La asesina silenciosa en números: por qué las hepatitis víricas matan a más personas que el VIH o la malaria
Este 28 de julio se conmemora el nacimiento del Dr. Baruch Blumberg, descubridor del virus de la Hepatitis B. Pese a que existen vacunas y tratamientos con tasas de curación superiores al 95%, la falta de testeos masivos provoca 1,3 millones de muertes al año en el mundo.
Cada 28 de julio se celebra el Día Mundial contra la Hepatitis, una fecha elegida por la Organización Mundial de la Salud en homenaje al nacimiento del médico e investigador estadounidense Baruch Blumberg, galardonado con el Premio Nobel tras descubrir el virus de la Hepatitis B y desarrollar su primera vacuna.
Sin embargo, a pesar de los extraordinarios avances científicos heredados del trabajo de Blumberg, las estadísticas epidemiológicas más recientes revelan una paradoja alarmante: las hepatitis víricas se han consolidado como la segunda causa infecciosa de muerte a nivel global, superando a enfermedades de enorme impacto mediático como el VIH y la malaria.
De acuerdo con el último Informe Global sobre Hepatitis publicado por la OMS, el número de fallecimientos vinculados a las cepas B y C asciende a 1,3 millones de personas por año. Este incremento en la tasa de mortalidad no responde a una falta de herramientas terapéuticas, sino a un fenómeno que los expertos denominan "la epidemia del subdiagnóstico".
El carácter asintomático de la enfermedad durante sus primeras etapas provoca que millones de personas dañen progresivamente su tejido hepático sin manifestar señales de alerta, derivando con el paso de los años en cuadros irreversibles de cirrosis o cáncer primario de hígado.
La brecha estadística del diagnóstico y el acceso a la salud
El volumen de la problemática cobra dimensiones dramáticas al analizar el universo total de infectados. Se estima que en el planeta existen más de 300 millones de personas que conviven de forma crónica con el virus de la Hepatitis B o C.
La gran barrera en la lucha contra la enfermedad radica en que solo el 13% de los afectados por la variante B y el 36% de los contagiados con la variante C han sido diagnosticados formalmente. Esta brecha estadística implica que cerca de ocho de cada diez personas infectadas desconocen su condición y, por ende, no acceden a los controles o tratamientos oportunos.
Las hepatitis víricas se han consolidado como la segunda causa infecciosa de muerte a nivel global, superando a enfermedades de enorme impacto mediático como el VIH y la malaria
A este panorama se le suma la desigualdad en la distribución de la atención médica. Si bien la Hepatitis C cuenta en la actualidad con tratamientos antivirales de acción directa por vía oral que logran tasas de curación superiores al 95% en un período de solo ocho a doce semanas, menos del 20% de las personas diagnosticadas a nivel mundial logran recibir la medicación.
En el caso de la Hepatitis B, la vacunación pediátrica masiva ha logrado proteger a millones de niños, pero las coberturas de la dosis al nacer continúan siendo deficitarias en diversas regiones en desarrollo.
Una prueba rápida al menos una vez en la vida para cambiar la tendencia
Frente al objetivo trazado por los organismos internacionales para eliminar las hepatitis víricas como amenaza de salud pública antes del año 2030, las autoridades sanitarias coinciden en que la estrategia central debe ser la simplificación del acceso a los testeos.
Un simple análisis de sangre o una prueba rápida por punción capilar permite detectar la presencia del virus en cuestión de minutos, posibilitando una intervención médica temprana que evita la progresión hacia daños hepáticos severos.
En este marco de concientización, la recomendación de los especialistas es enfática: todo adulto debería realizarse el test de la hepatitis B y C al menos una vez en la vida, independientemente de la presencia de síntomas.
En la jornada dedicada a recordar el legado transformador de Baruch Blumberg, la medicina recuerda que la clave para frenar esta cifra de mortalidad no requiere de nuevos descubrimientos científicos, sino de una política activa de detección precoz que rescate a millones de personas del anonimato de la estadística.
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