Relatos de valijas
Antes de la medianoche, sin embargo, ambos nos despertamos con una fuerte e inexplicable sensación de alarma. Uno de nosotros prendió una linterna, pero en torno a nosotros no había nada que diera lugar a temor alguno. Pero el silencio fuera de la carpa era ominoso y, cuando nos asomamos fuera de ella, el cielo estaba nublado y oscuro y se respiraba, al pie de los árboles y entre los troncos, una atmósfera fétida y maloliente. Nuestra inquietud y nuestra alarma se acrecentaron. Tétricas sombras misteriosas parecían moverse entre los árboles; algunas ramas parecían garfios que inspiraban pavor con su movimiento y desde el arroyo nos llegaba una especie de susurro siniestro, diferente del alegre correr del agua entre las piedras. Todo parecía suspendido en un aire tenebroso, pero, a la vez, “algo” palpitaba en la oscuridad y parecía observarnos con algún propósito maligno. Y ese “algo” parecía agigantarse minuto a minuto, contaminando con su presencia todo el lugar.
Ambos éramos avezados campistas y habíamos acampado en diversos lugares del país, solos y en grupo, pero nunca habíamos sentido esa sensación de mal presagio y esa premonición lúgubre mezclada con una sensación perturbadora - al punto de ser terrorífica - en nuestros corazones.
Sin cruzar palabra, nos miramos y comenzamos a levantar campamento. Desarmamos la carpa en un santiamén, armamos rápidamente nuestras mochilas y empezamos a marchar hacia el terraplén para cruzar el puente azuzados por un creciente pavor que nos empujaba a huir del lugar. La noche era oscura, pero logramos cruzar el puente, a la carrera y sin mayores dificultades, siempre perseguidos por la sensación de que alguna etérea entidad malévola y siniestra nos seguía.
Una vez que cruzamos el puente del ferrocarril y comenzamos a caminar hacia la estación, la sensación de amenaza inminente se fue atenuando y cuando nos instalamos en los bancos de la estación para dormitar hasta que llegara y parara algún tren, ya casi había desaparecido. Y recién cuando un largo rato después llegó el tren y paró en la estación, subimos a trompicones y empezamos a hablar entre nosotros sobre lo que había pasado. Los dos habíamos sentido lo mismo y ambos nos sentimos presionados por alguna fuerza tenebrosa pero impalpable para abandonar el lugar antes de la medianoche. No encontrábamos ninguna explicación racional para el miedo que habíamos sentido y para la fuga del lugar en medio de la noche. Pero los dos habíamos sentido una presencia terrorífica que nos amenazaba y nos empujaba a alejarnos del lugar.
Nunca volvimos a hablar del tema con Alex, pero unos meses después al relatar esta inexplicable historia a unos colegas del Museo de Ciencias Naturales, uno de ellos identificó el lugar y me dijo que una leyenda contaba que allí se había perpetrado, en tiempos de las luchas por la independencia, una masacre de un grupo de indios cuyos cadáveres, insepultos, quedaron descomponiéndose a la intemperie. Y que desde entonces se repetían las historias de aparecidos, entes fantasmagóricos y luces malas en el lugar. Razón por la cual pocos se atrevían a habitar en sus cercanías.
Al escuchar esta historia, por un momento me sentí aliviado: no nos habían tocado aparecidos o fantasmas ni luces malas en nuestra experiencia. Sólo un “algo” que nos inspiró un miedo cerval y que nos obligó a huir despavoridamente. Y para siempre - ya que nunca volvimos a ese lugar, ni siquiera para hacer un picnic con alguna de las mentadas primas o con sus amigas. Tal vez para bien, porque ambos ya estábamos convencidos que -por lo menos para ese tipo de actividades - siempre eran más cómodos los hoteles alojamiento.
La playmate que era arquitecta
(…) Al poco tiempo de conocernos, una noche que navegábamos a la deriva y sin Raúl por los bares de Sabana Grande llegamos al “Mambo Café”, muy de moda en Caracas en aquella época. Decidimos entrar por un trago para hacer tiempo antes de ir a bailar salsa a un lugar cercano y también muy afamado “El maní es así”, que presentaba unos grupos musicales fuera de serie.
El “Mambo Café” estaba atiborrado y no había mesas disponibles, de modo que nos acomodamos en la barra. En el fondo del local había una mesa particularmente bulliciosa de gente algo mayor. Vi que Liliana cruzaba miradas con un cincuentón buen mozo de esa mesa y que, claramente, eran miradas de complicidad. Nosotros no estábamos en pareja y sólo éramos amigos que apenas se conocían, de manera que ella estaba en libertad de hacer lo que más le cupiera. Y así lo hizo. Se disculpó por un momento conmigo y se acercó a saludar al cincuentón con un abrazo, ignorando al resto de la gente en torno a la mesa. Pero entre esa gente estaba la esposa del cincuentón – una rubia teñida, pero de buen ver en sus cuarenta y tantos – que se levantó de un salto, separó a Liliana de su esposo de un empujón y, enojadísima, la increpó a los gritos – “¡Puta arrabalera! ¡Te estás garchando a mi marido y encima tenés el descaro de acercarte a saludarlo en público cuando está conmigo!”.
Era evidente que era una pareja de argentinos – por el aspecto, diría que de algunos de los psicoanalistas que pululaban en abundancia en Caracas en esos años de éxodos y exilios. Yo apenas conocía a Liliana y no sabía nada de sus historias sentimentales por lo que quedé bastante sorprendido por la eclosión. Y más aún cuando, frente a la inmovilidad patente de su marido, la mujer abofeteó a Liliana y comenzó a sacudirla de los cabellos. El marido seguía – inerte– la escena sin atreverse a reaccionar o a musitar algo y la pelea iba escalando. En realidad, la que peleaba era la esposa y Liliana solo atinaba a tratar de alejarse de ella. Me acerqué con cautela – no fuera que me pegaran un arañazo o algo peor – y traté de apaciguar a la mujer, pero ella estaba fuera de sí y tuve que sujetarla mientras que le decía a Liliana – “¡Vámonos de aquí!¡Y vámonos ya!”. Logró soltarse, sin ningún daño mayor, de la mujer y encaminarse hacia la puerta mientras que yo trataba de evitar que la esposa – totalmente descontrolada - me pegara una patada en los testículos mientras que cubría su huida. La gente del bar estaba alborotada y divertida presenciando la escena, pero los ignoramos y logramos salir del local, felizmente sin ningún otro agravio que el de nuestro orgullo mancillado por la ignominiosa fuga y, ya en la calle -en realidad era un callejón que, no por casualidad, denominaban el callejón de la puñalada – cargados todavía de adrenalina, nos pusimos a reír los dos como locos. Risa que selló, de allí en adelante, una singular amistad.
No quise indagar en el trasfondo de la historia –por lo visto no tan clandestina como era de esperar - que había provocado esa escena, pero para apaciguar nuestros ánimos (y nuestras carcajadas) nos fuimos a bailar salsa y a partir de esa noche y por varios meses nos hicimos inseparables. Salíamos a comer y a bailar – cada uno con sus propias historias de amor -, nos contábamos nuestros avatares románticos y si no bajábamos a alguna de las playas, generalmente pasábamos los fines de semana en mi departamento escuchando música, leyendo, cocinando o conversando y, si la ocasión y las ganas se prestaban, teniendo sexo de puro aburridos. (…)
Combatiendo el capital
(…) Sin ninguna mala intención se me ocurrió reflexionar en voz alta que –Algunos tienen apuro hasta para morir– , mientras que seguía tallando con mi cuchillo. Juro que no era una amenaza sino meramente una reflexión filosófica sobre el apuro del señor. Pero surtió un efecto inesperado. El señor me miró, entre dubitativo e impactado. Yo seguía tranquilo con mi talla, sin mirarlo siquiera, pero él decidió que tal vez era mejor volver en otro momento. Así se lo anunció al mecánico y arrancó, acelerando, en su auto hasta perderse. Yo seguí con mi talla y recién al rato me di cuenta de que, con el cuchillo de monte en la mano, mi reflexión filosófica podía haber sonado a amenaza, pero imperturbable, me sentí plenamente identificado con Clint Eastwood, protagonista para aquella época de algunos de los mejores “western espagueti”. Solo me faltaba el toscano masticado en un ángulo de mi boca. La mirada dura con los ojos entrecerrados, después de la huida del señor del auto caro, ya había comprobado que la tenía.
Pasamos la noche en Uspallata, durmiendo en el Land Rover, y a la siguiente mañana nos fuimos directamente al paso para cruzar a Chile. Para salir de la Argentina no hubo mayores dificultades y ni siquiera recuerdo si hubo una revisión de documentos detallada y si inspeccionaron lo que llevábamos en el jeep. Y en el puesto de carabineros de Chile todo pareció ir bien hasta que uno de ellos levantó el asiento del conductor y encontró el trabuco, del que nos habíamos olvidado completamente. Con cara adusta y gesto severo nos indicó que nos orilláramos y nos espetó que no se podían entrar armas de fuego a territorio chileno, antes de comenzar un detallado interrogatorio sobre nuestro origen, nuestro destino y los detalles de nuestra trayectoria. Todo con un tono amenazador que asomaba la posibilidad de una condena por tráfico de armas.
Agradecí en mi mente que hubiéramos abandonado el día previo a nuestras camaradas compañeras de ruta. No fuera que además la situación tomase algún ribete político.
Pero el carabinero insistió en que no podíamos entrar en territorio chileno con el pistolón. Decidimos entonces regresar a la Argentina, pero el mismo carabinero nos indicó que no podíamos movernos del lugar con un arma en el vehículo. Es decir, no podíamos entrar a Chile, pero tampoco podíamos regresar a la Argentina. Era una situación kafkiana y el carabinero se mostraba inflexible. Hasta que encontramos la solución mágica – le regalamos el trabuco al carabinero, quien se hizo rogar, pero finalmente aceptó el regalo y nos dejó entrar en Chile.
El incidente –probablemente premeditado– nos aguó un poco el viaje, pero seguimos con el itinerario previsto: cruzamos Santiago, hicimos noche en Viña del Mar y seguimos luego hacia el sur en busca del paso de regreso a Argentina. Y en el camino no se nos cruzó ninguna vizcacha ni ninguna liebre, de manera que no lamentamos tanto la pérdida del trabuco como el abandono de nuestras camaradas compañeras de ruta que, en aras de la revolución, se perdían un emocionante viaje en nuestra compañía. (…)
Fair play
(…) Sin duda el profesor L. era un personaje típico del sistema Oxbridge, con un marcado dejo de excentricidad y con una estrafalaria manera de hablar y reflexionar caracterizadas por una fuerte tendencia al sarcasmo, por una evidente percepción de su propia importancia y por un cierto desdén por los demás mortales. Al presentarnos nuestro común amigo Roberto, apenas si nos estrechamos las manos y luego cada uno de nosotros se volcó hacia sus contertulios en la mesa. L. en plan de reafirmar su propia superioridad y, eventualmente y sin mucho disimulo, su desprecio por los académicos de a pie provenientes de otras universidades. Yo, más bien en un tren modesto porque era consciente de que era un sapo de otro pozo y porque pesaba sobre mí un doble estigma, algo confuso: era un sudamericano que mezclaba una identidad de origen argentina y, a la vez, venía de una universidad venezolana. El hecho de ser argentino me marcaba con la impronta de la reciente guerra de las Malvinas (obviamente sólo mencionadas en ese medio como las Falklands) dónde, insólitamente, nos habíamos atrevido a desafiar al imperio británico. Pero más grave aún era que provenía de una universidad venezolana y estaba pasando mi año sabático como profesor visitante en la joven universidad de Warwick que pese a su orientación innovadora recién había sido fundada veinte años atrás. Mi dimensión venezolana venía asociada, además, a una percepción generalizada de que los venezolanos aprovechaban sus estadías en las universidades británicas para pasarla bien y, provenientes de un rico país petrolero, para adquirir bienes de lujo con los que regresaban a su país. De hecho, circulaba la historia de un colega venezolano que había pasado una temporada en alguna de las universidades de Inglaterra con el único propósito de divertirse y de llevarse a su tierra un auto de lujo, de alta gama, para lucirlo a su regreso. No sé cuanto había de cierto en esa historia o si era puramente una leyenda urbana (o mejor dicho, universitaria) pero ambas afiliaciones, combinadas o por separado, no favorecían, a primera vista, mi reputación.
En todo caso, el almuerzo se desarrolló sin mayores percances probablemente porque además ambos estábamos en los extremos más alejados de la mesa. Y al finalizar el almuerzo, alguien sugirió un paseo hasta unas ruinas romanas que estaban excavando y esculcando algunos arqueólogos cerca de la universidad. No todos los presentes se anotaron en el paseo y sólo quedó un pequeño grupo conformado por el afamado profesor, un colega galés, Roberto y yo.
Llegar caminando hasta el sitio de excavación llevaba aproximadamente una hora a paso tranquilo, pero durante toda la caminata el profesor L. no me dirigió la palabra y solamente habló con los otros dos miembros del grupo, haciendo gala de su abrumadora sabiduría sobre diversos temas. Era extraña y en cierto modo chocante esa actitud, pero no me di por aludido y conversé por mi parte con nuestros acompañantes.
Cuando llegamos a la excavación entablamos conversación con los arqueólogos y nos explicaron que habían encontrado varios artefactos romanos y un gran número de monedas antiguas. Ante esta información el profesor se dirigió, por primera vez, altivamente, a mí para decirme en voz alta delante de los presentes: “bueno, esta es tu oportunidad para llevar algunas monedas antiguas para completar tu colección cuando regreses a Venezuela”.
En general, las respuestas oportunas a este tipo de comentarios despectivos se me ocurren después –a veces unas cuantas horas después– de un incidente de este tipo. Pero esta vez, mi respuesta brotó con fluidez como una pregunta inocente: “¿Por qué? ¿Vos ya completaste la tuya?”, en un inglés impecable que me sorprende hasta hoy en día.
L. quedó atónito, sin atinar una contra respuesta. Pero debo decir a favor del tradicional fair play de los ingleses que me miró con otra actitud. Y a lo largo de todo el camino de regreso y durante los restantes días de la reunión conversó conmigo en abundancia y sin su altivez habitual. Y cuando nos cruzamos más adelante en otras ocasiones y eventos académicos hasta llegó a tolerar – con cierta sorprendente prestancia – que, en vez de llamarlo por su nombre, le dijera Larry, como si fuera un americano del montón.
Una pregunta inocente
(…) Lo cierto que el curso de extensión lo impartía un señor que respondía a todas las características del WASP (White Anglo Saxon Protestant). Efectivamente era blanco, de mediana edad, oriundo de Massachussets, probablemente protestante y lucía acordemente su chaqueta de tweed y su camisa celeste con botones en el cuello, junto con un dejo de superioridad y condescendencia. Nunca supe si era formalmente un profesor de Harvard o si lo contrataban para ese curso, pero la distinción entre ambas posiciones no importaba: era un hombre blanco, anglosajón y protestante que consideraba, como un colega que conocí en la universidad, que la costa Este de los Estados Unidos y, en particular, Massachussets, era uno de los lugares más “civilizados” del mundo. Un lugar privilegiado dónde arribaban “aliens” de otras tierras y latitudes, claramente menos “civilizadas”. Por lo menos a su manera de ver.
Tal vez, con la anglofilia característica de los bostonianos, sólo Inglaterra podía igualarse o superar esta “civilización”. Y, como es obvio, esa superioridad le imponía el mesiánico deber de “civilizar” a los extraños, procediesen de dónde procediesen y, desde luego, transmitirles los excelsos valores puritanos que, para la época, se cristalizaban en la incipiente “political correctness” que comenzaba a asolar los campus universitarios y, en especial, la Universidad de Harvard.
De manera que este señor consideraba su deber transmitir, en sus clases de inglés, la superioridad que le otorgaba al estado de Massachusetts, el reconocimiento como la – cuna de la libertad– de Estados Unidos al aprobarse, en 1780, una Constitución del Estado – una de las primeras escritas en el mundo- que estableció varias libertades y principios fundamentales que se incluyeron en la Constitución de los Estados Unidos. Entre ellas, noblesse oblige, la libertad de culto, el derecho a la propiedad, el principio del debido proceso legal, el juicio por jurado, la libertad de expresión y de prensa y el derecho a la educación. Todos valores liberales sobre el que el señor de marras que ejercía de profesor de inglés no se cansaba de insistir, como así también de subrayar el legado puritano que el estado había recibido de los primeros colonos que arribaron a esa tierra y que inspiraron esas libertades.
Tal vez fue el dejo de superioridad moral que acompañaba a esta actitud del profesor lo que la puso a investigar más a fondo sobre las libertades imperantes en el estado. O puede ser que sólo fuera su actitud condescendiente y el dejo de santurronería hipócrita que transmitía. O una serie de situaciones que nos tocó vivir durante nuestra estadía y que despertaron su curiosidad. Pero ella no se dejó amilanar y hurgó en archivos y viejos periódicos.
Y en una de sus clases, mientras el profesor, por alguna razón pedagógica que no necesariamente tenía que ver con la enseñanza del inglés, peroraba sobre la “cuna de la libertad” y sobre el estado de Massachussets, ella no pudo resistirse y levantó la mano.
El profesor, sin prever lo que se le venía encima, le dio la palabra. Y ella, con el mayor desparpajo, le hizo la pregunta que tenía preparada: “¿Cómo era que, siendo Massachussets la “cuna de la libertad” seguía vigente una ley –aprobada en 1780– por la cual se penalizaba el sexo oral así fuera entre cónyuges?”. Y agregó: “¿Y cómo era que bastaba una denuncia para imponer esa pena?”, insinuando que el puritanismo venía asociado a la buchonería porque era obvio que para hacerla alguien debía haber espiado a la pareja en cuestión – fuera hetero u homosexual - al efectuar ese acto.
El profesor se ruborizó, se atragantó, titubeó y finalmente le preguntó de dónde había sacado ese dato. Ella citó, con el mismo desparpajo, la fuente y el profesor se quedó mudo. Todavía no proliferaba el mundo de las fake news y el dato venía de una fuente irreprochable. Como buena periodista de investigación que era, ella se había asegurado de que así fuera antes de hacer la pregunta.
El “pedagogo” no tuvo más remedio que asentir y reconocer que era cierto. Para agregar que nunca se olvidaría de ella y de su pregunta. Lo cual probablemente también haya sido cierto.
De hecho, la ley en cuestión fue derogada en el estado de Massachussets recién en 2002.
☛ Título: Room Service en la Selva
☛ Autor: Andrés Serbin
☛ Editorial: Dunken
☛ Edición: 2026
☛ Páginas: 158
Datos del autor
Andrés Serbin es antropólogo doctorado en Ciencias Políticas, analista internacional y escritor.
Es activista global por la paz y el diálogo, reconocido durante los últimos años entre los diez especialistas en geopolítica más influyentes de América Latina.
Es autor de ocho libros publicados en español, inglés y ruso, fue distinguido en 2023 como Global South Distinguished Scholar por la International Studies Association. Presidió durante 26 años la CRIES.