DOMINGO
Privacidad

La batalla de nuestra época

Durante años imaginamos el fin de la privacidad como una escena de ciencia ficción: un Estado totalitario, cámaras en cada esquina, un poder oscuro que nos espía sin permiso. La realidad fue menos épica y mucho más eficaz. No hubo asalto. Hubo seducción. No entregamos nuestra intimidad de una sola vez: la fuimos cediendo de a poco, gesto por gesto, casi sin darnos cuenta, a cambio de un servicio gratuito, una notificación oportuna y, sobre todo, la pequeña descarga de placer que produce un like.

Esa es la matriz incómoda que recorre El fin de la privacidad ¿para siempre?: la privacidad no desapareció de golpe ni por la fuerza. Se diluyó. Se fue evaporando en una suma de decisiones cotidianas que tomamos casi sin pensar, aceptar términos que nunca leímos, compartir una foto, buscar un síntoma, marcar nuestra ubicación en un mapa. Cada uno de esos gestos, inofensivos por separado, construyó algo enorme: un retrato nuestro más preciso que el que tenemos de nosotros mismos.

A ese retrato lo llamo el yo digital. No es un avatar ni un perfil de red social. Es la versión de nosotros que las plataformas reconstruyen a partir de nuestras huellas: qué nos enoja, qué nos seduce, a qué hora somos vulnerables, qué vamos a comprar antes de saber que lo necesitamos. Ese “yo digital” se convirtió en la materia prima de una de las industrias más rentables de la historia. Y como toda materia prima, se extrae, se procesa y se vende.

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El recorrido empezó con algo de apariencia inofensiva: la psicometría. Medir la personalidad a partir de datos. El escándalo de Cambridge Analytica fue apenas la punta visible de un iceberg. Mostró que con suficientes “me gusta” se podía inferir orientación política, rasgos psicológicos, miedos. Y que esa información servía no solo para vendernos zapatillas, sino para mover elecciones. Lo que entonces requería equipos enteros de analistas, hoy lo hace la inteligencia artificial en tiempo real, a una escala y una velocidad impensadas hace una década.

Ahí está el salto que lo cambia todo. Pasamos de la seducción del like a la vigilancia del control total. Los sistemas actuales no esperan a que digamos algo: anticipan lo que vamos a sentir. No registran nuestro pasado: modelan nuestro futuro. La frontera entre conocer a alguien y gobernar su conducta se volvió borrosa, y las plataformas la cruzan todos los días, con nuestro consentimiento entusiasta.

Conviene decirlo sin dramatismo, porque el miedo paraliza y no ayuda a pensar. No estamos ante un complot. Estamos ante un modelo de negocio. Las plataformas no son malvadas; son coherentes. Su lógica es capturar atención, y nada captura mejor la atención que conocernos a fondo. El problema no es la tecnología: es la asimetría. Ellos saben casi todo de nosotros; nosotros, casi nada de ellos.

En América Latina esa asimetría se agrava. Marcos regulatorios débiles, conexiones subsidiadas que nos atan a un puñado de aplicaciones, una alfabetización digital despareja. Somos, en buena medida, un laboratorio. Y mientras discutimos otras urgencias legítimas, por cierto, la conversación sobre quién controla nuestros datos queda postergada, como si fuera un lujo de países ricos. No lo es. Es una cuestión de poder. Y en el siglo XXI, el poder se mide en datos.

Por eso desde El fin de la privacidad sostengo que la privacidad dejó de ser un derecho silencioso para convertirse en el principal campo de batalla de nuestra época. No se trata solo de que alguien lea nuestros mensajes. Se trata de que nuestro comportamiento cómo votamos, qué consumimos, en qué creemos pueda ser predicho y, por lo tanto, influido. Cuando una democracia funciona sobre ciudadanos perfilados, la deliberación libre empieza a parecerse a un guion escrito por otros.

¿Estamos condenados? El signo de pregunta del título no es un adorno. La privacidad tal como la conocimos probablemente no vuelva. Pero todavía conservamos algo más valioso: la capacidad de decidir. De elegir qué mostramos y qué callamos. De exigirles reglas claras a las plataformas. De educarnos para leer el mundo hiperconectado con ojos críticos en lugar de scrollear en piloto automático.

El primer paso no es técnico ni legal. Es de conciencia. Entender que cada vez que regalamos un dato a cambio de comodidad hacemos un trueque que casi nunca calculamos. No propongo apagar el teléfono ni volver a las cavernas. Propongo algo más difícil: mirar. Detenerse un segundo antes del próximo like y preguntarse quién, del otro lado, está tomando nota.

Porque la pregunta del título tal vez tenga una respuesta que todavía depende de nosotros. La privacidad no terminó del todo. Pero su destino, por primera vez, se juega a la vista de todos.

*Autor de El fin de la privacidad ¿para siempre?, Tetraedro Ediciones (fragmento).