Progresos
La humanidad atraviesa la época de mayor prosperidad material de su historia, aunque esa prosperidad esté lejos de distribuirse de manera equitativa. Nunca hubo tantos avances médicos, tanta tecnología disponible ni semejante volumen de información al alcance de las manos. Vivimos más años que las generaciones anteriores, con tasas de mortalidad infantil considerablemente más bajas, con tratamientos médicos cada vez más eficaces, con mayores oportunidades de acceso a la educación y rodeados de comodidades que habrían resultado impensables para quienes habitaron el mundo apenas unas décadas atrás. En términos generales, muchas de las amenazas que durante siglos definieron la fragilidad de la existencia humana hoy se encuentran relativamente controladas o, al menos, mitigadas. Sin embargo, algo no termina de encajar.
En medio de este progreso sin precedentes, nuestras sociedades registran niveles crecientes de ansiedad, estrés y soledad. Muchas personas se sienten desbordadas, irritables o insatisfechas aun cuando, desde un punto de vista objetivo, muchos disponen de más recursos y oportunidades que cualquier generación anterior. Tenemos más opciones que nunca, pero menos calma; más recursos, pero menos sentido. De alguna manera, en un mundo más próspero, muchas personas se sienten peor.
Esta es, quizá, la gran paradoja de nuestro tiempo: una paradoja silenciosa, persistente y transversal que impacta en edades, culturas y colectivos diversos. El progreso objetivo no se tradujo automáticamente en bienestar subjetivo. En no pocos casos, ocurrió, incluso, lo contrario: cuanto más avanzamos como sociedad en términos materiales, más frágiles parecemos sentirnos como personas.
Pero esa paradoja no se distribuye de manera pareja. Aunque la humanidad en su conjunto haya alcanzado niveles inéditos de prosperidad, millones de personas siguen viviendo sin acceso a condiciones materiales básicas para una vida digna: agua potable, cloacas, alimentación adecuada, vivienda segura, trabajo, educación de calidad o atención de salud. Para ellas, la vulnerabilidad no es solo una experiencia emocional o existencial, sino también una condición concreta, material y estructural.
Y, sin embargo, incluso en esos contextos de privación, la tecnología y las redes sociales exponen de manera permanente estilos de vida opulentos, consumos inalcanzables y promesas de bienestar que intensifican la percepción de exclusión. La herida no es solo la carencia: es también la obscenidad y la ostentación ajena.
La pregunta que surge a partir de todo esto parecería inevitable: ¿por qué?
La respuesta no se encuentra únicamente en aquello que tenemos, sino también y sobre todo en la forma en que lo percibimos, lo procesamos y lo experimentamos. La tecnología elevó de manera extraordinaria nuestro estándar de vida, pero también transformó profundamente los mecanismos a través de los cuales nos comparamos con los demás. Las redes sociales, por ejemplo, no inventaron la envidia ni el cotejo social; lo que hicieron fue organizarlas, amplificarlas y convertirlas en un modelo persistente. Hoy la comparación permanente entre unos y otros constituye, literalmente, una industria. Pasamos horas mirando versiones curadas de la vida de los otros, midiendo la nuestra contra una élite digital exagerada por algo ritmos que prosperan alimentando la insatisfacción. Allí donde antes la comparación se limitaba al entorno cercano, ahora se extiende a una vitrina global de vidas idealizadas.
Hace más de setecientos años, Dante Alighieri describía a los envidiosos en el Purgatorio como almas condenadas a caminar con los ojos cosidos, incapaces de ver las bendiciones que tenían frente a sí. En nuestra época, el castigo parece haberse invertido: nuestros ojos permanecen bien abiertos de manera permanente, expuestos sin descanso a imágenes ajenas que, paradójicamente, nos hacen sentir lo poco que somos.
Pero esta paradoja no es únicamente cultural o tecnológica. En un sentido más profundo, es también orgánica. Nuestro cerebro no está diseñado para habitar un mundo de hiperestimulación permanente. Es un órgano extraordinario, pero también profundamente económico: para sobrevivir utiliza atajos mentales heurísticos que simplifican la realidad, ahorran energía y nos permiten tomar decisiones rápidas. Estos mecanismos fueron cruciales para nuestra evolución. Sin ellos, la vida cotidiana sería inabordable.
El problema es que los mismos procesos que facilitan nuestra supervivencia también pueden inducirnos a errores una y otra vez. (…)
Es así como pensamos nuestras decisiones, nuestros proyectos y nuestra vida cotidiana. Y así, muchas veces, repetimos conductas que chocan una y otra vez contra el deseo genuino (y la convicción) de sentirnos mejor. En contextos muy distintos, personas profundamente diferentes entre sí repiten patrones similares: subestiman los riesgos, sobrestiman su capacidad de control y confían en que esta vez sí será distinto. No se trata de una falla moral ni de una debilidad individual: es, en gran medida, una característica estructural de la mente humana.
*/**Autores de Vulnerables, editorial Planeta (Fragmento).