Arquitectura del comercio mundial en juego

Cuando tiemblan los estrechos, tiembla el mundo

La nueva escalada de tensiones en Medio Oriente volvió a poner bajo la lupa al Estrecho de Ormuz. No es solo un paso marítimo, sino una de las costuras más sensibles del sistema energético internacional. Es por eso que una crisis lejana puede afectarnos tan de cerca.

Vaca muerta. Argentina puede ofrecer algo cada vez más escaso: previsibilidad. Foto: cedoc

Cada episodio de inestabilidad en el Estrecho de Ormuz no se traduce únicamente en una suba del petróleo, sino en algo más profundo: una señal de fragilidad estructural.

La pregunta de fondo no es cuánto puede subir un barril en una jornada de nerviosismo, sino cuán expuesto sigue estando el mundo cuando una parte decisiva del abastecimiento depende de unos pocos corredores estratégicos. En tiempos de relativa calma, esta vulnerabilidad suele quedar en segundo plano. Sin embargo, cada nueva tensión la devuelve al centro de la escena.

Durante años, el debate energético global giró en torno a la transición, la diversificación y la eficiencia. Pero cuando aparece la amenaza de una interrupción en los grandes flujos marítimos, queda en evidencia que la arquitectura del sistema sigue siendo frágil, concentrada y atravesada por riesgos geopolíticos persistentes.

Ormuz es el símbolo más visible de esa fragilidad. Por allí circula una proporción crucial del crudo y del gas que abastecen a Asia y, de manera indirecta, al resto de la economía global. Cuando ese paso entra en zona de riesgo, el mercado no espera a que falten físicamente los barriles: reacciona al temor, a la posibilidad de que el flujo se altere. Y en materia energética, el miedo también tiene precio.

Sin embargo, el problema no se agota en Ormuz. La tensión actual también vuelve a poner en primer plano la importancia de otros cuellos de botella del comercio mundial, como el Estrecho de Malaca. Si el primero expresa el riesgo inmediato sobre los flujos del Golfo, el segundo refleja la dimensión estratégica de la vulnerabilidad asiática: una vía esencial para el tránsito de hidrocarburos, bienes e insumos industriales.

De allí surge una conclusión incómoda: la seguridad energética no puede entenderse solo como una cuestión técnica o económica; no depende únicamente de producir más o invertir mejor, sino también de la capacidad de resguardar rutas, sostener equilibrios diplomáticos y evitar que la rivalidad geopolítica convierta al comercio en rehén. Los barcos no navegan por conceptos, navegan por corredores seguros.

La vulnerabilidad del sistema no se explica solo por la concentración de la oferta, sino también por la concentración de las rutas. El mundo puede ampliar capacidades de producción o avanzar en nuevas tecnologías, pero mientras la circulación dependa de unos pocos pasos críticos, seguirá siendo altamente sensible a cada episodio de tensión. Cuando se sacude un estrecho, no se altera solo una vía marítima: se impactan precios, logística y expectativas.

Para Asia, esta realidad es especialmente clara. Economías como China, Japón, Corea del Sur e India dependen profundamente del comercio marítimo para sostener su abastecimiento energético. Cada episodio de incertidumbre no solo encarece costos, sino que erosiona la previsibilidad necesaria para sostener el crecimiento.

Europa tampoco debería mirar este escenario con indiferencia. La experiencia reciente con Rusia dejó en evidencia hasta qué punto la dependencia de flujos vulnerables puede transformarse en una debilidad estratégica. La lección es clara: diversificar no es una opción, sino una necesidad.

En este contexto, resulta insuficiente confiar en que el mercado resolverá automáticamente cualquier disrupción. Los reemplazos existen, pero rara vez son inmediatos ni neutros en términos de costos. Las reservas estratégicas pueden amortiguar y la diplomacia puede ganar tiempo, pero la estabilidad del sistema sigue dependiendo de la seguridad de corredores cuya fragilidad es evidente.

La crisis actual deja, en definitiva, una advertencia clara: no alcanza con producir energía; es imprescindible poder transportarla de manera segura, constante y políticamente sustentable. Porque cuando tiemblan los estrechos, no tiembla solo el precio del petróleo: tiembla la arquitectura misma del comercio mundial.

Para la Argentina, esta discusión no es ajena. En un escenario internacional que busca abastecimiento más diversificado y confiable, el desarrollo de Vaca Muerta adquiere una relevancia que excede lo doméstico. La posibilidad de consolidarse como proveedor incremental de petróleo y gas se vuelve más significativa en un mundo que intenta reducir su exposición a zonas de conflicto.

Esa oportunidad, sin embargo, no es automática. El valor de Vaca Muerta no radica solo en sus recursos, sino en la capacidad del país para transformarlos en una oferta competitiva, estable y previsible. Infraestructura, acceso a mercados, reglas consistentes y estabilidad macroeconómica son condiciones indispensables.

En un escenario global atravesado por incertidumbre, la verdadera oportunidad argentina no es solo producir más, sino ofrecer algo cada vez más escaso: previsibilidad. Allí, en esa combinación entre recursos y estabilidad, puede encontrarse su lugar en un mapa energético que, cada vez que se tensiona, recuerda cuán frágiles siguen siendo sus rutas.

*Director del Instituto de Energía de la Universidad Austral. Ingeniero Especialista en Estructuras.