Acto de escribir

Pulsión eléctrica

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

Escribir en público es un acto de intimidad abierta. Por un lado, nada más íntimo que el encierro que produce la imaginación, aquel momento en donde uno se mira a sí mismo y retiene en ese acontecimiento el más profundo de los secretos. Por el otro, esa intimidad se exterioriza al escribir frente a otros, testigos de cada palabra tipeada, leída en el preciso instante en que nace el texto. Muchos dirán que puede haber algo casi pornográfico en esa exposición: un regodeo simultáneo y compartido por el que escribe y el que lee, o bien una exhibición de quien escribe, tal vez obscena, cuya etimología latina (obscaenus) proviene de la palabra ritual, un rito sacrificial que no puede ser visto, lo siniestro fuera de escena.

Pero, ¿quién habla en la escritura? Escribir es un acto que, lejos de clausurarse en lo privado y en lo íntimo, espacio predilecto de su despliegue —uno se sienta a escribir porque previamente fue atravesado por algún sentimiento: porque ama mucho algo, una o varias cosas, algo físico o una idea: un libro, una lectura, una nota en el diario, un mensaje de texto que no esperaba, uno que sí, una buena o mala noticia de alguien cercano, un beso, una cachetada, un aroma, un paisaje, un viaje próximo, una vuelta, un nacimiento, una muerte, la mudanza, la última, la que sigue...—, se funda en lo público. Aun cuando escribimos solos, y nos entendemos solos, esa escritura está atravesada por el lenguaje y todo aquello que el lenguaje capta de los otros. El texto deja de ser un refugio para convertirse en un campo de batalla donde no habla el sujeto biográfico, sino todo aquello que lo habita, en tanto sujeto social.

El Jam de escritura, en donde un escritor, en el centro del escenario, se sienta frente a una computadora conectada a una pantalla de cine e improvisa un texto en vivo, frente a un público convertido en lector instantáneo de la obra mientras suena música de fondo, pone a un escritor en juego. Lo expone frente a un público y es en ese momento de escribir —el espacio donde se democratizan saberes, discursos y perspectivas, y se libera el significante que trama el autor, el ideólogo de este lío— cuando aquellos sentimientos disparadores transmutan en una voz compartida; una forma de exilio donde el lector puede habitar el texto, transformando la soledad del escritor en un terreno fértil donde la experiencia humana, antes solitaria, se convierte en un rumor colectivo que desafía el silencio y convoca, inevitablemente, a un nosotros. Hay ahí un horizonte emancipatorio, como diría Rancière, donde el público se configura en ese reflejo disímil e indeterminado, que nos lleva a la pregunta por el qué dirán de eso que escribimos. Es una premisa fundante en el hecho mismo de tipear una historia, contarla a través de un texto escrito, como antes alrededor del fuego, las llamas hipnóticas, en el canto tribal de un brujo o chamán, en la voz de los bardos celtas, de los aedos —quién era Homero sino un aedo errante— en las ágoras griegas y foros romanos, los juglares en las plazas del Medioevo. “Aquí me pongo a cantar. Al compás de la vigüela”, dijo el Fierro, y allí nació el poema nacional. 

El Jam transmuta la confesión en testimonio y el murmullo interno en un acontecimiento social.

Al escribir en vivo, el acto íntimo se convierte en lo que buscan todos los escritores —o ciertos escritores—: folk lore, saber popular, ese ida y vuelta entre la literatura y el pueblo del que surge y al que refiere y que busca en lo literario alguna clave para descifrarse a sí mismo. 

La improvisación nace del conocimiento, pero con el conocimiento no alcanza. Es necesario tener el oficio de escritor metido en la cabeza, en las manos, y ser consciente de que escribir no deja de ser una disciplina —o una herramienta— que se educa, así como un artesano o un ebanista ejercita con su materia prima. Aunque ni siquiera eso es suficiente, hay algo más que no se aprende en ninguna universidad ni taller literario y que no me animaría a explicar, porque ese aura, el aquí y el ahora —eso que dice Benjamin que se perdió con la reproductibilidad técnica— es lo que nunca sobra y hace de un texto una gema maravillosa. Esa pulsión eléctrica es indescifrable, instintiva, orgásmica.

…En época de redes sociales, IA y bots que pueden escribir por nosotros, se podría decir que, mientras que en aquel momento la escritura en vivo era lo más interesante del evento, hoy tal vez el Jam se destaca por otras cosas; por ejemplo, el hecho de convertirse en la comprobación empírica de que un autor es capaz de escribir sin utilizar ghostwriters o IA.

El mercado literario considera una obra publicable a textos hipercorregidos, hipereditados, que pasaron por cientos de lecturas antes de que se imprima un libro. El producto que llega a nuestra lectura es, en parte, obra del tiempo que cada autor le quiere poner a su texto. 

*Autor de Folk lore, editorial La Crujía (Fragmento).