DOMINGO
Libro

Modos de hacer política

Su influencia decisiva en la cultura.

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| Ilustración: Juan Salatino

La mañana del 5 de octubre de 2024, casi un año después del balotaje que consagró a Javier Milei como presidente electo por una abrumadora mayoría, la intersección de la avenida Cabildo y Virrey Loreto en la Ciudad de Buenos Aires se encontraba particularmente transitada. Desde temprano, grupos de jóvenes y no tan jóvenes esperaban para ingresar al Auditorio Belgrano, en ese barrio porteño, y participar de la primera edición del ¡Viva la Derecha! Fest. Presentado como “el evento más antizurdo del mundo”, auguraba una jornada de conferencias e intercambios con los principales exponentes de la llamada “batalla cultural” de la derecha argentina y regional.

Pequeños grupos de militantes del partido oficialista La Libertad Avanza (LLA) se mezclaban con jóvenes no encuadrados, adherentes al gobierno y al “movimiento”. Varones y mujeres con gorras de MAGA (Make America Great Again, de Donald Trump) y con la local Las Fuerzas del Cielo; cuarentones con remeras que decían “No fueron 30 mil, ni fueron inocentes” y adolescentes con figuras de león, con el que se autoidentifican el presidente y sus seguidores. Alguno mostraba su llavero con una pequeña taza con la inscripción “lágrimas de zurdo”, recién comprado a un emprendedor. Otros vestían su ropa habitual, que no denotaba banderías políticas.

En la antesala del evento, algunos se destacaban por haberse hecho conocidos en las redes del mundo libertario, como los creadores de los canales Agarrá la pala y Breakpoint. Cada uno en su escala fueron referentes de la batalla cultural en YouTube. También estaban los personajes más tradicionales del mundo militar, que fueron recibidos con aclamación, como Juan José Gómez Centurión, veterano de Malvinas y candidato a presidente en 2019 por el Frente NOS, y Emilio Guillermo Nani, acusado y absuelto por crímenes cometidos en el centro clandestino de detención La Cueva. Además, había pequeños grupos de extranjeros embanderados: exiliados venezolanos y “refugiados” brasileños en la Argentina, acusados de las acciones desestabilizadoras ocurridas en Brasilia en 2023, en el paso de mando entre Jair Bolsonaro y Lula da Silva.

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La grilla del evento era encabezada por Agustín Laje, politólogo cordobés, best seller internacional, referenciado como el intelectual más cercano al presidente, al punto de plantearse como su posible sucesor. Luego, figuraba Nicolás Márquez –quien oficiaría de maestro de ceremonias–, el impulsor de los más controvertidos libros revisionistas sobre los setenta. También se presentaban referentes que por entonces eran cercanos al gobierno de Milei, como Cristian Rodrigo Iturralde, escritor nacionalista católico y el influencer Emmanuel Dannan; Vicente Massot, avezado intelectual, considerado un referente para varios de los expositores; y Manuel Solanet y Ricardo Saint Jean, herederos de familias ligadas a la última dictadura y activistas contra los “juicios de la venganza”. En sintonía con la escala del fenómeno, y por el flamante atractivo de la Argentina como “faro de la libertad a nivel mundial”, también participó una red de comunicadores y activistas regionales: el peruano Miklós Lukács, el español Javier Negre, la ecuatoriana Mamela Fiallo y la chilena Vanessa Kaiser.

El primer Derecha Fest mezcló la disertación académica con la divulgación, el docente con el entertainer, y cubrió varios de los frentes en los que las derechas pregonan una batalla cultural contra las izquierdas y el progresismo. Una oportunidad para que simpatizantes y militantes festejaran el primer aniversario de un país gobernado por la derecha radicalizada e, incluso, le marcaran la cancha. Una derecha “en serio” y “popular”, una “nueva derecha” –como les gusta llamarla–, aunque muchas de sus ideas y prácticas tengan larga data.

Ese día era también una prueba, un desafío para los organizadores luego del triunfo electoral de Milei. Márquez había pasado de escribir libros sobre personajes que denostaba (el Che, Perón, Chávez, Salvador Allende) a publicar una biografía elogiosa del presidente. Laje, por su parte, se ubicaba al frente de la Fundación Faro, un think tank oficialista que recibe aportes de los principales empresarios del país; investigaciones periodísticas lo caracterizan como un espacio opaco en relación con sus balances.

Instancias de una nueva etapa en la que la batalla cultural pasaba a ser liderada desde la cima del poder.

En la entrada del auditorio se destacaba un elemento infaltable en este tipo de eventos culturales: una mesa para la venta de libros. La organizaba Andrés Mego, un editor que había llegado al mundo de la “nueva derecha” pocos años atrás, cuando consiguió publicar en la Argentina los libros de Agustín Laje a través de HarperCollins, un gigante editorial transnacional sin filial local. Mego, dueño de la editorial Hojas del Sur, tenía a su cargo la venta de libros en el primer Derecha Fest, antes de convertirse en organizador de las siguientes ediciones. Allí estaban los títulos de la serie que se inauguró con La batalla cultural, de Laje; Generación idiota, del mismo autor; Neo entes, de Miklós Lukács; Cómo fabricar a una feminista..., de la brasileña Sarah Winter Huff; Apaga el celular y enciende tu cerebro, del argentino Pablo Muñoz Iturrieta, y Pueblos imaginarios, de Cristian Rodrigo Iturralde.

También se ofrecía gran parte del catálogo de Unión, la editorial pionera en “libros libertarios”. Clásicos de Ludwig von Mises y de Murray Rothbard convivían con títulos más actuales, como Libertario en 30 días, una compilación de treinta capítulos “diseñados para explicar, a una persona muy ocupada, la esencia del libertarianismo”. Pero la estrella de la mesa era, como siempre, El libro negro de la nueva izquierda. Ideología de género o subversión cultural, de Laje y Márquez, un best seller que circuló por cientos de miles de manos, computadoras y teléfonos desde 2016, y les permitió a sus autores girar por el mundo.

Desde su publicación en 2016, Laje y Márquez crecieron –a fuerza de elaboraciones conceptuales, ensayos históricos, manifiestos y provocaciones virulentas– como autores, impulsores y referentes de una batalla cultural que involucró a una generación de jóvenes que consume contenidos con datos, ideas y argumentos para discutir; que lleva los libros a manifestaciones y aulas; que postea y repostea lo que sus referentes lanzan; que participa de sesiones online y, además, produce su propio contenido.

Necesitamos [...] crear centros de estudiantes de derechas. Necesitamos a todos teniendo varias cuentas de Twitter, militando en esa nueva Sierra Maestra [...]. Si esto se llama batalla cultural, es porque tenemos que dejarlo todo. Esto implica comprometerse con la formación política.

Para eso están los libros, las conferencias [...]. En el debate de todos los días es donde se resuelve la opinión pública.

Y ese debate lo tenemos que ganar nosotros. Con estas palabras, Laje convocaba a los jóvenes en el cierre de su presentación. Luego, varios se acercaron para que les firmara sus ejemplares: “Me vine de Ushuaia y quiero tener las firmas para amortizar el viaje. Mucho tienen que ver con este cambio ideológico porque nos abrieron la cabeza”, dijo un seguidor.

Este tipo de eventos, no estrictamente partidarios sino “culturales”, promueve la reunión de quienes desde hace años encontraron en estos personajes una referencia con la que comparten ideas y sentimientos políticos. Autores, influencers y difusores que, en escenarios online y offline, invitan a reconocerse, a encontrarse con otros y a construir una sociabilidad política de derechas. Un espacio que constituye una de las fracciones que componen el mundo libertario, quizá no la más multitudinaria, pero sí la más ruidosa, un núcleo duro que se posiciona como frente de soldados en la batalla cultural que trasciende incluso la gestión de Milei.

La política por otros medios

La política se construye de múltiples formas. Las personas se valen de artefactos, consumos, lecturas y prácticas alejados de la política clásica. Participar en eventos como el Derecha Fest, utilizar un libro como fuente polémica para un trabajo escolar o promoverlo en un posteo de Instagram son modos de hacer política. Todo confluye en un espacio de cultura masiva en el que se entretejen libros, contenidos digitales y discursos, autores y lectores, y objetos e ideas con los que las personas se vinculan y viven la política.

En un trabajo de campo iniciado en 2017 sobre los recorridos de los best sellers políticos “anti-k”, la investigación derivó hacia lo que en ese entonces eran todavía “los márgenes” de la producción cultural. Junto con Analía Goldentul, estudiosa del activismo de la “memoria completa” y sus vínculos con los libros, las lecturas y los intelectuales, emprendimos una inmersión sostenida en eventos editoriales y presentaciones de libros en el AMBA. Primero, vinculados a la violencia política y la “guerra” de los setenta. Tiempo más tarde, interesados en las figuras de Laje y Márquez, asistimos a presentaciones, encuentros y manifestaciones de sectores que se reivindicaban orgullosamente de derecha.

Allí, vimos que las personas hacían de la palabra “derechas” el sustento de un “nosotros” heterogéneo, en construcción, compuesto por una pluralidad de perfiles políticos, religiosos, ideológicos, sociodemográficos y culturales que no podía ser reducido a tipificaciones generalizables.

Los eventos eran convocados por redes sociales, auspiciados por fundaciones, agrupaciones o editoriales. En ese entonces, se realizaban en pequeños salones porteños, como el Club Español o el Círculo Militar, y a veces también en iglesias y sedes partidarias. En esos eventos, veíamos lo que estábamos acostumbrados a observar en las típicas actividades del mundo del libro: autores que performan su rol, sus amigos que hablan bien de ellos, y un público que interviene, saca fotos y hace firmar sus ejemplares. Nos llamó la atención la composición de los auditorios. No solo encontrábamos a “los viejos” de las derechas tradicionales: hombres y mujeres de traje, perfumados y peinados; también estaban colmados por jóvenes, más informales, descontracturados, que incluso podían llegar a viajar varias horas para llegar hasta allí. Con el tiempo, estos eventos se hicieron más grandes y los asistentes, más conocidos entre sí.

La pandemia fue un momento clave. El encierro y la digitalización de las prácticas de intercambio obligaron y posibilitaron la expansión de lazos y de malestares políticos. Además, en los eventos offline y, sobre todo, en los online, la figura de Milei no paraba de crecer: como referencia, como tema de conversación y como personaje que parecía comenzar a reunir descontentos, reconocimientos y voluntades, al tiempo que se impulsaba como personaje mediático que promovía ideas, libros y autores. Su proyección, así como la visibilidad regional que logró Laje, acompañaron una masificación del fenómeno mientras se intensificaba un proceso de fusionismo y radicalización política en las derechas. Las reuniones pasaron a tener lugar en espacios más amplios: ferias de libros en distintos países, auditorios con capacidad para miles de espectadores, spaces de X, vivos de Instagram y zooms multitudinarios que constituían escenarios de discusión e intercambio. Comenzaba a decirse que la rebeldía se había vuelto de derecha y que la derecha “conquistaba” a los jóvenes. Pero ¿por qué no pensar también que los jóvenes conquistaron a las derechas y les dieron el impulso que colaboró en su masificación?

El triunfo de la derecha radicalizada en la Argentina no es un proceso que comienza –dicho de manera apresurada y generalizada– “desde arriba”. Difícilmente un movimiento político pueda ser explicado solo a partir de la injerencia de ideólogos, plataformas e instituciones bien financiadas a nivel global. Pensar que estos actores coordinan y planifican candidatos outsiders con propuestas que “bajan” hacia los votantes es una simplificación. Los sujetos –el electorado, los sectores populares, el público masivo– no son contradictorios con sus intereses. Esta es una mirada problemática en términos empíricos, analíticos y estratégicos para quienes buscan proponer una alternativa política democrática. “Para que un discurso sea aceptado, debe hacer sentido, debe tener algún grado de afinidad con la experiencia”, plantean Ferro y Semán (2024). Por eso, debemos entender las experiencias de los jóvenes y de sus referentes, que protagonizaron un proceso que comenzó en los márgenes y llegó al centro.

Una batalla cultural tras otra

Este libro propone una mirada integral del sustrato material de la cultura política de las derechas que se masificaron y radicalizaron como parte de la construcción colectiva de lo que estos sectores denominan una batalla cultural, edificada contra un enemigo común y contra una visión y versión del Estado y la democracia. Esta batalla cultural, que marca el ritmo de la conversación pública, es planteada por nuestros protagonistas como refundacional. Laje dice que es “la madre de todas las batallas”.

Por izquierda o por derecha, el planteo de una transformación cultural que se anticipe a los cambios políticos tiene raíces profundas a nivel nacional e internacional. Para las corrientes que plantean esta mirada, “la cultura” sería un espacio estratégico, porque solo mediante un triunfo en ese plano (como si pudiera ser escindido del plano material) se podría construir un “nosotros” de derecha.

En El libro negro de la nueva izquierda, el diagnóstico de Laje –replicado por sus colegas– era que, luego de la caída del Muro de Berlín, la derecha que triunfó política y económicamente descuidó la relevancia de la lucha ideológica. Desde esta perspectiva, la izquierda perdió la batalla militar y económica, pero triunfó en el plano ideológico gracias a una infiltración inspirada en la “metodología” de Antonio Gramsci. Para las derechas, este autor italiano es un enemigo, pero también una inspiración, tal como mostraron José Aricó (2005), Pablo Stefanoni (2021) y Steven Forti (2023), al analizar las resignificaciones estratégicas de términos de Gramsci en distintos momentos históricos.

Durante la Guerra Fría, los encuentros regionales anticomunistas hablaban de la infiltración izquierdista, una narrativa conspirativa compartida por los militares argentinos. Pero, además, Gramsci permitió a los intelectuales de derecha imaginar una contrahegemonía, como hizo la nouvelle droite (nueva derecha) francesa de fines de los años sesenta, de la mano de Alain de Benoist. Su corriente impulsó una renovación del pensamiento antiliberal y antiprogresista que inspiró a muchos de los protagonistas de este libro y a sus colegas latinoamericanos. Para De Benoist (1982), construir una mayoría ideológica era más importante que la mayoría parlamentaria, ya que esta última, sin la primera, “está llamada a derrumbarse”.

Con “la cultura” en el centro, el feminismo radical, las teorías de género, los enfoques decoloniales y antirracistas e incluso las luchas del liberalismo político por los derechos civiles son, para estos autores, parte del “sentido común de izquierda”. Frente a este pensamiento, las voces disidentes son las que cuestionan la “hegemonía” de estos movimientos. Si la derecha mainstream hablaba de “diálogo” y “encuentro”, esta nueva derecha se planta desde la beligerancia. Así, emerge la idea de una “rebeldía de derecha” que se enfrenta a la “policía del pensamiento progresista” que impone desde el Estado la “ideología de género” (abordada por Márquez en El libro negro de la nueva izquierda), el “indigenismo” (abordado por Iturralde en Pueblos imaginarios), el “derechohumanismo” (estudiado por Márquez en sus libros revisionistas sobre los setenta), o el “ecologismo” (atacado por Horacio Giusto e Ignacio Vossler en El libro negro del ecologismo).

Todos tópicos que, en su retórica, circuitos y redes de cooperación, exceden, con matices, las fronteras nacionales.

Así, los referentes regionales de la batalla cultural pusieron en marcha un gramscismo de derecha, una “guerra de posiciones” –como lo planteaba el paleolibertario Rothbard, lo ejercía Viktor Orbán en Hungría y buscan replicar Milei y Laje– que disputa sentidos comunes y construye espacios propios: ferias, editoriales y academias.

En La batalla cultural, donde sofistica, conceptualiza, sistematiza y difunde la idea, Laje desarrolla cómo la cultura sería el sustrato integrador de la vida social para luego, sobre el final del libro, proponer un programa político beligerante y moral, una lucha entre el bien (la derecha) y el mal (la izquierda, el estatismo, el progresismo). La disputa por el “sentido común” se daría desde todos los frentes que consideran “la cultura”: medios, arte, academia, universidades, editoriales, think tanks, plataformas digitales y redes sociales.

La batalla cultural no es un apéndice, una distracción de “lo importante”, sino que es constitutiva del orden económico, político y social que las derechas buscan plantear. Un orden presentado en términos morales, en el que el individuo y el mercado se oponen al estatismo, concepto que engloba a las izquierdas, la socialdemocracia y hasta la centroderecha, presentada sin concesiones como una derecha “cobarde”.

La batalla cultural es el marco común, el pegamento de causas y tendencias que buscan una articulación propia. Lo reactivo no contradice la construcción, porque en ese “nosotros” (“la gente de bien”) radica el fundamento de su lucha. De eso nos ocuparemos en este libro, que trata a la batalla cultural como forma “nativa” en que estos agentes describen, piensan y explican sus prácticas para activar y disputar. Además, esta batalla cultural vislumbra los cambios culturales que el mileísmobuscó representar. Detrás del combate contra el progresismo y lo políticamente correcto, de la crítica al “estado del Estado”, no solo hay un programa que tensiona la convivencia, la pluralidad y la vida democrática, sino modos arraigados de ser y estar en el mundo.

“Batalla cultural” es, así, un significante fundamental para el ecosistema cultural de las derechas actuales. Y para comprenderlo se requiere una mirada integral. Por eso, pondremos la lupa sobre los referentes y quienes escucharon su llamado y lo replican al editar, leer, crear, discutir o “domar” a sus enemigos. Entre ellos hay un vínculo permanente atravesado por mediaciones que permiten la emergencia tanto de liderazgos intelectuales como de libros, redes, lecturas, votantes y subjetividades políticas. Por eso, prestamos atención a los artefactos que median las ideas, en particular, los libros, que son mucho más que un texto escrito. Los libros marcan posiciones, comunican y reclaman, y ayudan a modular emociones, ideas y acciones. Los libros son valorados socialmente y legitiman a quienes los escriben y a quienes los tienen en su biblioteca, en el tren o en una marcha. Son publicados por quienes difunden una producción cuyo gusto y afinidad tiene que ser aprendido y entrenado. Los libros, como otros artefactos, modifican, intervienen, actúan.

Invitamos a recorrer la construcción de la batalla cultural desde adentro. A través de un trabajo etnográfico, nos enfocamos en la cultura material, es decir, las manifestaciones que expresan formas de vida, significados, afinidades políticas y modos de organización social. Nos apoyamos en la sociología y la antropología cultural para mirar la producción, mediación, circulación y consumo cultural, y las relaciones, prácticas y objetos que intervienen.

☛ Título

El libro negro de la nueva derecha

☛ Autor

Ezequiel Saferstein

☛ Editorial

Siglo XXI

☛ Edición

2026

☛ Páginas

272

Datos del autor

Ezequiel Saferstein es sociólogo, magíster en Sociología de la Cultura por el Idaes/Unsam y doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires. Investigador del Conicet en el Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierdas (CeDInCI/Unsam) y docente de grado y posgrado en la Facultad de Ciencias Sociales (UBA).

Sus investigaciones se enfocan en las relaciones entre cultura, economía y política en el mundo del libro, atendiendo a las transformaciones del espacio editorial, al rol de los editores y autores y a sus modos de intervención pública.

Integra el Programa de Estudios sobre el Libro y la Edición (IDES) y el Centro de Estudios y Políticas Públicas del Libro (LM-Idaes/Unsam)