan la llama en el Seminario 11: Los cuatro conceptos), para el histérico se trata de la intersección (o “separación”, como segunda operación de constitución del sujeto). Donde el obsesivo se indetermina, el histérico hace valer su ser de deseo, aunque de forma igualmente sintomática.

Es conocida la respuesta típica del histérico ante el deseo del Otro: la defensa ante la posición de objeto. Recuerdo el caso de una analizante a la que, en cierta ocasión, luego de que dijera que el hombre con el comenzaba a verse “nada más” quería acostarse con ella, le sugerí que “también podría decirse que “nada menos”; o bien, la situación de esa otra analizante que se preguntaba si el hombre la quería a ella o a su cuerpo, en la cual no pude dejar de pedirle que especificara la diferencia entre ambas instancias. “No vamos a arruinar este momento con una demostración de la existencia del alma”, le propuse al saludarnos.

Sin embargo, por conocida que sea la posición defensiva de la histeria, no es tan evidente que el drama amoroso sea la vía con que se recubre la presencia inquietante ante el deseo. Es en la histeria que encontramos con mayor frecuencia las más diversas fantasías en torno al amor y sus vicisitudes, desde la expectativa de que el Otro sea el “adecuado” (una de cuyas versiones es la del “príncipe azul”) hasta los temores respecto de cuánto podría durar la relación. Porque si en última instancia se va a consentir, más vale que sea con motivos. Dicho de otro modo, en este punto es que se pone en juego el modo en que se espera que alguna garantía sostenga el amor para condescender al deseo.

He aquí el núcleo de lo que Lacan llamaba la “armadura” del amor al padre en la histeria. Por supuesto que no se trata de la figura del padre como tal (“el progenitor”, podríamos decir). Respecto de esta cuestión, más vale volver a ser freudianos, ya que es lo que puede advertirse en el primer sueño del caso Dora, que Freud interpreta en términos de un “refugio en el amor al padre” ante la coyuntura de la escena en que fuera requerida por el señor K. La versión del padre (la père-version) de la histeria consiste en hacer del amor el lugar desde el cual denunciar la seducción del Otro.

De este modo, histeria y obsesión comparten el hecho de ser modos de división entre amor y deseo, pero tratan este conflicto de maneras diferentes, lo cual tiene importantes incidencias en la orientación del tratamiento. Es inútil forzar al obsesivo en la vía del reconocimiento del “ser-para-el-amor”, tanto como lo es apuntar a que la histérica consienta sin más al deseo.

De la misma manera que no hay análisis de la obsesión que no atraviese los camuflajes y trampantojos del deseo, ni análisis de la histeria que no deba dedicar un buen tiempo a las versiones y semblantes del amor.

☛ Título: El psicoanálisis (no) es imposible

☛ Autores: Luciano Lutereau y Verónica Buchanan

☛ Editorial: Paidós

☛ Edición: 2026

☛ Páginas: 216

Datos de los autores

Luciano Lutereau es psicoanalista, doctor en Filosofía y doctor en Psicología por la UBA, donde trabaja como docente e investigador.

Dirige la revista de psicoanálisis y filosofía Verba Volant.

Verónica Buchanan es psicoanalista.

Realizó su residencia en Psicología clínica en el Hospital Rivadavia y es jefe de Trabajos Prácticos de la cátedra I de Psicopatología en la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires (UBA), donde también participa como docente de posgrado en la Maestría en Psicoanálisis.