Performance libertaria

Ira y sátira: el nuevo orden antipolítico

¿Qué sucede cuando la sátira es capitalizada por el poder? ¿Cómo cuestionar a un gobierno que abraza el discurso del “todo vale”? Esta es la segunda parte de un artículo que se publica en las ediciones de sábado y domingo de El Observador de esta semana.

Foto: cedoc

Milei no es para nosotros una interioridad digna de análisis, sino una función emergente y una emergencia funcional. Es la figura que se adapta al desparpajo de la época, es la mayor forma de obediencia gritada como liberación, es la venganza de lo que está roto en todos nosotros y su cristalización como resentimiento supremacista. Es la última y más preciada captura de los poderosos: cuentan con cierto beneplácito plebeyo, se valen de la viveza y la pillería por un tiempo. Por arriba y por abajo sellaron su masa crítica y desde ahí se burlan, insultan y mienten con un descaro que solo nuestro tempo histórico fue capaz de anudar con la más alta tecnología.

¿Qué tipo de sátira es esa, si cabe aún la figura de la sátira? Entre el hambre creciente y la destrucción de patrimonio cultural y económico, entre el desfinanciamiento institucional y la derogación de leyes laborales de larga tradición, entre cierres de industrias con despidos y un consumo popular en caída libre, la llamada “ultraderecha” resuena con un sentido común embroncado y, a la vez, deseoso de algo nuevo, no esperanzado, sino necesitado de emociones fuertes. Derecha con ímpetu de timba o de casino, patria contratista 2.0, osada en tecnología y comunicación política, conservadora, autocrática y populista en la gestión de las cosas comunes. Sí, ¡todo al mismo tiempo y más...!

Lo que se presenta como una “revolución cultural” con aspiraciones de refundación de la Nación lleva la máscara de la Fundación Faro, presidida por un influencer con voz de silbato, formado en “contraterrorismo” por estadounidenses y más hábil con los algoritmos que con la pluma. Mientras tanto, lo único que rinde son los sectores extractivistas (hidrocarburífero, minero, agroexportador) y la intermediación financiera. ¿Acaso la sátira en tiempo real es una Argentina que va camino a convertirse en Venezuela gracias a un gobierno antichavista y proyanqui?

Triunfó Gran Hermano, porque parió simultáneamente modelos de conducta y de gobierno para el deseo de muchos. Delación e influencers se cuecen al rescoldo del dolce far niente. Su modo de producción consiste en la velocidad, cuantificación y ejercicio capilar entre la sordera y las burbujas virtuales. Triunfa el “policía que llevamos dentro” (Pennisi, A. y Cangi, A. comp. 2015. Linchamientos. La policía que llevamos dentro. Red Editorial, Autonomía-Pie de los Hechos), sobre todo cuando, ante el sufrimiento de la población, crece la represión como una forma de “limpieza” de las calles, con opinión pública favorable. En el país hundido, asoman su cabeza por sobre el nivel del agua los buchones, los resentidos de todo pelaje, los poligrillos que se sienten aludidos con fórmulas hipócritas como “personas de bien”.

Es comprensible el ausentismo del progresismo y del peronismo en el debate público y en las discusiones más territorializadas, después de una elección en la que fueron derrotados por un gobierno al borde del colapso (salvado por una maniobra bananera del trumpismo) y, sobre todo, por el ausentismo electoral (más de 11 millones de personas prefirieron hacer otra cosa ese domingo).

Los que ahora piden moralidad y normalidad son el puchimbol de la comunicación gubernamental, la corrupción del pasado reciente tapa la corrupción en tiempo récord del gobierno de Milei y Karina, alias “alta coimera”. Finalmente, el populismo del “país con buena gente” (según rezaba una propaganda del kirchnerismo en su apogeo) es derrotado por el populismo de la “gente de bien”. ¡Vaya si la sátira mete la cola endemoniada en la historieta argentina!

Mientras tanto, se busca militarizar un país con hambre en la línea geopolítica imperial y resplandece el supremacismo de una nueva ola de magnates y políticos, militantes y muertos resucitados, encadenados a una supuesta sobrevida de la modernidad tardía, que abre surcos con guerras, e incluso el intento por parte del presidente de la principal potencia de comprar un país como si fuera la ficha de un juego de mesa (como decíamos, eso ya no es un tablero). La Casa Rosada se convirtió en una copia teñida y empequeñecida de la Casa Blanca; su comunicación bufonesca no califica en ningún parámetro diplomático. Lo sabemos bien, no vivimos más en un mundo de diplomacias, sino en una película pornográfica de reyes desnudos.

Hablando de géneros grotescos, Patricia Bullrich juega el juego mimético deshaciéndose en beneplácito detrás de cada ataque de Estados Unidos a un país soberano, o incluso asegurando conocer la actividad del Cartel de los Soles, cuando la propia Justicia estadounidense desmintió su existencia. La camaleónica senadora tiene una larga historia de actos fallidos: si revisáramos cada anuncio, cada declaración suya como ministra de Seguridad de Macri y luego de Milei, reuniríamos material para un libro sobre el descaro público (con complicidad judicial). Desde detenciones que toman por víctima a un peluquero y a un jugador de ping pong acusados de terrorismo, hasta la acusación de “patotera” a una abuela de más de 80 años empujada por un policía, pasando por falsos casos de droga decomisada y, lo más grave, encubrimientos a asesinatos perpetrados por las fuerzas de seguridad bajo su mando, como el de Rafael Nahuel (ametrallado por la espalda) o incluso la causa de Santiago Maldonado, que sigue abierta y donde se demostraron numerosas irregularidades (por ejemplo, está demostrado que su cuerpo no permaneció 78 días en el agua, lo que obliga al Estado a dar explicaciones).

Borrar memorias vividas y pasados anteriores es parte de un gobierno algorítmico, inseparable del rendimiento técnico de sus efectos. Mientras que, a través de las redes entre líderes de opinión o influencers, se enseña cómo llegar a ser “garca” lo más rápido posible. Lo que alguna vez fue sátira hoy aparece como voluntad de escarnio y humillación desde el poder; un poder que se teje entre el Gobierno y un ecosistema de empresarios ideologizados y beneficiados con grandes negociados, pero que también es alimentado por el seguidismo de jóvenes de hoy y desesperanzados de ayer, subjetividades que fantasean o aspiran con formar parte de este clima, cuerpos atraídos por el mundo de los ganadores. Y hay que decir que el mundo de los perdedores, como el de los “alternativos”, ya no parece muy atractivo.

En ese sentido, “batalla cultural” es el nombre que concentra una unificada acción pragmática, empresarial y algorítmica, que avanza sin ningún cuestionamiento moral, porque su lógica está más allá del bien y del mal. La empresa tecnocrática, pragmática y de redes funciona entre nosotros, aquí y ahora, como un gas expansivo, volátil y capilar, del orden de una fuerza, de un alma o apenas de una marca de plataforma de servicios. En el fondo, se trata de una batalla contra la cultura.

El sustento de esta figura de pensamiento satírico se sostiene tanto en una posición escéptica de la población frente a las prácticas de gobierno como en una descarnada ira algorítmica, tal como la imagina el sociólogo y escritor italosuizo Da Empoli en Los ingenieros del caos (2019). La crisis de representación política domina el presente global y local de los bancos de insumos de la ira algorítmica. Nos gobierna una política ejecutiva, de base “democrática” refrendada por el voto, aunque de dependencia consentida económica, jurídica y cognitiva, sin la plena conformidad de algo antiguamente llamado “ciudadano”.

Una pregunta irrumpe sin miramientos: ¿el uno en el poder gobierna solo más allá del voto? Cuando las anomalías se vuelven regla, el paradigma conocido resulta trocado por uno nuevo. Aunque solo percibimos que, como en los antiguos mitos del subsuelo de las democracias liberales, las aspiraciones de refundar la Nación no dejan de conjugar una fe con una técnica. En ese intervalo del análisis político nos encontramos expectantes y escépticos. Enfrentamos un problema de larga data que reúne una fe sedimentada en una población mancillada, entramada con una tecnología social de declaraciones performativas directas, donde todos son llamados a posicionarse, opinar en permanencia y comunicar. Nos preguntamos por el exilio del cuerpo y sus posibilidades, entre el silencio y la sustracción, entre la lenta construcción de tramas y la manifestación.

Da Empoli, en La hora de los depredadores (2025), se refiere a la emergencia de una nueva élite autoritaria, llamada los “depredadores tecnopolíticos”. Élite contemporánea que gestiona la vida como “información”, mientras domina la geopolítica global de la tierra como una fuerza “extractiva”, tal vez más salvaje que la de aquellas empresas coloniales de la modernidad, aunque no ha dejado de ejercer ciertos modos de un colonialismo de asentamiento, porque desconoce cualquier forma democrática de la soberanía de pueblos y Estados. El agotamiento de los modelos de legitimidad institucional se lleva puestos acuerdos firmados o tácitos, consensos básicos y, sobre todo, el deseo mismo de criterios compartidos y lugares comunes. De ese modo, no hay régimen de verdad que aguante. Se imponen en el escenario mundial mediante el agobio por saturación de información y la sensación de caos, la provocación permanente y una velocidad de los “hechos” que desborda cualquier capacidad de análisis en condiciones de generar efectos deseables.

La posición sostenida por Da Empoli en Los ingenieros del caos (2019) fue replicada en el encuentro de “Tecnopolítica y nuevos liderazgos”, realizado en Buenos Aires el 23 de octubre de 2024. En esa ocasión, el sociólogo afirmó que “Milei está muy en línea con el esquema de ira sumado al algoritmo y con cierto estilo carnavalesco”. Al parecer, no es posible un gobierno satírico de la crisis (como lo entendemos en Sátira y política. Diario de la Argentina de Milei, 2025), con apoyo popular e indiferencia en porcentajes convenientes a su sostenibilidad, sin el uso capilar de la inteligencia artificial y el despliegue desmedido de estrategias en redes sociales.

Da Empoli asegura que la ira siempre fue utilizada por los dispositivos políticos y remite a la lectura de Ira y tiempo. Ensayo psicopolítico (2006), del filósofo alemán Peter Sloterdijk, donde desarrolla la noción de “bancos de la ira”. Instituciones como la Iglesia y los partidos-Estado de izquierda supieron, cada cual, en su tiempo histórico de apogeo, usar el enojo de las masas en dificultades, y desde púlpitos diversos, se les prometía que ese enojo serviría para un proyecto más grande, abarcador y transformador de la sociedad.

En nuestra provinciana Argentina, la promesa consiste en una tierra prometida despejada de presencias molestas, de cuerpos improductivos tanto como de espíritus rebeldes. Una Argentina sin “negros de mierda” (frase muy frecuente en tiempos de dictadura) ni población sobrante que caga en baldes” y, para colmo, tiene el beneficio de contar con “universidades cercanas, justo en ese Conurbano tan lejano.

El núcleo de la narración de Los ingenieros del caos sostiene que la cólera y el enojo tramitado por algoritmos de redes y automatizados con IA constituyen los vectores para crear una novedosa trazabilidad en la actual ingeniería social de las poblaciones. La ira siempre existió en la sociedad, pero en momentos de crisis aumentada como la nuestra, puede producir efectos “objetivos” de un fondo emocional, aunque estas “razones sensibles” sean exploradas con multiplicidad de mentiras ingeniosas. Los bancos de la ira” han perdido su eficacia histórico-política tal como la conocimos y han sido reemplazados por nuevos emprendedores de la ira, que aparecieron en Europa y América, reutilizando las murmuraciones de sectores medio atemorizados, de mosquitas muertas impresionables cuando la política toma la escena y el conflicto hace su suerte.

Por eso la figura de Milei tiene algo de revelador sobre el conservadurismo argentino: Milei es lo que realmente se puede hoy, sin careta republicana ni moral vergonzante, al desnudo, como decíamos, en una realidad pornográfica.

La ira funciona como esquirlas centrífugas y puede ser potenciada por aviesos intereses sobre prometidos derechos endebles. El algoritmo hoy permite que la ira sea intensificada de manera tan precisa en los nichos de su consumo como difuminada de modo escalar. Da Empoli, retomando la metáfora de Sloterdijk, sugirió en el encuentro en nuestro país: “Es como si se hiciera fracking de petróleo, pero ahora realizado sobre la ira. Antes hacías el pozo y la ira salía como el petróleo: era el mismo mensaje para todo el mundo y había que converger en el centro, con un enunciado en el que la mayoría de las personas pudiera reconocerse. Esta posición se ha vuelto centrífuga con las redes sociales”.

Con el surgimiento político activo de las redes sociales, Big Data, IA y los LLM, en lugar de percibir movimientos centrípetos de reestructuración afectiva solidaria o adherencia comunitaria, ocurren movimientos centrífugos de rabia expansiva individualista, propios de una sociedad aterrorizada por una historia acumulativa de crisis productivas sostenidas por gobiernos de diversos signos políticos. Con estos últimos movimientos centrífugos de rabia expansiva se puede constituir nuevas primeras minorías sociales axiomáticas y desadherentes, aunque se necesite cierto glamour satírico de un payaso o la frustración de un rocker trasnochado.

La inmanencia del libertariado que predica Milei, con su pretensión absoluta, tanto externa como interna, exige la demarcación de los dominios de tensión entre comunidad, individuo, “dividuo” (concepto deleuziano referido a la transformación de la subjetividad en una materialidad desagregable, por ejemplo, en datos o cifras) y modularización de la vida. Los últimos sistemas integrados propios de una sociedad de control y del diseño de sí han fabricado una figura antropológica dividida denominada “dividual”, tan performativa como declarativa en la escena social, aunque siempre supremacista y satírica. ¡Vaya paradoja para un diario de la Argentina de Milei!

 

*Ensayista, docente e investigador (Unpaz, UNA, IIGG-UBA).

**Doctor en Filosofía y Letras (USP), ensayista y poeta, docente e investigador (UBA, Undav).

Ambos autores de varios libros y artículos, editores y compiladores. Juntos publicaron El anarca (Filosofía y política en Max Stirner) (Red Editorial) y recientemente Sátira y política. Diario de la Argentina de Milei (Prometeo).