Biblia, animales y Trump

La nueva derecha redibuja el mapa de América Latina

El continente se ha vuelto tierra fértil para los outsiders que saben convertir el resentimiento en votos y y poner en cortocircuito a la democracia.

Presidentes. Abelardo de la Espriella, flamante ganador en Colombia, Bukele y Milei. Foto: cedoc

El mapa presidencial de América Latina luce hoy casi monocromático: palacio tras palacio ocupado por una derecha carismática que apela a Dios y al orden, desde Argentina hasta Honduras. 

En una docena de países de la región gobierna ya alguna variante de esta nueva derecha, y estos días sumó un nuevo capítulo: Abelardo de la Espriella ganó en Colombia. Su propuesta de mano dura, que lo llevó a ser comparado con Nayib Bukele, canalizó el descontento ciudadano.

De la Espriella se equiparó con Ciro el Grande, el monarca persa que permitió el regreso de Israel del cautiverio, prometiendo protección: “Quiero ser el Ciro de Colombia”. El guiño arrastró a las urnas a congregaciones evangélicas y exmilitares en bloque, en busca de construir lo que llama “Patria milagro” y, en sus propias palabras, “volver a meter a Dios en las clases, en los salones de nuestros niños”.

“El Tigre”, como le gusta que lo llamen, no es una rareza sino la confirmación de una tendencia. De la Espriella se inscribe en la corriente más rupturista de esta nueva derecha, la misma que encarnan Milei, quien se proclama “león” y usa la Biblia para justificar su plan económico, y Bukele, reelecto forzando los límites de la Constitución. Más allá de la zoología del poder, lo que los une es su política del bullying, su sumisión a Trump y su disposición a entregar la región a un Washington que la reclama como propia.

Colombia y Perú se unen a Argentina, Bolivia, Paraguay, Ecuador y Chile en este viraje sudamericano. En Perú, Keiko Fujimori, hija del dictador Alberto Fujimori, se impuso esta semana con una ventaja irreversible en el escrutinio y será la próxima presidenta del país. Si se amplía el mapa, El Salvador, República Dominicana, Panamá, Costa Rica y Honduras completan una ola que está redibujando América Latina con una contundencia difícil de ignorar.

Brasil será el próximo escenario clave: el 4 de octubre Lula buscará la reelección ante el avance bolsonarista respaldado por Trump. Aunque Bolsonaro fue condenado a 27 años por intento de golpe, su influencia persiste a través de su hijo Flávio, quien se perfila como principal rival del mandatario.

La inseguridad, el desgaste institucional y una economía que no se recuperó tras la pandemia allanaron el camino. A eso se sumó una misoginia en alza que convirtió al feminismo en el enemigo perfecto: influencers y políticos que hacen del antifeminismo una identidad han descubierto que el resentimiento es un combustible electoral extraordinario. Entre sus bases hay una franja significativa de varones jóvenes seducidos por un relato simple: el emprendedurismo como virilidad, el éxito financiero como superioridad, las emociones como debilidad y la mujer que no se somete como amenaza.

Donald Trump es la pieza central que no puede ignorarse. Su retorno a la Casa Blanca reabrió el debate sobre una versión actualizada de la doctrina Monroe, que algunos bautizan como “Doctrina Donroe” (la histórica política exterior que establecía la hegemonía estadounidense sobre el continente). En ese marco, la región vive uno de sus períodos más agitados en décadas: la intervención militar en Venezuela desnudó sus grietas más profundas, mientras avanza una agenda de recortes en salud, educación y ciencia, y de restauración de jerarquías de género que parecían parte del pasado.

Esta nueva derecha se distancia de la que tuvo terreno hace una década. Macri y Piñera, por ejemplo, representaban una derecha convencional que al menos respetaba los márgenes del sistema. Bolsonaro fue la bisagra: su ascenso en 2019 dio oxígeno a esta corriente, que se estructuró internacionalmente con Trump como referencia. El Foro de Madrid de 2020, impulsado por la fundación de Vox, el partido español que ha hecho de la xenofobia su bandera, fue el puntapié para tejer la red transnacional que define a esta nueva derecha global.

La nueva derecha que emerge hoy deshumaniza a la oposición, corteja el caos institucional y no disimula su incomodidad con los límites de la democracia liberal. Usa el debate económico como fachada ocasional, pero sus batallas reales se libran en el terreno del orden y la cultura, invalidando con una política inquisitoria todo lo que para ellos es herejía y decadencia moral.

Tiene matices en cada país, pero comparte narrativas, una ofensiva contra los derechos de las minorías y una obsesión por anclar sus propuestas en la doctrina religiosa, o al menos instrumentalizarla. Todo ello aderezado con un viejo truco que han sabido reciclar: invocar el espectro de un viejo comunismo y acusar de “gastadores públicos” a todos los que les gustaría enviar a la hoguera.

Esta nueva derecha disputa también los símbolos y la memoria: minimiza o borra los crímenes de las dictaduras del siglo pasado (el Partido Nacional Libertario de Johannes Kaiser en Chile, por ejemplo, promueve un “Museo de la Verdad” para reivindicar el pinochetismo) y reescribe la colonización como una misión de salvación antes que como una conquista brutal.

Late en estos movimientos una nostalgia por el orden autoritario que se entrelaza con un populismo punitivo que convierte el castigo en espectáculo. En este momento oscuro, en el que el odio se normaliza y los derechos conquistados se desmantelan, sirve la imagen que nos dejó la poeta chilena Gabriela Mistral: “Dame la perseverancia de las olas del mar, que hacen de cada retroceso un punto de partida para un nuevo avance”. El desafío es enorme. Pero la historia está hecha de resistencias que parecían imposibles. Las olas no se rinden. Retroceden, sí, pero vuelven. Y cada vez que vuelven, avanzan un poco más.

*Escritora y politóloga..