El abrazo imagianario
Perón enciende un cigarrillo, estira el cuello al cielo nocturno. Sus ojos no alcanzan a ver la estrella colocada en la punta del árbol de Navidad más alto del mundo que su ministro ha levantado en la Plaza de la República. Es 24 de diciembre de 1973, su primera Nochebuena en Buenos Aires tras diecisiete años de destierro. Más tarde se oficiará la Misa del Gallo.
Una mujer con los ojos húmedos toma su mano sarmentosa. Lo mira, sonríe suave; denota ternura. Es Isabel. Está a su lado desde la época en que él duerme en la pieza de un hotel de playa en el mar Caribe, cuando es un general despojado de honores que vive al día y arrastra acusaciones por comportamientos morales degradantes, ladrón, corruptor de menores; un jarrón chino estropeado que no encuentra país que lo asile. Isabel lo abriga. Ha sido su secretaria, también su novia y esposa, ahora es su vicepresidente.
Un paso detrás, un hombre calvo de semblante vivaz recibe la ligera llovizna con gracia divina. También sonríe. Es José López Rega. Ha sido su mayordomo en la residencia de Madrid. Cada mañana, durante años, coloca sobre su escritorio un vaso de jugo de naranjas exprimidas con sus manos; controla su dieta, su agenda, los llamados telefónicos. Ha sido su secretario, ahora es su ministro.
En la plaza, la multitud entona animada las coplas de una zamba que se apaga. El presentador del festival anuncia por el micrófono la presencia del presidente de los argentinos, teniente general Juan Domingo Perón. Su mujer le aprieta la mano, un haz de luz los destaca en la penumbra. Los guardaespaldas y policías que los rodean se apartan, la televisión proyecta la imagen del matrimonio a todos los hogares del país, también al resto del mundo, por conexión satelital.
Perón esconde el cigarrillo y saluda con timidez, miles de manos lo aplauden. Isabel se hace a un costado, lo deja en el centro de la escena, solo, iluminado, y las voces se unen en un canto que renueva su corazón ya cansado, evoca aquellos tiempos, aquel pasado.
Yo te daré, te daré patria hermosa, te daré una cosa, una cosa que empieza con P: ¡Perón!
Una señal de sosiego se desprende de su rostro. López Rega intenta cubrirlo con el paraguas. Perón se aleja, prefiere la intemperie, el abrazo imaginario con sus descamisados. Da una última pitada, tira el cigarrillo y lo apaga con la suela. Levanta los brazos a la multitud. La aclamación lo estremece, le tiemblan las manos. La comunión inmutable, el magnetismo intacto. El líder ha regresado.
Hay optimismo en el futuro nacional. El país pletórico de riquezas inexploradas se abre a la inversión y al desarrollo, los industriales confían. Es el tiempo de la reconstrucción y las realizaciones, que ya están a la vista. Porque se han entregado ciento cincuenta mil viviendas populares en solo seis meses de gobierno. Ya se mueven las primeras escaleras mecánicas fabricadas con materiales íntegramente argentinos, y el país, a la vanguardia científica, prepara el primer implante de un corazón artificial completo, a la vez que proyecta una obra magnánima para honrar a sus próceres en el altar de la patria, enumera el presentador, y detrás suyo, una pantalla gigante presenta las imágenes de las obras, del progreso, del espíritu solidario del gobierno que se cristaliza cuando el dinero del pueblo vuelve al pueblo, se cristaliza en los rostros felices de más setenta y cinco mil jóvenes que dan vida al programa de turismo que les permitió conocer cada rincón de la Argentina. El dinero vuelve al pueblo con la entrega de alimentos en barrios humildes, Santa Rita, 9 de Julio, Curuchet, vuelve con las pensiones recibidas con alborozo en hogares de ancianos, con artículos cedidos a establecimientos hospitalarios y la distribución de las ciento veinte mil unidades de pan dulce, generosamente elaboradas por internos de la cárcel de Caseros, que también se entregan aquí, ahora, en el Obelisco, en esta Navidad del pueblo junto al general Perón y su señora esposa, doña María Estela Martínez de Perón, cierra con brío el presentador, con su voz tapada por los aplausos.
Las aclamaciones no permiten percibir un estruendo lejano que suena desde el norte de la ciudad. Apenas dos guardaespaldas que protegen al Presidente se miran intrigados, como si hubieran percibido en el murmullo que el instrumentista de la orquesta se ha ido de tono o identificaran un ruido anómalo en el fondo del mar, y quisieran conocer su origen. Uno de ellos toma el walkie-talkie y pregunta. Todavía no obtiene respuesta, todavía no sabe que una bomba acaba de estallar.
*Autor de Gordon, el aniquilador. Ediciones Planeta (Fragmento).