Cuando el periodismo alimenta el monstruo que cree combatir
El mundo arde en conflictos reales, pero los medios se concentran sobre el último escándalo de Trump: la foto que lo representa en Jesucristo, cayendo una y otra vez en la trampa trumpista.
Mientras soldados mueren en Medio Oriente, mientras su población civil sufre de la subida drástica del precio de la gasolina, Donald Trump aparece desconectado, para no decir perdido, cuando publica en su medio Truth Social una foto que lo erige en Jesucristo, hijo de Dios y salvador de la humanidad.
Por muy blasfematoria, problemática y absurda que sea, y lejos de ser un desliz, esta fotografía logra lo que emprende: desviar la atención del elefante en la habitación. Algunos periodistas, ávidos de paradojas y de condenas fáciles, se regocijan al ver esta foto y se lanzan a escribir, sin darse cuenta de que caen otra vez en la trampa trumpista, en la Trumpa concentrándose sobre lo que solo es una gran diversión.
A lo largo de la semana, los medios de comunicación se inundaron de análisis sobre los símbolos movilizados en la foto, sobre que publicarlo en su medio dice de su condición narcisista y de sus enfermedades mentales, de la división que desencadenó dentro del clan MAGA (Hagamos a Estados Unidos Grande Otra Vez) y particularmente dentro de su base electoral de cristianos tradicionales. Sobre sus explicaciones en una rueda de prensa (“Pensé que era yo como médico”), sobre su decisión final de bajar la foto de Truth Social. Mientras tanto, ¿qué pasa en Irán? ¿Funciona el frágil alto de fuego? ¿JD Vance, el vicepresidente estadounidense, logró un acuerdo de paz en Islamabad? ¿Quién habla del elefante en la sala?
Donald Trump plantea al periodista un dilema mayúsculo: informar sobre sus escándalos cotidianos a costa de dejar de lado los temas de fondo y limitarse a tratar la superficie, o pasar por alto sus escándalos para hablar de lo esencial y entonces banalizar sus blasfemias, sus tuits racistas y más.
Flood the zone (Inundemos la zona). Esa saturación del escándalo la conceptualizó Steve Bannon, estratega político de extrema derecha y arquitecto de la guerra cultural trumpista. Para Steve Bannon, los mayores oponentes al populismo nacionalista de Donald Trump no son los del Partido Demócrata, sino los medios. De hecho, esta constatación radica en el argumento siguiente: para que un hijo de la democracia acepte las tendencias eminentemente antiliberales, antidemocráticas, casi dictatoriales, se debe recurrir a la desinformación y a la propaganda con el fin de socavar los valores.
Por eso, Steve Bannon afirmó en 2018, cuando el periodista Michael Lewis lo entrevistó: “Los demócratas no importan. La verdadera oposición son los medios de comunicación. Y la forma de lidiar con ellos es inundar la zona con mierda”. De ahí que esa “mierda” mantiene a los medios y al público atrapados en el ciclo vicioso de la indignación efímera sin consecuencia de lo que no constituye nada más que una distracción. Cada escándalo, cada blasfemia, cada tuit provocador, es un ladrillo más en la construcción de un relato hermético que nos encierra en un espectáculo perpetuo. Encerrados en ese espectáculo, banalizamos la omnipresencia del escándalo y la huida progresiva de la verdad; y todo eso sin darnos cuenta, justo porque la Trumpa distrae.
Clausewitz, un teórico de la ciencia militar del siglo XIX, afirmó en De la guerra que “la condición principal para que una maniobra de distracción resulte eficaz es que retire del teatro de operaciones más tropas enemigas de las que nosotros emplearemos en ella”. En este caso, funciona. Cada palabra problemática que pronuncia Trump le demanda algunos segundos, pero moviliza a docenas de periodistas durante horas sobre un frente que no existe, un frente fantasmal. Esos periodistas, al perseguir la crítica fácil, desertan de los frentes donde los necesitamos más.
La Gran Diversión. Unos defienden que el verdadero frente es el caso Epstein. Explican que las intervenciones militares que violaron el derecho internacional, como en Venezuela o en Irán, sirvieron de diversión para la publicación de nuevos documentos.
Otros dicen lo contrario. Explican que cuando Melania Trump declaró que nunca fue esclava sexual de Jeffrey Epstein sirvió de diversión para la guerra en Irán y sus repercusiones económicas. De ahí que la política exterior parece ser la distracción de la política interior y viceversa.
Panem et circenses (Pan y circo): el presidente estadounidense convirtió el teatro de las relaciones internacionales y el ring de la política interior en circos que distraen. Pero si todo contribuye a la Grand Diversión, ¿a qué sirve?, ¿qué esconde Donald Trump detrás de ella?, ¿el vacío mismo de su política? Tristemente, no.
El plan. Para encontrar la respuesta hay que volver cinco meses atrás hacia una entrevista de Steve Bannon. En esa entrevista de The Economist, repite varias veces que “Trump será presidente en 2028”. Cuando la periodista Susan Minton Beddoes moviliza la vigesimosegunda enmienda de la Constitución estadounidense, que impide a un político presentarse por un tercer mandato, Steve Bannon contesta: “Hay muchas alternativas diferentes. En el momento oportuno daremos a conocer cuál es el plan. Pero hay un plan y el presidente Trump seguirá siendo presidente en 2028. (…) Tenemos que acabar lo que empezamos”.
Esa retórica se parece a la que conocimos con Ortega en Nicaragua, Orbán en Hungría, Loukachenko en Bielorrusia, Putin en Rusia, y que hoy amenaza con convertir a Estados Unidos en una democracia iliberal más, en una democradura más.
El plan escondido, mal escondido, que casi no intentan esconder, consiste en violar la Constitución, manipular las elecciones y usurpar el poder. Otra vez, este caso reafirma que el populismo de derecha no puede funcionar democráticamente, que el populismo al estilo Trump es un movimiento antidemocrático en esencia porque confunde el “yo soy del pueblo” y el “yo soy el pueblo”; confunde la representación y la encarnación.
De ahí que es con una cierta lógica que Steve Bannon concluye su respuesta a Susan Minton Beddoes con lo que hubiera podido ser el subtítulo de la fotografía que Donald Trump publicó: “El presidente Trump es un instrumento de la voluntad divina”.
La prueba de adoctrinamiento. Uno no toma en serio a Steve Bannon cuando habla de instrumento divino, o a Donald Trump cuando se disfraza de Jesucristo. Pero eso es un error. Lo que unos toman en broma, otros se lo creen. Cada trumpa distrae, es cierto. Pero cada “trumpa” también tiene su propósito particular.
Volviendo a la fotografía inicial con esto en cuenta, realizamos que lejos de limitarse a provocar a los anti-MAGA y a distraer a los periodistas, también pretende poner a prueba el nivel de adoctrinamiento de su base electoral.
El culto de la personalidad es un concepto que se desarrolló particularmente al teorizar los totalitarismos del siglo veinte. Caracteriza la fascinación fanática sin falla que entretiene o que finge entretener el pueblo con su dictador. Esa admiración que induce obediencia se inspira en la relación que una persona de fe pueda entretener con Dios.
De ahí que la comparación con Jesucristo cobra todo su sentido: Donald Trump quiso probar la docilidad de su base electoral, quiso identificar a los que no se indignan de la blasfemia y que entonces entretienen un culto a su personalidad. Recompensa la lealtad ciega dentro de su clan y excluye todos los que desvían ligeramente de su camino justo porque quiere que los súbditos del rey ser entretengan con esa fascinación que le otorgará una inmunidad, una impunidad total.
Algunos de los MAGAs fueron bastante adoctrinados para creer que la guerra en Irán era inevitable, que este país representaba una amenaza inminente para Estados Unidos, que esta guerra era la única opción, el único camino hacia una paz duradera. Reutilizando una de las tres consignas que figuran sobre el Ministerio de la Verdad en la distopía 1984 de Georges Orwell, algunos MAGAs fueron bastante adoctrinados para creer que “LA GUERRA ES LA PAZ” y caucionarla.
Por lo tanto, cuando Donald Trump publicó la blasfemia, muchos fueron los MAGAs que lo denunciaron enseñándonos que hasta allí no llega aún el culto del que pronto cumplirá ochenta años.
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