El esfuerzo de las mujeres por evidenciar las desigualdades que experimentan debido a su condición de género puede remontarse, por lo menos, hasta hace más de dos siglos. Un momento emblemático en este sentido es la Declaración de los Derechos de la Mujer de Olympe de Gouges en 1791, que denunció la exclusión de las mujeres de los atributos y beneficios otorgados al nuevo sujeto político, varón, burgués y republicano.
A lo largo de la historia de la humanidad, las mujeres han abogado por la igualdad de derechos y la eliminación de las desigualdades basadas en la diferencia de género. A pesar de que Simone de Beauvoir, en la década de 1940, planteó en El segundo sexo que estas diferencias eran una construcción social, no fue hasta la introducción de la categoría de género que se afirmó la noción de que estas diferencias eran el producto de prácticas culturales. Este concepto fue desarrollado en la década de 1960 en el campo de la psicología y la sexología para dar cuenta de (patologizar) las personas a las que socialmente se les asignaba un sexo diferente al anatómico. Es decir que básicamente se empleó para ordenar y clasificar a las personas intersexuales o transexuales cuyo sexo biológico era “ambiguo” al momento del nacimiento.
Pero con posterioridad fue empleado por académicas feministas para indicar que las desigualdades no tenían origen en una “condición natural”, asociada a características biológicas, sino que eran el producto del modo en que fueron construidas las relaciones sociales. Básicamente, el resultado de la organización del poder en una sociedad.
De esta forma, se definió al género como el conjunto de creencias, rasgos personales, actitudes, sentimientos, valores, conductas y actividades que diferencian a hombres
y mujeres a través de un proceso de construcción social que tiene varias características. En primer lugar, es un proceso histórico que se desarrolla a diferentes niveles tales como el Estado, el mercado de trabajo, las escuelas, los medios de comunicación, la ley, la familia y a través de las relaciones interpersonales. En segundo lugar, este proceso supone la jerarquización de estos rasgos y actividades de tal modo que a los que se definen como masculinos se les atribuye mayor valor.
En este contexto, el concepto de género no solo reveló que estas diferencias eran el producto de procesos de socialización, sino que también señaló que los modelos dicotómicos de “lo femenino” y “lo masculino” encubrían una jerarquización, resultando en la subordinación del primero con respecto al segundo. En efecto, se denunció que la perspectiva del mundo desde el patriarcado presupone que el varón ocupa el centro de todo. Esta perspectiva parte de la premisa de que la visión masculina es la única posible y universal, generalizándose para toda la humanidad. Esto conlleva a la invisibilidad de las mujeres y de cualquier plan de vida que se aparte de los estándares establecidos bajo la mirada masculina.
Vale señalar que cuando en este trabajo se alude al término “varón” hago referencia a los cuerpos sexuados “machos” que se identifican como varones cis, principalmente, heterosexuales.
En este sentido, comparto con Muñoz Sánchez que, si bien no existe una relación automática entre masculinidad y el ser varón, puesto que la masculinidad puede ser habitada y vivida por cuerpos y subjetividades que no se identifican como “varones”, lo cierto es que existe en la realidad un funcionamiento de relaciones de género dicotómicas que, lejos de conducir a una lectura esencialista, otorgan sentido a una reflexión en este sentido. Prueba de ello son las estadísticas en materia de violencia, según las cuales la mayoría de sus ejecutores son varones como a los que aquí se hace referencia.
No obstante el significativo avance que supuso el desarrollo de la categoría de género, en la década de 1970 comenzó a criticarse el sesgo universalista con el que se pretendía organizar la sociedad.
Diferentes voces dentro del movimiento feminista —particularmente, del feminismo afronorteamericano— comenzaron a cuestionar el carácter totalizador del concepto y su pretensión de dar cuenta del entramado social y proponer respuestas transformadoras a partir de las distinciones entre los sexos. Embebidas en las ideas posmodernas, muchas feministas criticaron la capacidad del género para dar cuenta de la complejidad y la creciente fragmentación social.
En esta línea, Fraser y Nicholson señalan que:
Una fuente de dificultad en estas teorías sociales feministas tempranas era la suposición previa de un concepto grandioso y totalizador de la teoría. La teoría se comprendía como la búsqueda de un factor clave único que explicara el sexismo en todas las culturas e iluminara toda la vida social. En ese sentido, teorizar era por definición producir una cuasi-metanarración.
Y agregan:
(...) la práctica de la política feminista en la década de 1980 generó un nuevo tipo de presiones que funcionaron contra las metanarraciones. En los últimos años, las mujeres pobres, las de la clase trabajadora, las mujeres de color y las lesbianas han ganado finalmente un público mayor para sus objeciones contra las teorías feministas que no iluminan sus vidas ni se dirigen a sus problemas. Ellas expusieron a las cuasi-metanarraciones anteriores con sus suposiciones de la dependencia femenina universal y su confinamiento a la esfera doméstica, como extrapolaciones falsas a partir de la experiencia de las mujeres blancas, de clase media y heterosexuales que dominaron los comienzos de la segunda ola (...) Por lo tanto, a medida que cambia la comprensión clasista, sexual, racial y étnica del movimiento, cambia también la concepción preferida de la teoría.
Esta corriente de pensamiento, que condujo al surgimiento de la categoría de interseccionalidad, destacó la importancia de no construir la “otredad” únicamente en relación con el sujeto masculino. Por el contrario, señaló la conexión del género con otras categorías, principalmente la raza, lo que llevó a reconocer las diversas realidades dentro del colectivo de mujeres. De hecho, se evidenció que la supuesta universalidad del concepto de “mujer” defendido por la visión totalizadora del género estaba siendo erigida sobre la base del modelo de la mujer blanca, occidental y heterosexual.
Siguiendo a Teresa de Lauretis, Sabsay sostiene que, desde entonces, comenzó a plantearse la necesidad de pensar no ya en el ideal esencialista de “la mujer”, sino más bien en el concepto histórico de “las mujeres”. En esta línea, indicó que Esta reconceptualización de la cristalización subjetiva como un conglomerado de múltiples relaciones de poder, que dará lugar a las teorías de la interseccionalidad y al trinomio tan popular dentro de ciertos circuitos feministas de las décadas de 1980 y 1990 de raza-clase-género, puso en paralelo la discontinuidad histórica y la disonancia de racionalidades que conviven en la dimensión del sujeto, concebido como el efecto de tecnologías sociales diversas y articuladas. A la identidad binaria y monovalente de la modernidad occidental iba a oponérsele un concepto de identidad que involucraba la presencia de posiciones múltiples. Las identidades múltiples serían a partir de allí el concepto con el que se cuestionaría aquel modo de pensar caracterizado por los contrastes de oposición binaria y absoluta.
En definitiva, en aquel contexto se puso sobre la mesa que la “realidad” de las mujeres venía siendo denunciada por las mujeres blancas, heterosexuales y de clase media. Pero se trataba de una realidad “parcial”, que no podía ser generalizada a otras mujeres: afrodescendientes, lesbianas, pobres. El discurso de género debía nutrirse del aporte de otras voces, hasta ahora acalladas incluso hacia el interior de los propios movimientos de mujeres. (...)
Con el género solo no alcanza: la necesidad de no “guetificar” las violencias.Hasta aquí señalé que el género, como categoría de análisis, pone en evidencia las desigualdades y la jerarquización existente entre los modelos de lo masculino y lo femenino y, en virtud de ello, cómo se construyen las relaciones de poder entre las/os sujetos. Es decir, cómo socialmente resultan más valorados determinados modelos y, en consecuencia, cómo estos prevalecen y se sojuzga y subordina a quienes no encajan dentro de sus límites.
En otras palabras, dicha categoría nos permite advertir que estas construcciones sociales generan, refuerzan, legitiman y promueven el ejercicio de violencias y discriminación.
Ahora bien, como también expuse, el género no es el único factor que caracteriza las relaciones de poder en una sociedad.
Estas se construyen sobre la base de otros factores que condicionan la vida de las personas. En consecuencia, aun cuando el género constituye un elemento central a la hora de desarticular los finos hilos a través de los cuales se ejecutan los actos de violencias y discriminación, no debe observárselo aislado del contexto en que estos tienen lugar. El género, en definitiva, integra las prácticas sociales.
Asimismo, aun cuando el género pudiera resultar una condición inherente al desarrollo de los procesos históricos, no puede dejar de observarse su pertenencia a un determinado contexto histórico-social. Esto es lo que Segato denomina como “no guetificar” la cuestión de género. En palabras de la autora:
Esto quiere decir, no considerarla nunca fuera del contexto más amplio, no verla exclusivamente como una cuestión de la relación entre hombres y mujeres, sino como el modo en que esas relaciones se producen en el contexto de sus circunstancias históricas.
No guetificar la violencia de género también quiere decir que su carácter enigmático se esfuma y la violencia deja de ser un misterio cuando ella se ilumina desde la actualidad del mundo en que vivimos. (...)
La intersección entre violencias y modelos de masculinidad: la violencia masculinizante. Como señalé, los estudios sobre las masculinidades advirtieron que la construcción de las subjetividades masculinas tiene lugar en el marco de un sistema de relaciones de género y que, en ese sentido, no es posible hablar de la existencia de un único modelo de “ser varón”. La masculinidad es otra forma de género y, por tanto, tiene carácter relacional.
Hay diversas formas de ser varones y estos modelos deben ser estudiados históricamente, analizando cómo se configuran las relaciones de poder que subordinan a aquellos que no se ajustan a las pautas hegemónicas del contexto específico. Pero, aunque no sea posible hablar de un único modelo de masculinidad, es innegable que existe una estrecha conexión entre la identidad masculina y las violencias, especialmente en relación con los modelos de masculinidad que expresan estas pautas hegemónicas, que caracterizan la existencia de determinados privilegios en virtud de los cuales se generan y refuerzan las desigualdades sociales y se habilita el ejercicio de violencias. Como ejemplo de ello, pueden señalarse algunos modelos de masculinidad que tienen lugar en contextos de la cultura gay. (...)
La oleada feminista, sus demandas y el malestar de los varones. Una de las más exitosas producciones de Hollywood de los últimos años les dio letra a muchos varones para sostener su crítica antifeminista. Me estoy refiriendo a la película Barbie, cuyo estreno en 2023 lideró las taquillas de ventas a nivel mundial.
La historia basada en la muñeca de Mattel tuvo por objetivo revertir la imagen hegemónica de la protagonista, pero en ese intento sirvió de base para sostener argumentos resistentes a la oleada feminista. Al inicio del film se presenta el “mundo Barbie”, en el que las mujeres ocupan todos los espacios de poder y son quienes definen las normas sociales. Aunque luego se contrapone la situación de este mundo ficticio con el “mundo real”, donde imperan las normas del patriarcado, lo cierto es que el libreto da letra para quienes, con una intención política clara, afirman que el feminismo busca someter a los varones y crear un mundo donde las mujeres conduzcan los destinos colectivos.
Sin embargo, no hay que ser muy avezado en el tema para comprender que esas no son las pretensiones feministas. Aunque desde diferentes espacios de poder (en particular, en la esfera comunicacional) se busque trazar una línea común entre feminismo y machismo, como si se tratara de los polos opuestos de un mismo continuo, lo cierto es que el feminismo no busca subordinar a nadie. Su objetivo más importante es la igualdad. El modelo ideal de una sociedad feminista no es aquel en el que las mujeres dicten e impongan la norma, sino uno en el que todas las personas puedan vivir conforme a su propio plan de vida, sin padecer violencias y discriminación debido a su género, orientación sexual, identidad de género, su expresión e incluso cualquier otra categoría. Es, sin duda alguna, uno de los proyectos políticos más subversivos y revolucionarios de los últimos tiempos. Razón por la cual hoy se ha convertido en uno de los principales blancos de aquellos actores que, a nivel global, plantean un retroceso en relación con los derechos conquistados en las últimas décadas.
Ahora bien, si las personas que sostienen estos ideales feministas no buscan convertirse en Barbies todopoderosas, ¿cuáles son los cambios que pretenden alcanzar en relación con la sociedad en la que vivimos?
En estos últimos años, los señalamientos realizados en el campo teórico en torno a las desigualdades de género se han convertido en acciones concretas que han puesto en tela de juicio las pautas hegemónicas de la masculinidad. Con ello no se pretende ocultar las transformaciones que los movimientos de mujeres y de las diversidades y disidencias sexuales han alcanzado a lo largo de la historia. Pero no puede desconocerse que las críticas y, por consecuencia, la subversión de las prácticas, son cada vez más profundas y apuntan directamente sobre la raíz de la cuestión.
La ruta trazada es hacia la igualdad. Eso conlleva romper roles y estereotipos de género profundamente arraigados en nuestras sociedades. Uno de estos, y de los más importantes, es el que relega a las mujeres al ámbito de lo privado. En efecto, se ha
considerado que estas poseen mayores habilidades para el desarrollo de las tareas domésticas y de cuidado, mientras que los varones somos quienes merecemos ocupar los espacios de decisión en la vida pública. Esta división, que según la teoría reconoce su origen en el pensamiento liberal clásico, se asocia a características naturales. Las mujeres, por el mero hecho de serlo, son más sensibles, emocionales, cuidadosas, componedoras. En cambio, se supone que la naturaleza dotó a los varones de cualidades vinculadas con la racionalidad, imparcialidad, asertividad, entre muchas otras. Todas características mayormente valoradas (y requeridas) cuando se trata de ocupar roles de relevancia social.
Por eso los cargos más altos en las empresas, los gobiernos y los espacios de dirección de cualquier índole están mayoritariamente en manos de varones.
Esta división de las esferas pública y privada trajo consigo la configuración de diversas subjetividades de acuerdo con el género. En efecto, “se conformaron identidades masculinas y femeninas con una modalidad excluyente, basadas en construcciones sociales complementarias de lo masculino y lo femenino que preexisten al sujeto”. Esto implica que, cuando un sujeto nace, se inserta en un mundo social que, conforme su genitalidad, lo condiciona en cuanto a sus roles, funciones y expectativas. Nacer con pene es, en este tiempo, un enorme privilegio, pues los varones cis somos socialmente más valorados que otras corporalidades.
Voy a recurrir a un caso típico que se nos presenta a quienes transitamos alguna vez por alguna facultad de derecho para ejemplificar esta cuestión. Desde jóvenes se nos enseña cuáles deben ser las características de lo que se denomina como un “buen juez” (aquí el género del lenguaje no es inocente). Alguien que pretenda ocupar esa importante función social debe cumplir algunos requisitos, además de los que establecen los procedimientos administrativos y políticos para su designación formal. Un buen juez debe ser una persona imparcial, que no se someta a los intereses de ninguna de las partes, sino que resuelva conforme a lo que dice la ley. Debe ser racional, capaz de comprender el contenido de la ley y debe ser asertivo en su decisión. En definitiva, un buen juez debe tener todas las características de lo que socialmente asociamos con los modelos de masculinidad. En consecuencia, ¿quiénes se imaginan ustedes que estarán en mejores condiciones de ocupar esa función? La respuesta es extremadamente categórica: los varones. A eso hay que sumar que las mujeres tienen menos posibilidades para formarse y capacitarse (realizar cursos de posgrado, estudios complementarios, etc.) para ubicarse en los mejores escaños a la hora de concursar por estos puestos, pues son quienes deben encargarse del cuidado de sus hijas/os (llevarlas/os al colegio, atenderlas/os cuando están enfermas/os, entre muchas otras tareas) y, en consecuencia, tienen menos tiempo disponible para las actividades académicas. Por lo tanto, las mujeres no son menos inteligentes, sino que tienen menos oportunidades.
Pero la verdad es que esa división de roles y funciones no obedece a pautas naturales. Son el resultado del modo en que se han construido a lo largo de la historia las relaciones entre los géneros. Y esto es precisamente lo que buscan visibilizar y subvertir las demandas feministas. Las mismas oportunidades para poder desempeñar las funciones sociales que cada persona defina conforme a sus intereses. Más mujeres empresarias, más mujeres políticas, más mujeres en posiciones de poder social.
Sin embargo, no se trata solo de ocupar espacios, sino también de conquistar derechos para poder decidir sobre su propio plan de vida y despojar sus cuerpos y narrativas personales de los mecanismos formales e informales de disciplinamiento social. Un caso paradigmático ha sido la lucha por la despenalización del aborto y el reconocimiento de los derechos sexuales y reproductivos. Pero no tenemos que recurrir a este tema para poder dar cuenta de las limitaciones que se pretenden desterrar. En el ámbito del día a día de la práctica judicial encontramos, por ejemplo, la persistencia de diversos estereotipos que pesan sobre las mujeres y limitan su acceso a la justicia.
Diferentes investigaciones se han propuesto analizar la conducta de las/os agentes del sistema penal ante las denuncias de violencias realizadas por mujeres víctimas. A partir de ellas, se han elaborado clasificaciones que representan las categorías en que, sobre la base de prejuicios y valores existentes entre las/os agentes, se ubica a las mujeres. De propuestas como las de Larrauri y Asensio—esta última retoma la clasificación de la primera—se sigue que es posible distinguir las categorías de “mujer honesta”, “mujer mendaz”, “mujer instrumental”, “mujer corresponsable” y “mujer fabuladora”. (...)
En este contexto global, Argentina se convirtió en uno de los países pioneros de estas proclamas feministas y de las diversidades y disidencias sexuales. Desde comienzo de siglo, con la sanción de leyes icónicas como la de Matrimonio Igualitario (ley Nº 26.618)29 y de Identidad de Género (ley Nº 26.743)30, el movimiento Ni Una Menos y la oleada verde que motivó la despenalización del aborto, nuestro país es reconocido a nivel mundial como un escenario en el que calaron hondo las demandas transformadoras que buscan poner en jaque la masculinidad como dispositivo de poder.
Pero ¿cuál es el impacto que estas transformaciones tienen en la vida de los varones? No solo se trata de que puedan aceptar y reconocer que las mujeres y otras personas subalternizadas ocupen nuevos roles y funciones sociales, o bien poder desterrar prácticas violentas y/o discriminatorias. En tanto suponen un cuestionamiento letal para la masculinidad como dispositivo de poder, las demandas feministas implican la configuración de nuevas pautas en la construcción de los modelos sociales de masculinidad. Es decir que conducen a la configuración de nuevas formas de ser varones. Aceptar los cambios implica que hay un punto crítico central: la forma en que aprendemos a ser varones.
☛ Título: La rebelión de los mandriles
☛ Autor: Nicolás Papalía
☛ Editorial: Galerna
☛ Primera Edición: 2025
☛ Páginas: 192
Datos del autor
Nicolás J. Papalía nació en Los Toldos, provincia de Buenos Aires, el 27 de septiembre de 1984.
Es doctor (magna cum laude) en Derecho y magíster (cum laude) en Derecho Constitucional y Derechos Humanos por la Universidad de Palermo. Es también abogado, egresado con Diploma de Honor, por la Universidad de Buenos Aires y licenciado en Psicología, por la Universidad de Palermo. Posee un diplomado en Estudios Avanzados de Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario por la American University (Washington College of Law). Se desempeña como docente de nivel superior en diversas instituciones académicas.