Inteligencia artificial generativa

Producir respuestas

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

El aula parece la misma, pero algo cambió para siempre. Las paredes siguen cubiertas de afiches, los bancos se ordenan en filas o grupos y el murmullo de los estudiantes sigue marcando el ritmo del día. Sin embargo, entre los cuadernos y los lápices, asoma un nuevo protagonista: un chatbot que responde preguntas, corrige redacciones, inventa historias, calcula, escribe código de programación, traduce, y, a veces, también se equivoca.

La escena, que antes podría parecer futurista, ya acontece en las escuelas. La inteligencia artificial generativa (IAG) se vuelve parte del paisaje escolar sin pedir permiso, infiltrándose en las prácticas cotidianas sin darnos tiempo de planificar esa integración. Definida como un conjunto de sistemas algorítmicos capaces de generar textos, imágenes, sonidos o códigos a partir de patrones aprendidos en grandes volúmenes de datos, se diferencia de tecnologías anteriores que, principalmente, almacenaban, organizaban o facilitaban el acceso a la información. Por el contrario, estos sistemas generan respuestas y articulan explicaciones. Esto no significa que “piensen” como los seres humanos, sino que participan activamente en la producción simbólica, un territorio que durante siglos la escuela consideró exclusivamente humano.

Con la irrupción de la IAG, estamos inmersos en una cultura que produce más datos de los que podemos comprender, donde el saber se actualiza en tiempo real y donde las máquinas no solo ejecutan tareas, sino que generan lenguaje, imágenes, sonidos e ideas. Es decir, este cambio constituye una transformación epistemológica y cultural que plantea nuevos interrogantes para la educación. (…)

El conocimiento hace tiempo que dejó de circular únicamente de manera vertical (desde el docente hacia el estudiante); ahora, se distribuye en red, se actualiza constantemente y se genera también a partir de interacciones con sistemas no humanos. 

Internet, como promesa de acceso universal al conocimiento, se transformó en una red de inteligencias (naturales y artificiales) que aprenden, predicen y generan. Según un informe reciente de Imperva (2025), por primera vez en la historia el tráfico generado por bots supera al de los usuarios humanos en Internet, lo que refuerza la idea de que el ecosistema digital actual está compuesto por múltiples formas de “inteligencias” interactuando en red. 

Frente a una cultura que acelera y predice, el principal desafío de las instituciones educativas en la actualidad consiste en recuperar el tiempo para comprender. La escuela es hoy el espacio para la pausa, la espera y la pregunta; un ¿oasis? de profundidad frente al flujo abrumador de información, un espacio de empatía frente a la automatización, y una fortaleza para el pensamiento crítico frente a la saturación. Allí donde la información se multiplica, la escuela propone sentidos y horizontes. Un espacio que enseña a aprender y a imaginar futuros posibles. (…)

El final del siglo XX y el siglo XXI trajeron consigo una mutación profunda del ecosistema del conocimiento. La abundancia de información, la hiperconectividad (es decir, la posibilidad de estar permanentemente conectados e interactuar en tiempo real mediante el uso de diversos dispositivos) y la aceleración de los flujos comunicativos modificaron nuestra manera de aprender y de relacionarnos con el saber. Aquello que durante siglos fue escaso —el acceso a la información— hoy ha dejado de serlo, y el desafío ya no consiste en encontrar información, sino en interpretarla, seleccionarla y otorgarle sentido. (…)

En este contexto, la IAG representa un salto cualitativo. Mientras que las tecnologías previas operan sobre datos o se limitan a organizarlos, la IAG los reinterpreta y genera nuevos. A diferencia de un buscador como Google —que rastrea e indexa información existente en Internet—, una IAG como ChatGPT no busca, sino que produce respuestas nuevas a partir de patrones aprendidos. En síntesis, Google muestra dónde está la información; ChatGPT crea una posible respuesta. 

De todas formas, cabe mencionar que estas marcadas diferencias comenzaron a desdibujarse en 2025, cuando Google integró el Modo IA en su motor de búsqueda. De este modo, la plataforma empezó a combinar ambas lógicas: la búsqueda de información y la generación de respuestas.

Entonces, la IAG no solo procesa información, sino que genera lenguaje, imágenes, sonidos y narrativas. Este desplazamiento tiene consecuencias profundas, ya que por primera vez en la historia humana los artefactos participan activamente en la producción simbólica, un terreno que creíamos exclusivamente humano. Como advierte Harari en Nexus, estamos ante un punto de inflexión en el que la inteligencia artificial ya no solo ejecuta tareas, sino que comienza a producir símbolos y relatos, interviniendo en el dominio de la imaginación y la cultura. Aunque carece de conciencia o experiencia subjetiva, su capacidad para generar sentido en apariencia redefine la frontera entre lo humano y lo técnico.

*/**Autores de Lo que la IA no puede enseñar. Editorial La Crujía (Fragmento).