Golpe y secuestro
Una familia marcada por la década´70.
La vida de Raúl Eduardo Kraiselburd, el empresario de medios más importante e influyente de la provincia de Buenos Aires, constituye, en buena medida, un gran enigma, un laberinto envuelto en brumas. Su figura se proyecta sobre La Plata con el peso que tuvieron los diarios de papel durante el siglo xx, cuando eran capaces de incidir decisivamente en el rumbo de una época. Dueño y señor de la capital bonaerense, su apellido, ligado al periodismo desde hace un siglo, representa a una generación de editores que hicieron de la prensa un negocio fabuloso.
Por su despacho, en el segundo piso del edificio de El Día, nave insignia de un imperio con múltiples ramificaciones, han desfilado dirigentes políticos de todos los signos, jefes militares y policiales, empresarios, sindicalistas, figuras del deporte, la cultura y el espectáculo, además de lobistas y oportunistas de toda laya.
Kraiselburd ha pasado en esa habitación la mayor parte de su vida, donde, impregnada de aroma a tabaco y madera, el tiempo parece haberse detenido. Detrás del escritorio, cubierto por papeles, informes y viejos recortes, sobresale un cuadro del italiano Quincio Cenni que recrea la fundación de La Plata en 1882 e incorpora personajes que nunca estuvieron allí, un detalle que lo convierte, para muchos, en una de las primeras fake news de la historia argentina.
En esa suerte de alcázar, donde durante décadas se concentró una parte sustancial del poder real y simbólico de la provincia, se definieron programas públicos, carreras políticas, negocios privados y reputaciones personales, todo bajo el pulgar implacable del “Ruso”, el apodo con el que lo conocen sus colaboradores, aunque casi nadie se atreva a llamarlo así en su presencia. Dentro y fuera del diario, su nombre infunde respeto, pero sobre todo temor. La mayoría de los empresarios y políticos solo aceptan hablar de él sin que se mencione su nombre, al igual que los periodistas, conscientes de que cualquier comentario puede llegar a sus oídos y acarrear consecuencias.
Fundado en marzo de 1884, apenas dos años después del nacimiento de La Plata, El Día ha acompañado desde entonces la evolución de la ciudad. Concebido por figuras alineadas con el proyecto político de Dardo Rocha, el diario se transformó con el tiempo en un conglomerado que llegó a controlar varios diarios, una agencia noticiosa, una señal de televisión, radios y portales informativos. Esa expansión se produjo, en buena medida, gracias al permanente respaldo publicitario de la administración bonaerense.
La contribución de El Día a la narrativa del derrotero político y social de la provincia y su capital es invaluable. En buena medida, La Plata también es el relato que el diario ha construido sobre ella. Detrás de ese legado sobresale la figura de Raúl Kraiselburd, cuya dedicación y capacidad para conducir una empresa que fue cantera de periodistas, escritores, intelectuales, fotógrafos y diseñadores resultaron decisivas. (…)
En la mañana del martes 25 de junio de 1974, David Kraiselburd salió de su casa y, como de costumbre, se encaminó hacia el diario. Era habitual verlo recorrer a pie ese trayecto como parte de una rutina sin grandes alteraciones. En un país convertido en un polvorín, su obstinada resistencia a las custodias personales lo convertía en una presa demasiado fácil.
Habían pasado unos minutos de las nueve. David avanzaba ensimismado por la diagonal 77 cuando una camioneta Chevrolet roja, con los vidrios laterales pintados de negro, frenó abruptamente frente a él. De pronto, se vio rodeado por un grupo de personas armadas que lo obligaron a subir a la parte trasera del vehículo, que rápidamente se alejó a toda velocidad. En la vereda, a unos cien metros de la casa, quedó tirada una carpeta con los apuntes de un artículo en el que trabajaba, sobre la actitud de la aristocracia argentina durante la Segunda Guerra Mundial.
En el rapto intervinieron al menos tres autos de apoyo, uno de ellos un Fiat 128, sustraído unos días antes en Avellaneda que fue abandonado en el lugar. El comando conocía a la perfección los movimientos del director de El Día. Apenas lo introdujeron en el vehículo cubrieron su rostro con una capucha y huyeron a toda velocidad haciendo un rodeo desviándose por caminos secundarios.
Fue un golpe de enorme audacia, no sólo por tratarse de uno de los empresarios más importantes de la ciudad, sino porque se llevó a cabo a plena luz del día y a dos cuadras de la Jefatura de Policía. Para concretarlo se había hecho un trabajo previo de inteligencia sobre los rutinarios movimientos del editor: su caminata hasta el diario cada mañana y el regreso al mediodía para almorzar y dormir la siesta; para luego volver a la redacción hasta la hora del cierre.
Además de ser director del principal medio gráfico de la provincia, Kraiselburd era vicepresidente segundo de la influyente ADEPA y titular de Noticias Argentinas, la única agencia informativa privada que existía entonces en el país. Además, se aprestaba a lanzar un nuevo diario en La Plata.
Los captores llevaron a su víctima a un chalet en la localidad de Gonnet, al norte del casco urbano, una zona residencial con quintas de fin de semana. La vivienda estaba en calle 501 entre 14 y 14 bis, apenas media cuadra de la Subcomisaría N.° 13, una ubicación especialmente elegida para no despertar sospechas. El lugar había sido acondicionado para la ocasión. En una de las habitaciones, las aberturas estaban cubiertas con cartones y se había montado una carpa de lona, como las usadas en campamentos, cercada con alambre de púa y equipada con un camastro en su interior. Junto a la puerta colgaba de un clavo una capucha destinada a interactuar con el cautivo, a quien, para evitar nombrarlo, habían apodado “Perica”.
Minutos después del secuestro, un allegado a la familia dio cuenta del hecho a las autoridades policiales. No obstante, se acordó guardar cautela en la difusión de los hechos, al menos hasta que se produjera el contacto con los secuestradores. Raúl y sus hermanos se atrincheraron junto a Toña en la casa de diagonal 77 intentando conservar la calma para analizar la situación, estudiar los pasos a seguir y evitar todo contacto con la prensa.
A la mañana siguiente el diario platense ubicó la noticia en lo más alto de su tapa: “Fue secuestrado el director de El Día Dr. David Kraiselburd”. “Un grupo armado lo sorprendió en la mañana de ayer a pocos metros de su domicilio, cuando se dirigía al diario. No hay comunicaciones”, señalaba el artículo. El suceso también fue reflejado en las portadas de los principales diarios del país.
Las primeras hipótesis apuntaron a vincular el secuestro con un duro conflicto salarial registrado semanas atrás y promovido por el Sindicato de Prensa, entonces conducido por la Agrupación de Trabajadores Peronistas, desde donde se cuestionaba con dureza al director de El Día, considerado un “agente de la dependencia”. A esto se sumaba un antiguo entredicho por las acciones cedidas a los trabajadores durante el primer peronismo posteriormente recuperadas por Kraiselburd. Sin embargo, esa línea de investigación fue rápidamente desestimada tras una serie de sondeos con empleados del matutino y dirigentes sindicales, quienes emitieron un comunicado rechazando de plano cualquier tipo de relación con el rapto.
El coronel César Narciso Díaz, que unos meses antes había asumido como jefe de la policía bonaerense con el pergamino de haber detenido al líder máximo de Montoneros, Mario Eduardo Firmenich –luego rápidamente liberado–, ordenó un amplio despliegue y encomendó al área de Inteligencia de la Unidad Regional La Plata tareas encubiertas en domicilios sospechados de pertenecer a miembros de agrupaciones guerrilleras. La policía informó que se realizaron unos quinientos operativos en el sur del Gran Buenos Aires, todos con resultado negativo.
Nunca se hizo público el monto exigido y el propio Raúl negó siempre que los secuestradores hubieran llegado a fijar una cifra. Aún hoy, en la familia suele recordarse que David siempre decía que si lo secuestraban no se debía, bajo ninguna circunstancia, pagar rescate. No obstante, antiguos policías y miembros de la redacción coincidieron en señalar que los captores exigieron un elevado rescate, cuya cifra habría rondado los cinco millones de dólares. Tiempo atrás, el exjefe de redacción de Diario Popular, Jorge Joury, ratificó en un artículo publicado en el portal platense Diariofull la existencia de ese pedido.
Más, según trascendió entonces, los secuestradores requirieron también la publicación de una solicitada como condición para la liberación. La modalidad hizo pensar que podía tratarse de una acción del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), que en 1973 había realizado los secuestros del dueño de Crónica, Héctor Ricardo García, y del apoderado de Clarín, Bernardo Sofovich, exigiendo en ambos casos la difusión de comunicados a cambio de la libertad de los cautivos.
Los días pasaron sin que ninguna organización se adjudicara públicamente el secuestro. En las siguientes comunicaciones la familia pidió una prueba de vida. Las autoridades policiales alertaron a la familia sobre el riesgo de falsos intermediarios que intentaran aprovecharse de la desesperación. En las jornadas subsiguientes El Día publicó en su portada un recuadro que repitió casi calcado durante semanas en el que daba cuenta de la falta de novedades en el caso y la ausencia de contacto con los secuestradores.
El 1 de julio, David Kraiselburd cumplía 62 años y llevaba más de una semana secuestrado. Esa mañana llegó a los kioscos de La Plata el primer número de El Diario Platense, un matutino en formato tabloide creado para frenar el avance de Crónica en la ciudad. “Cumplimos con el deseo de mi padre”, recuerda Raúl, quien debió decidir entre sostener el lanzamiento o postergarlo. Siguió el consejo de Alberto “Chango” Albertengo, entonces secretario de redacción de El Día, quien consideró que suspender la salida prevista podía colocar a la familia en una posición de mayor vulnerabilidad frente a los secuestradores.
Unas horas después de la salida de El Diario Platense, el gobierno anunció la muerte de Perón. Desde entonces, la comunicación con los secuestradores se interrumpió abruptamente y la esperada prueba de vida nunca llegó.
Un silencio opresivo envolvió los días que siguieron y sus largas noches de vigilia. Mientras el país ingresaba en una etapa de profunda incertidumbre, Raúl y Víctor pasaban horas en reuniones interminables, a la espera de una señal. Raúl desconfiaba de todos, especialmente de los sectores vinculados a la Tendencia que habían integrado el gobierno de Bidegain, aunque sus sospechas también alcanzaban a la policía.
En La Plata crecían la tensión, las gestiones y las versiones, aunque ninguna conducía a una salida concreta. Incluso circuló la versión de que, dos días después de la muerte de Perón, Ricardo Balbín había manifestado su preocupación por la situación de Kraiselburd durante una reunión secreta con Firmenich.
Después de más de dos semanas sin novedades, el 12 de julio la revista Así publicó una extensa nota titulada “El periodista secuestrado”, basada en información extraoficial atribuida a fuentes policiales. El artículo señalaba a Montoneros como responsable y afirmaba que el objetivo de la acción era “obtener un rescate y reivindicaciones para los obreros del matutino platense”.
Era un momento de gran dispersión para los grupos armados. Aunque la cúpula de Montoneros estaba al tanto de las diversas operaciones en curso, las regionales habían ganado margen de maniobra y buscaban formas autónomas de reunir recursos ante un horizonte que se presentaba incierto.
Caían las primeras sombras de la noche del miércoles 17 de julio cuando en la casa de Gonnet donde David Kraiselburd se hallaba cautivo, se escuchó el batir de palmas. La silueta difusa de una mujer se asomó tras el visillo de la cortina. Lo que siguió fue un tiroteo cruzado que se fue intensificando a medida que se cerraba un cerco alrededor de la casa. Minutos después, con la llegada de efectivos de apoyo del Comando Radioeléctrico y la Guardia de Infantería, se lanzaron bajo el porche granadas de gas lacrimógeno al tiempo que un grupo de uniformados irrumpía en la vivienda tras derribar la puerta principal.
Adentro sólo quedaba uno de los secuestradores, que al intentar escapar resultó herido por la espalda a la altura de la cintura y el hombro derecho. Fue identificado como Carlos Alberto Starita. Tenía veintidós años, era alumno de la Facultad de Humanidades y miembro de la mesa nacional de la Juventud Universitaria Peronista y trabajaba de preceptor en el Liceo Víctor Mercante. Su padre, Santiago Starita, era oficial de la Armada, bioquímico y docente universitario.
La autopsia determinó que el cuerpo presentaba seis heridas de bala, causadas por disparos a quemarropa con una pistola automática Ballester Molina calibre 11.25, el tipo de arma que, según informaron las autoridades, portaba Starita. Cuatro proyectiles impactaron en el rostro, mientras otro atravesó la palma de una de sus manos y quedó incrustado en el maxilar inferior, lo que indicaba para los peritos que la víctima habría intentado cubrirse la cara.
Según la versión policial, al ingresar a la habitación los uniformados encontraron a David Kraiselburd tendido dentro de la carpa, en medio de un charco de sangre. Vestía una camiseta blanca de algodón y el pantalón azul que llevaba el día del secuestro. En una pequeña mesa de luz que estaba junto al cuerpo había un ejemplar de Adán Buenosayres, de Leopoldo Marechal, autor prohibido por la Revolución Libertadora y referente de la resistencia peronista. El cuerpo fue reconocido por el periodista de El Día Ricardo West Ocampo, que había llegado al lugar para cubrir el hecho sin saber que allí mismo se encontraba secuestrado su jefe. Víctor Kraiselburd, llegó minutos más tarde y fue el primero de la familia en enfrentarse al cadáver, con el rostro desfigurado por los impactos de bala. En otra de las habitaciones se hallaron la cédula de identidad y el carnet de periodista.
El jefe de la Policía bonaerense llegó al lugar junto a la plana mayor de la fuerza y ordenó un operativo cerrojo sobre las posibles vías de escape. Las viviendas de la manzana fueron evacuadas y requisadas, mientras se rastrillaba la zona. Según el informe oficial, en los fondos de un terreno lindero al chalet se hallaron un fusil FAL, un Winchester, una Itaka y una carabina recortada; dentro de la vivienda había equipos de comunicación, explosivos y un importante arsenal que incluía granadas de mano, dos escopetas automáticas, una ametralladora PA3 calibre 9 mm, una pistola Browning, un revólver 38 y cargadores completos. Esa noche, fueron movilizados unos mil efectivos de distintas dependencias del conurbano, la Brigada Antiguerrillera y Bomberos.
El juez federal de La Plata René Orsi quedó a cargo de la causa, caratulada como “Privación ilegítima de la libertad; homicidio; lesiones graves; desacato; resistencia a la autoridad; asociación ilícita contra el orden público; y tenencia ilegal de armas de fuego y explosivos”. Designado durante la breve presidencia de Cámpora, Orsi era un reconocido dirigente peronista, historiador vocacional y uno de los fundadores del Partido Laborista.
A la mañana siguiente, El Día tituló en tapa: “El doctor David Kraiselburd fue asesinado por sus secuestradores”. Informó que el hallazgo de la guarida en Gonnet había derivado en un tiroteo con la policía, en el que un hombre resultó herido y detenido, mientras una mujer había logrado escapar. Según la crónica, “en la última de las habitaciones, contra una pared, encontraron una carpa de campaña armada, en cuyo interior, sobre una cama, yacía el cuerpo sin vida del director de El Día”. La edición incluyó también una semblanza titulada “Fue un gran luchador”, que repasaba su trayectoria periodística y su compromiso con la democracia, destacando su capacidad para interpretar la realidad, su origen humilde y su “innata modestia”. “Bajo su conducción, El Día se prestigió en todos los aspectos”, señalaba el texto, que resaltaba además sus enfrentamientos con funcionarios provinciales y nacionales en defensa de sus convicciones. En esa edición, el espacio editorial habitual quedó en blanco y su nombre continuó figurando como director.
El hecho ocupó las portadas de la prensa nacional. Crónica tituló “Matan a Kraiselburd” y tildó el episodio como el “Combate de Gonnet”, mientras La Nación informó: “Fue asesinado Kraiselburd”, y Clarín destacó: “Mataron al director del diario El Día de La Plata, que estaba secuestrado”.
La noticia también tuvo repercusión internacional. En Estados Unidos coincidió en las portadas con las revelaciones del escándalo Watergate, que por entonces acorralaba a Richard Nixon. En Israel, el diario Hatzofé fue uno de los medios que mayor espacio le dedicó: además de resaltar el origen judío de la víctima, destacó que durante su trayectoria había defendido desde El Día a Israel y las causas judías, una valoración que también recogió la Jewish Telegraphic Agency .
David Kraiselburd fue velado en su domicilio y sepultado en el sector judío del cementerio municipal de La Plata. Al funeral asistieron el gobernador Victorio Calabró y miembros de su gabinete, el intendente Rubén Cartier, el titular de ADEPA Juan Santos Valmaggia, dirigentes políticos como Rodolfo Ghioldi, Ricardo Balbín y otros referentes del radicalismo, además de directivos y empleados de El Día, representantes de la colectividad judía y el arzobispo Antonio Plaza, quien expresó haber rezado durante esos días para que se esclareciera el destino del editor. Para evitar incomodidades, dada la heterogeneidad de los asistentes, Toña pidió a sus hijos que no hubiera oradores durante el funeral. Les explicó que David era un hombre que representaba a muchas personas diferentes y mantenía vínculos diversos, por lo que cualquier semblanza podría generar contradicciones.
Los Kraiselburd aún estaban aturdidos por lo sucedido cuando, la misma noche del entierro, una voz anónima llamó al diario y dejó una advertencia: “Olvídense de todo, si no, los próximos serán ustedes”.
☛ Título: Los secretos del ciudadano K
☛ Autor: Pablo Morosi
☛ Editorial: Marea
☛ Edición: Octubre de 2026
☛ Páginas: 400
Datos del autor
Pablo Morosi (La Plata, 1965) se graduó como periodista y licenciado en Comunicación Social en la Universidad Nacional de La Plata.
Es docente de periodismo en las universidades de La Plata y Quilmes. Trabajó en los diarios Hoy en la Noticia, La Nación y Página/12 y colaboró en diversos medios. Presidió la cooperativa de trabajo de periodistas El Atajo.
Es autor de los libros Un tal Núñez (2015); Padre Cajade. El santo de los pibes de la calle (Marea, 2016); Genealogía de una tragedia. Inundación de La Plata, 2 de abril de 2013 (Marea, 2018, en coautoría con Pablo Romanazzi); El último cruzado (2018; en coautoría con Andrés Lavaselli); Favaloro. El gran operador (Marea, 2020) y Sabato. El escritor metafísico (Marea, 2021, en coautoría con Sandra Di Luca).