Experiencia en China: observación, admiración y reconfiguración
Argentina tiene todo lo necesario para progresar. Solo hace falta mirar lo que ya funciona y articular nuestras virtudes en una planificación inteligente, moderna y federal.
Durante las últimas semanas participé de una misión institucional y empresarial en la República Popular China organizada por Fundación para el Desarrollo de América Latina y el Caribe (FUNDALAT) y la Agencia ATLAS SMART CITIES, orientada a conocer experiencias vinculadas a ciudades inteligentes, innovación urbana, gestión pública digital, infraestructura estratégica y transición energética. Durante varios días recorrimos Shenzhen, Guangzhou, Hangzhou, Shanghái y Beijing, y mantuvimos reuniones con autoridades locales, empresas tecnológicas, organismos públicos, universidades y espacios de cooperación internacional.
No fue un viaje protocolar ni una agenda de observación superficial. Fue una inmersión concreta en una pregunta que la Argentina viene postergando hace demasiado tiempo: cómo se organizan los países que decidieron desarrollarse y de qué manera articulan tecnología, planificación y capacidad estatal para mejorar la vida de su población.
Lo primero que impacta es la escala. Ciudades de millones de habitantes con sistemas de transporte eficientes, infraestructura moderna, zonas productivas especializadas y plataformas urbanas que funcionan con niveles de coordinación difíciles de dimensionar desde nuestra experiencia cotidiana. Pero superada la primera impresión, lo que realmente aparece es algo más profundo: detrás de esa escala existe método.
En Shenzhen, uno de los principales polos de innovación del mundo, conocimos modelos avanzados de gestión urbana basada en datos, plataformas de simulación para planificación de políticas públicas y centros de comando capaces de integrar en tiempo real información sobre movilidad, seguridad, energía y servicios. Allí la tecnología es aprovechada como una herramienta para gobernar.
En Guangzhou, la agenda se vinculó con la digitalización del Estado y el sistema energético urbano. Pudimos observar soluciones de redes eléctricas inteligentes, almacenamiento energético e integración de renovables en una ciudad que necesita garantizar suministro confiable, eficiencia y sustentabilidad en simultáneo. Para quienes venimos del debate energético argentino, esa experiencia resulta especialmente reveladora.
En Hangzhou y Shanghái, el foco estuvo puesto en inteligencia artificial, automatización, plataformas urbanas integradas, innovación empresarial y cooperación internacional. También participamos de encuentros académicos donde se abordó la lógica de planificación estatal y territorial, incluyendo la implementación de planes de largo plazo y la coordinación entre distintos niveles de gobierno.
Pero sería un error reducir lo observado a una exhibición tecnológica. Lo verdaderamente relevante no son los sensores, las pantallas o la inteligencia artificial. Lo central es la existencia de una visión estratégica sostenida en el tiempo.
En China, la energía, el transporte, la logística, la producción, la vivienda, la conectividad digital y el crecimiento urbano no se piensan por separado; forman parte de una misma arquitectura de desarrollo, articulada entre distintos niveles del Estado y acompañada por una fuerte capacidad de ejecución.
Esa es, probablemente, una de las diferencias más profundas con la Argentina. Y también con gran parte del mundo moderno.
No es posible obviar las implicancias de un sistema institucional donde la continuidad del mismo signo político al frente del gobierno, en ausencia de una dinámica democrática al estilo occidental, facilita la planificación a mediano y largo plazo tanto en su diseño como en su ejecución.
Aun considerando ese aspecto, soy parte de quienes sostienen la importancia de defender y profundizar la democracia. Es más: el modelo chino y el crecimiento de grandes estructuras económicas globales que inciden fuertemente en la vida de los pueblos y las naciones —muchas veces afectando intereses soberanos— nos obliga a repensar y fortalecer los mecanismos de participación política, social y popular. Un debate que excede estas líneas, pero que no puede ser ignorado.
En nuestro país seguimos discutiendo el desarrollo casi exclusivamente en términos macroeconómicos: inflación, tipo de cambio, reservas, déficit fiscal, deuda; todos temas relevantes, sin duda, pero insuficientes. Porque una Nación también se desarrolla cuando organiza su territorio, integra regiones, invierte en infraestructura crítica, garantiza energía competitiva y genera oportunidades reales más allá de los grandes centros urbanos.
Durante demasiados años la Argentina se acostumbró a vivir en la coyuntura permanente. Gobiernos absorbidos por la urgencia, debates públicos concentrados en el corto plazo y falta de continuidad en políticas estructurales. En ese contexto, la planificación quedó relegada, cuando no directamente deslegitimada.
La Argentina necesita recuperar una cultura de planificación. No una planificación burocrática, sino inteligente, moderna y federal. Salvando las enormes diferencias con el contexto chino, resulta inevitable recordar la experiencia de planificación quinquenal del primer peronismo. Hoy China ejecuta su 15° plan quinquenal, luego de haber sostenido en el tiempo esa lógica de definición de rumbos estratégicos. Recorrer su desarrollo es prueba suficiente del impacto que tiene sostener políticas en el tiempo. Algo que claramente escasea en nuestro país.
Sin embargo, ninguna Nación que haya logrado desarrollarse prescinde de planificar. Planificar no significa rigidez ni burocracia. Significa fijar prioridades, coordinar actores públicos y privados, ordenar inversiones y sostener objetivos en el tiempo. Implica, en definitiva, construir dirección.
La Argentina tiene desafíos estructurales muy concretos. Necesita ampliar su sistema de transporte eléctrico en alta tensión, fortalecer redes de distribución, incorporar infraestructura de transformación y potencia, mejorar su logística interna, invertir en conectividad digital, gestionar de manera más eficiente sus recursos hídricos y avanzar en herramientas tecnológicas para la gestión de seguridad, tránsito y servicios públicos.
También necesita prepararse para una agenda que ya está en marcha a nivel global: electromovilidad, almacenamiento energético, hidrógeno, digitalización industrial, inteligencia artificial aplicada a la gestión pública y transición energética.
Nada de eso ocurrirá de manera espontánea: requiere coordinación, continuidad institucional y una mirada territorial.
Y aquí aparece una cuestión central: el arraigo. El arraigo no configura una consigna romántica, es una política pública. En el siglo XXI, el arraigo consiste en que millones de argentinos puedan elegir vivir, trabajar, producir y desarrollarse en sus ciudades y regiones con acceso a infraestructura, energía, conectividad, educación y oportunidades. Sin esas condiciones, no hay arraigo posible.
La Argentina arrastra un esquema profundamente desequilibrado: concentración demográfica, saturación del área metropolitana, regiones postergadas, altos costos logísticos y fuertes asimetrías en materia de tarifas y servicios.
Ese modelo no solo es injusto. También es ineficiente.
Un país que concentra demasiado desaprovecha capacidades, encarece su funcionamiento y debilita su cohesión territorial. Por eso, el desarrollo en la Argentina debe ser pensado en clave federal. Debe articular a la Nación, las provincias y los gobiernos locales en torno a una estrategia común que integre infraestructura, energía, producción y tecnología.
En ese contexto, durante la misión tuvimos la oportunidad de participar de un intercambio en la Academia de Ciencias Sociales de Shanghái, uno de los principales ámbitos de pensamiento estratégico del país. Allí planteé una preocupación que considero central. El vínculo entre la Argentina y China, en los últimos años, no ha logrado consolidarse de manera equilibrada. La persistente asimetría en la balanza comercial, la concentración de nuestras exportaciones en productos primarios y la limitada incorporación de valor agregado reflejan una relación que, en muchos casos, ha resultado más dependiente que estratégica.
A esto se suman diferencias culturales, institucionales y de visión sobre el desarrollo que no pueden ser ignoradas.
Sin embargo, reconocer estas asimetrías no implica rechazar el vínculo. Implica repensarlo.
La Argentina necesita construir una relación con China —y con el mundo en general— desde una perspectiva más inteligente, equilibrada y alineada con sus propios objetivos e intereses.
Nuestro país no puede pensarse en términos de alineamientos simplificados ni relaciones bilaterales aisladas. Su inserción internacional debe partir de una mirada integral, que reconozca la centralidad de América —del Norte, del Sur y del Caribe— como espacio de pertenencia histórica, cultural y económica, sin dejar de proyectarse hacia otras regiones estratégicas para nuestras metas.
La Argentina forma parte de un mundo occidental en términos institucionales y culturales, pero al mismo tiempo cuenta con recursos que la posicionan como un actor relevante en el escenario global. Esa combinación exige una política exterior madura: abierta, pero no ingenua; pragmática, pero no subordinada.
Relacionarse con China, como con cualquier otro actor global, implica comprender las asimetrías existentes y, al mismo tiempo, identificar oportunidades de cooperación que contribuyan a nuestros propios objetivos de desarrollo.
No se trata de confrontar ni de idealizar, se trata de priorizar. Priorizar el desarrollo territorial, la infraestructura estratégica, la energía como base del crecimiento, la integración del país, las alianzas regionales y geopolíticas históricas, naturales, estratégicas, culturales y convenientes. La clave está en no cerrarse, pero tampoco en diluir objetivos.
La Argentina tiene talento, recursos naturales, capacidad empresaria, universidades de calidad, formación humana a gran escala y una enorme diversidad territorial, productiva y climática. Lo que muchas veces falta es articulación, transformación de capacidades dispersas en proyecto común, pasar de la improvisación a la estrategia y la planificación. Ese debería ser el debate de esta época.
Cómo pasar de la coyuntura al desarrollo, de la concentración al equilibrio territorial, de la resignación al arraigo, de la ideologización de la política internacional al rumbo geopolítico inteligente y conveniente.
*Abogado. Movimiento Arraigo. Ex intendente de San Antonio de Areco, y ex senador de la Provincia de Buenos Aires.
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