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La IA como religión

Vivir sin olvidarse de ser humano.

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

Se ha transformado casi en un lugar común la consideración que ciertas corrientes de opinión adoptan para ubicar a la IA como el Gran Otro o como el síntoma de la época que nos toca vivir. Lejos de desestimar la omnipresencia que los algoritmos cobran en nuestra actualidad, tengo la impresión de que, en algunos casos, tal postura disimula el punto clave. La amenaza para la humanidad no corre tanto por cuenta de la denominada Inteligencia Artificial, sino por la concepción del sujeto contemporáneo que las ultraderechas imponen sirviéndose de la IA y permitiendo que la misma avance con procesos de los cuales no hay control alguno. Aquí lo propiamente humano interpela al algoritmo. (...)

Cuando el pensar queda escindido del Cuerpo prójimo, pierde su capacidad de discernimiento. Entregar la tramitación de los afectos a la IA (eso que hoy llaman gestionar las emociones) es el cómodo expediente para hacernos objeto de la angustia automática que nos encierra en nuestro propio cuerpo. Desde este punto de vista, la primarización de los afectos antecede a la primarización de la economía.

Y sí. Desde el punto de vista psicoanalítico, los “afectos son el resultado de la presencia de lalengua [esa conjunción del significante con el sonido previa a toda sintaxis o semántica] en tanto que articula cosas de saber que van mucho más allá de lo que el ser que habla soporta de saber enunciado”. Luego, pasión por la ignorancia mediante: el odio. Y más precisamente: el odio de sí. Para ser claros: la deshumanización a la que hoy asistimos es fruto del rechazo que la actual subjetividad experimenta por la vulnerabilidad, la diferencia, la carencia en Ser y la finitud. Lo más constitutivo del ser hablante. Eso que no se soporta, o sea.

De allí que la pregunta (...) ¿Cómo la lengua puede precipitar en la letra? resume el recorrido de nuestra investigación sobre el lugar del cuerpo y sus afectos en la actual subjetividad cooptada por los algoritmos. El reciente acontecimiento producido a raíz de la muerte de un músico y poeta que supo interpretar el sufrimiento anclado en los cuerpos de varias generaciones —desarrollado en la sección “del tratamiento de lalengua y sus afectos” — es nuestra respuesta al interrogante mentado. En este caso: un duelo multitudinario que —en el encuentro con el Otro—permitió a cada Uno brindar el testimonio singular de su dolor.

En nuestro recorrido planteamos a “Ni ley: el homo digital” en tanto indicio de una alteración antropológica inédita. Consideramos así al cuerpo hablante como un territorio en disputa entre el empuje al goce que instila el celular y la presencia efectiva del cuerpo del Otro como condición para una convivencia civilizada. Señalamos la inhibición como principal saldo clínico resultante del escamoteo del encuentro entre los cuerpos y la consecuente pauperización simbólica a manos de una desquicia de la imagen. El reemplazo del pensar por el cálculo y la división subjetiva por el énfasis en el Ser; la eliminación del vacío donde respira el deseo; la pauperización del juego; el aplastamiento de la metáfora; la exacerbación de la pasión por la ignorancia; el vecino como límite al crimen perfecto, la infinitización paranoica del sentido; son algunos de los tópicos que este libro recorre desde una perspectiva psicoanalítica.

Más allá de la catástrofe que suponen los despidos masivos, la aniquilación del proceso creativo de las personas, la apropiación de datos; los asesoramientos para fines nefastos y el flagrante deterioro del medio ambiente, nos interesó el mecanismo por el cual la anulación del sujeto desemboca en el odio que, en última instancia, es odio de sí. Para esto basta con responder a la Demanda.

(Al respecto, recomendamos leer las respuestas de Claude —IA de Anthtropic— en el apéndice del libro). Todo en nombre del Bien y —como dice el dueño de una big tech—la instalación del reino de los cielos aquí en la Tierra de la mano de la IA. Una religión artificial que nos seduce para entregarnos al sacrificio.

La opción ética que propone el psicoanálisis nos mueve a denunciar este derrape mortífero de forma tal que el amor y el deseo hagan realidad lo que alguna vez dijo el poeta: “allí donde está el peligro, crece también lo que salva”.

Tal vez la única política que nos puede rescatar es la que nos estimule a Pensar a partir de los afectos, por ejemplo: esa Vergüenza que despierta el Pudor, “única virtud” según Lacan.

Para que los Cuerpos hablen. Para que los Cuerpos piensen. (…) 

Estábamos en Ciudad de México, participando de un congreso y atendiendo cuestiones de trabajo. Es tremendo a lo que llaman Pensar en esta actualidad que nos toca vivir —dijo. Si no estás cavilando qué nueva cosa puede ofrecer la IA, parece que no estás apto para dictar clase, escribir o investigar ¿podés creerlo? Así, con esta descripción, mi compañero de estadía —doctor en Filosofía, ex alumno, hoy docente e investigador universitario— daba por concluida una pesada conversación telefónica mientras me invitaba a relajarnos bajo un colorido toldo dispuesto en la vereda. La estatua del Ángel de la Independencia parecía saludarnos desde lejos.

Duró poco. La persecución digital no solo está en temas de docencia o investigación. La foto que entre risas habíamos posteado aparecía ahora secundada por preguntas que nadie solicitó formular. ¿Quién es Daniel Craig? ¿Qué significa la camisa blanca? Cuestión que corroboraba el diagnóstico de mi joven cumpa: en el reino digital te persiguen a toda hora para saber si sabés todo lo que hay que saber, como si pretendieran eliminar el registro de lo imposible. Y agregó: “Cuanto más profundamente docto fuere alguien en esta ignorancia, tanto más se acercará a la verdad misma”, decía Nicolás de Cusa.

O sea: cuanto más sabe alguien, más consciente es de lo limitado de su conocimiento. No es ignorancia “simple”, sino una sabiduría que reconoce sus límites, una Docta ignorancia, concluyó el profe.

Lo cierto es que al pulsar para saber lo que la máquina afirmaba conocer de mí, encontré: “La camisa blanca parece ser un elemento importante para la persona que hizo la publicación” (este servidor, o sea), tras lo cual relacionaba la imagen posteada con el infalible James Bond, interpretado por el mentado actor británico. Sorprendido, me sentí feliz de que la IA no hubiese adivinado que, lejos del icónico 007, mi posteo hacía referencia a William Lee, el personaje de “Queer”, cuyo protagonista es un “marica” — que viste a lo largo del film un traje blanco con camisa del mismo color.

Mientras mi joven amigo pagaba la cuenta y me indicaba la ruta a seguir, pensé que encontrar refugio en lo imposible de saber es una ardua tarea en estos días. Por querer ser y saber igual que el famoso detective terminamos siendo como William Lee, un hombre atormentado por el fantasma de la soledad quien sin embargo tuvo el valor de enamorarse. Se trata de una aspiración narcisista —una exacerbación fálica— que se revela en los más mínimos detalles cotidianos. En mi caso pretendí comer la dilecta “salsa macha” (¡precisamente!) que Agustín —conocedor de los condimentos aztecas—prueba con suma prudencia y terminé con un incendio en la boca.

Este docente e investigador dicta cursos sobre filosofía antigua. Su molestia hacía referencia a la moda de llamar filósofos a tipos que pretenden someter la vida a los caprichos de una IA manipulada por unos cuantos milmillonarios. Decía: los peripatéticos como Aristóteles pensaban caminando, el Cuerpo en movimiento. Ahora quieren encerrarte frente a la pantalla de un celu. No me preocupa la herramienta en sí, sino lo que se pierde: la conversación. La dialéctica socrática, esa forma de pensar que solo existe en el malentendido entre dos personas, en la pregunta que incomoda, en el silencio que precede a una respuesta que nadie tenía preparada. Sócrates no tenía respuestas. Solo preguntas. Sabía no saber. Esa era su única herramienta.

La tarde se estaba poniendo en el CDMX. Mientras apurábamos el paso escuché entusiasmado sus argumentos. Esa forma tan adulta e inteligente de enfrentar su tiempo, atravesado por la lógica paranoica que la IA intensifica. En este país se festeja el Día de los Muertos y pensé que quizás no era casualidad el lugar donde se daba cita este diálogo, testigo de nuestra condición existencial.

El crecimiento de este joven ex alumno insinúa el horizonte de la finitud en quien firma estas líneas. Además del bochorno con la salsa macha, ni hablar de compararme en el uso de la compu, la IA, el celu y cuanto dispositivo digital ande suelto por ahí. Como dicen en la cancha: la veo pasar. Lejos. Y, sin embargo, ese imposible es la condición de la amistad, la filía.

Cruzamos el bosque de Chapultepec charlando sobre detalles del inminente Mundial de Fútbol y ya, llegando a casa, reflexioné: quizás se trata de una muy singular relación con la ignorancia. Una suerte de algoritmo fallado.

Decía Mallarmé que “una tirada de dados jamás abolirá el azar”. En ese espacio entre las posibilidades calculables de la tirada de dados y el azar se encuentra el intervalo de nuestra soberanía, en el cual —lejos de la omnipotencia del James Bond—, habita nuestra vulnerabilidad.

Una persona no sabe que no sabe. La IA puede calcular el desconocimiento; jamás habitarlo. Porque no puede morir.

Como si se tratara de apropiarse de la finitud que solo un cuerpo vivo puede tener. En eso estoy. Y me gusta ignorar qué resultará. Con la salsa macha también, claro. (...)

Hay quienes sostienen que las actuales versiones de la ultraderecha no necesitan escudarse en los buenos propósitos y las promesas de un mundo mejor para llevar adelante su delirante empresa. Nada más alejado de la realidad. Basta tomar nota de que según nuestro presidente en treinta años seremos primera potencia para convenir que el Bien continúa siendo convocado a la hora de justificar injusticias, corrupción y crímenes. En este credo apocalíptico la religión juega un papel nodal. Imposible no relacionar el llanto de Milei en el Muro de los Lamentos con los bombardeos que Donald Trump ordena con su Biblia bajo el brazo.

Pareciera que el vaticinio de Jacques Lacan sobre “El triunfo de la religión” a lo largo y ancho del planeta se está cumpliendo. Una anestesia en las mentes y los corazones hace el resto de la mano de la IA. Las Fuerzas del Cielo son las fuerzas del Celu. ¿De qué manera se está llevando a cabo esta flagrante deshumanización frente a nuestros ojos? ¿Qué extraña alquimia se ha dado cita para nublar la sensibilidad y sembrar una insensata obediencia? Hoy habemos un Dios que lanza palabras, pero no habla. La IA no dialoga.

El lenguaje humano indica que por el mero hecho de hablar hay un otro al cual nos dirigimos, sea de manera presencial o imaginaria. Como cuando rezamos. La IA es muy amable, pero indiferente ante nuestra subjetividad, si por la misma entendemos el vacío, el No saber que habilita el deseo. Ese por el cual, la flor que vi ayer, no es la misma que me mira hoy. No hay lugar para los afectos en la IA. La angustia está mal vista en el mundo digital, o más bien no se la escucha. Cuando nos damos cuenta

ya es tarde. La IA le habla a Nadie. Puede consolarnos. Aconsejarnos. Reprocharnos quizás. Pero como no es un cuerpo vivo carece del vacío que alberga la singularidad. No entiende el goce de sufrir.

La IA atiende la demanda, obtura. Como por debajo de la piel. Allí donde la ansiedad te suspira en el oído para que calles o congeles la mano frente al monitor. Inhibición es el correlato sintomático de una época en que la cobardía se disfraza de prudencia y la indiferencia de respeto. Las personas yacen en las veredas de nuestras ciudades mientras los cuerpos que aún disponen de un techo se preguntan si la calle será su próximo destino.

¡Mejor miremos el celu!

“Que renuncie quien no pueda unir su horizonte a la subjetividad de su época”, dijo Lacan en el comienzo de su enseñanza. Desde ya la frase no aplica a cuestiones partidarias o proselitistas, sino a tomar por ejemplo “el discurso capitalista” de quien nos enseñara a leer a Freud para describir la subjetividad en la que hoy desarrollamos nuestra práctica. Un estado de cosas signado por la urgencia subjetiva. Esto es: apremios económicos, desempleo, falta de futuro y exclusión ante el mandamiento de triunfar, el individualismo, el empuje a gozar, y otros delirios similares ¿Encuentran las afecciones del analista —a no confundir con la contratransferencia— un espacio donde tramitar los restos que la angustia de los pacientes deposita en el cuerpo del practicante?

Ese No saber que ningún algoritmo puede alcanzar es el hueco constitutivo de la Escuela, el material de la intervención propiamente analítica. Cuidado, el acto analítico no está bien visto en la Iglesia. Que Dios no lo permita.

Cuando las bombas caían sobre Londres y los analistas de la British Psychoanalytical Society permanecían absortos discutiendo sobre neurosis de guerra, Donald Winnicott interrumpió la reunión para “avisar” que estaban sufriendo un ataque. Quizás hoy toda la cuestión consista en indagar qué clase de ataque no queremos ver. Padre nuestro que estás en los Cielos, no nos alejes del Celu. Entre tanto, visitemos a uno de sus sacerdotes. (...)

Los dueños del planeta hoy gozan de su capricho disfrazado de libertad merced a la ausencia de límites. Por eso gustan de enviar artefactos al “espacio”, allí donde todavía la justicia está lejos de poner orden en el cielo que por ahora nos ampara. De la misma forma que medran con la ausencia de leyes en el ciberespacio y, cuando se las intenta implementar, los propios jueces fallan a favor de las corporaciones. Basta recordar el ominoso fallo de la CSJN a favor del gigante Google en un caso que involucró el derecho al olvido. “Mi búsqueda por el derecho al olvido no tiene que ver con olvidar un pasado de vergüenza, sino con la búsqueda de dejar atrás un episodio del que fui víctima siendo menor de edad” dijo Natalia Denegri, absuelta por la justicia en un sonado episodio.

En aquella controversia con Google, dos instancias judiciales dieron la razón a la actual empresaria gastronómica y presentadora de televisión radicada en Miami, pero el gigante informático apeló ante la SCJN y esta falló a favor del mismo. En el conflicto se confrontaban el derecho a la información y el denominado derecho al olvido, cuestión también pendiente de resolución en Europa y otros países de nuestra América Latina.

Desde el punto de vista psicoanalítico la principal función de la memoria es olvidar, a saber. Y es que, por más sorprendente que parezca, sin olvido no hay vida anímica.

Según Freud, el aparato psíquico se funda a partir de poner a un lado una escena primordial, reserva que a su vez da lugar a la fantasía, la imaginación, el deseo y el mundo de ilusiones que, para bien o mal, conforman la realidad de una persona. Es más, sin olvido no hay cuerpo, sin cesión del objeto incestuoso al campo del Otro no hay economía libidinal posible. Para más datos, basta corroborar con la mórbida fragmentación que padece el cuerpo del esquizofrénico. En la misma línea, Borges brinda el mejor contraejemplo en Funes el memorioso: “Funes no sólo recordaba cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado”. Pero advertía: “Sospecho sin embargo que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer, en el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles”. En este punto bien podríamos decir que Google nos impide pensar.

Por eso, lejos de componer un almacén de datos, la memoria es la capacidad de olvidar. Es decir, la posibilidad de dejar atrás situaciones dolorosas que lastiman nuestro más íntimo ser, al tiempo que se privilegian otras más afines a “las exigencias éticas y estéticas de la personalidad”. De hecho, el valor reparatorio que la justicia cumple dentro de una comunidad hablante consiste, entre otras cosas, en la posibilidad de que las víctimas puedan poner cierta distancia (dar vuelta la página) respecto de un hecho vejatorio del cual han sido objeto.

Con justa razón entonces se habla del derecho al olvido, solo que no se trata tanto del olvido del público respecto a determinada situación que involucra a tal o cual persona, sino del derecho que le asiste a ese sujeto de poder dejar atrás determinadas situaciones de su vida. Vivir aplastado por un recuerdo es lo más parecido al infierno. Basta con imaginar una biblioteca virtual que nos informa a cada instante y en todo lugar sobre datos que, sin ser materia de necesidad pública, nos afectan sin embargo en lo personal. Para hacer justicia, que Google no nos impida pensar. Es bueno recordar entonces que el ciberespacio debe respetar el refugio del olvido. Es que nunca se corrió tanto peligro de quedar petrificado en una significación como ahora, en que el mundo digital se asemeja a una memoria absoluta, incapaz de preservar la sensibilidad de un ser humano. Una significación coagulada cuyo mejor testimonio corre por cuenta de la desquicia de la imagen que hoy somete a las personas a mandatos estéticos tan sádicos como desvariados.

Abordemos ahora la nodal cuestión del juego en su relación con el algoritmo. (...)

Hoy la clínica con niños y adolescentes atestigua el flagelo de la adicción a las pantallas. La oportunidad se hace propicia para indagar la medular función del juego en la tramitación de los afectos —la angustia, en primer lugar— y las consecuencias que su degradación acarrea en la actividad digital de las personas.

Tras destacar que no se trata “del lugar que al juego corresponda entre las demás manifestaciones de la cultura, sino en qué grado la cultura misma ofrece un carácter de juego”, Johan Huizinga propone considerar —junto al homo faber— un homo ludens como rasgo distintivo de la esencia humana. A partir de allí, la poesía, la guerra, lo sacro y hasta el saber “portan esta función llena de sentido”. Este lúcido historiador holandés no se priva de citar a Platón para demostrar que la filosofía misma se nutre del carácter agonístico propio de los mitos y diálogos socráticos: “Hay que proceder  seriamente en las cosas serias y no al revés. Dios es, por naturaleza, digno de la más santa seriedad. Pero el hombre ha sido hecho para ser un juguete de Dios, y esto es lo mejor en él. Por esto tiene que vivir la vida de esta manera, jugando los más bellos juegos”.

Pensar es jugar, concluye Huzinga. Y señala que “Este elemento se encuentra ya en el niño de pecho cuando trata de aprehender con sus manitas”, al destacar la tensión propia de la incertidumbre y el azar que todo juego conlleva. De hecho, basta escuchar el laleo de un niño para advertir que en la incorporación misma de la lengua está presente el aspecto lúdico. Como si fuera poco nuestro autor agrega: “Este elemento de tensión presta a la actividad lúdica, que por sí misma está más allá del bien y del mal, cierto contenido ético”. Toda nuestra pregunta es: ¿en qué instancia la actividad lúdica perdió su poder tramitador y creativo como para que hoy, época adictiva si las hay, el juego mismo se haya transformado en un tóxico que atenta contra el lazo social?

En su texto “La desaparición de los rituales”, Byung Chul Han reconoce el mérito de Huizinga por haber señalado el primordial componente lúdico de las acciones humanas en las sociedades arcaicas. Sin embargo, le critica que, al absolutizar el juego, Huizinga no alcanza a discernir el cambio de paradigma producido en Occidente en lo que a la transmisión de saber respecta. De esta manera, tras señalar el desliz del mito a la verdad trazado por el propio Platón (con su consecuente efecto moralizante), Han subraya el giro copernicano impreso por Kant donde el juego pasa a estar sometido a la producción y el trabajo.

Esto es: el juego como mero entretenimiento.

Y agrega: “En el camino desde el mito hasta el dataísmo el pensar ha perdido por completo su elemento lúdico”. 

El filósofo surcoreano advierte que hoy se está suscitando un nuevo cambio de paradigma: el giro dataísta por el cual el sujeto es despojado de su soberanía cognoscente como autor del saber. “Ahora el saber es producido maquinalmente” dice. Para luego precisar: “La presión para producir destruye el espacio para los juegos y las narraciones. El trabajo algorítmico de cálculo no es narrativo, sino puramente aditivo. Por eso se puede acelerar a voluntad. Pensar, por el contrario, no admite ninguna aceleración. Las teorías presentan aún rasgos narrativos. Los algoritmos numeran, pero no narran. El paso del mito al dataísmo es el paso de la narración a la mera enumeración. El dataísmo hace que la producción de saber resulte pornográfica. Pensar es más erótico que calcular”, concluye.

 

☛ Título: Las fuerzas del celu

☛ Autor: Sergio Zabalza

☛ Editorial: Letra Viva

☛ Edición: 2026

☛ Páginas: 160

 

Datos del autor 

Sergio Zabalza es psicoanalista, escritor y profesor universitario. Doctor en Psicología por la Universidad de Buenos Aires, fue integrante del Servicio de Psicopatología del Hospital Álvarez y actualmente es Profesor Titular en la Universidad Nacional del Chaco Austral. 

Dirige cursos de posgrado, tesis de maestría y doctorado; participa como evaluador y jurado académico en distintas universidades del país y ha sido designado Especialista para la evaluación de proyectos UBACyT de la Universidad de Buenos Aires.

Es, además, docente invitado en las Diplomaturas de la Asociación Argentina de Salud Mental.