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La IA se hace omnipresente

En la guerra, en las elecciones, en las encuestas y en todos lados. La inteligencia artificial está, poco a poco, tomando cada vez más espacios de la vida social.

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

Cuando Donald Trump y Benjamín Netanyahu decidieron bombardear Irán, desataron una guerra que no esperaban. Por un lado, el régimen de los ayatolás respondió de manera convencional, atacando con misiles objetivos militares y a aliados de Estados Unidos. Pero no se limitaron a eso. Iniciaron también una batalla de memes y vídeos disparados desde las cuentas de redes sociales de los cuerpos diplomáticos iraníes en todo el mundo. La ofensiva no cambió la percepción sobre Irán, pero sí ridiculizó a sus adversarios y contribuyó al deterioro de la imagen del presidente estadounidense.

La inteligencia artificial fue fundamental para que esa respuesta fuera posible. Todos los contenidos audiovisuales fueron creados con IA y también fue clave en su distribución. Los algoritmos de redes sociales están presentes (y actuando) desde hace ya más de una década, y los iraníes los manipularon con contenidos especialmente pensados para seguir sus reglas y viralizarse.

Esta forma de comunicación política cercana al activismo no la usa sólo Irán. Recientemente se convirtió en una de las claves de éxito de Abelardo de la Espriella en las elecciones de Colombia, en las que consiguió posicionar sus temas a través de vídeos hechos con herramientas de muy bajo coste. Incluso Trump la ha aplicado desde antes de su regreso a la Casa Blanca. Es quizá una de las pruebas más visibles de cómo la IA ha entrado de lleno en la comunicación y el marketing político, pero no la única.

En los equipos de comunicación, estas herramientas ya se usan en todas las etapas de los procesos de toma y aplicación de decisiones. Esta tecnología ha empezado a ser tan omnipresente que su impacto en la manera en que se hacen y desarrollan las campañas políticas puede terminar siendo mayor que el de otros inventos que cambiaron la comunicación en el pasado, desde la imprenta hasta la televisión.

Comencemos con la fase de diagnóstico. La IA juega un papel central en el momento de analizar datos. Como apuntaba recientemente la politóloga Lula Bueno, hace posible procesar cantidades de información que antes eran imposibles de manejar, lo que abre la puerta, por ejemplo, a hacer estudios cuantitativos que recopilen mucha más información cualitativa. Esto es clave para hacer mejores análisis de situación y también para optimizar la escucha social para detectar y anticiparnos a tendencias.

En lo que respecta a la estrategia, el procesamiento más refinado de datos puede hacer posible el diseño de targets de votantes más específicos, así como la obtención de información sobre dónde encontrar a ese público y cómo persuadirlo. Claro está que para ello necesitamos datos veraces, como ya vimos en el artículo anterior de esta serie (La IA nos susurra a quién votar) sobre la demoscopia. La IA no es capaz de hacer todo sola. Necesita obtener información a través de métodos tradicionales de escucha ciudadana que sean bien aplicados y procesados.

En la etapa de implementación, el ejemplo de Irán ya muestra su importancia. Pero va más allá. Las herramientas de IA son también utilizadas para preparar contenidos de redes sociales, adaptar mensajes para públicos específicos e incluso para prepararse ante entrevistas o debates pidiendo que se simulen las posiciones de un adversario o un periodista. Además, como repasamos en otros artículos de esta serie sobre chatbots e influencers digitales, algunas campañas ya crean avatares a medida para persuadir a los votantes, aunque este punto está también muy condicionado por las regulaciones de cada país. 

Finalmente, la IA también está presente en la evaluación de la campaña. En este reportaje del New York Times, se citaba el caso de voluntarios de equipos electorales de Estados Unidos que hacen recorridos puerta a puerta para hacer cuestionarios a ciudadanos y cuya información es procesada de forma automatizada para ayudar a identificar puntos de mejora o errores a corregir. Algo similar ocurre con las redes sociales, que ahora son puestas bajo la lupa con diversas herramientas de análisis que permiten concluir qué temas y formatos de contenidos son más efectivos.

Y todos estos usos no son pronósticos sobre el futuro, se están aplicando ya en muchos países, sobre todo en Estados Unidos. 

De acuerdo con un estudio de Anchor Change, el 87% de los consultores en ese país admiten aplicar herramientas de IA varias veces por semana. Los tres usos más recurrentes son en el área de la productividad, que coincide sobre todo con la fase de implementación que describimos anteriormente y que es utilizada por un 77% de los encuestados; y la investigación y el monitoreo de noticias, mencionados por casi dos tercios de los encuestados y que responde principalmente a las etapas de diagnóstico y estrategia.

Sin embargo, también en Estados Unidos hay una realidad que posa un velo de duda sobre este uso masivo de la IA: el creciente cuestionamiento de la ciudadanía. Cuatro de cada diez ciudadanos considera que en los próximos 20 años el efecto de esta tecnología sobre la sociedad será negativo. Uno de los aspectos más cuestionados es la proliferación de centros de datos, que casi un 40% de los encuestados considera negativo porque suben el precio de la energía o dañan el medioambiente. Entre quienes dicen estar más informados sobre cómo funcionan, el porcentaje de escépticos se eleva a más del 60%.

Y cuanto más se usa la IA en comunicación, marketing y otras actividades económicas, más necesarios se hacen esos centros de datos. La paradoja es evidente: estas infraestructuras se multiplican para tratar de entender o convencer a quienes las rechazan. Esto podría debilitar la credibilidad y la confianza en la política y en los partidos. Sin embargo, dejar de utilizar esta tecnología no parece una opción, porque implicaría conceder una ventaja decisiva al adversario. Y, dado que su uso es cada vez más omnipresente, mantenerlo en secreto tampoco resulta viable. Es necesario, entonces, definir unas reglas de juego claras que permitan una utilización transparente, responsable y avalada por la mayoría de la ciudadanía.

*Asesor de comunicación. www.gutierrez-rubi.es.