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Encíclica del Papa

La tímida posición de León XIV sobre la IA se quedó a mitad de camino

Aunque “Magnifica Humanitas” es digna de elogio, hay aspectos, como la educación y el trabajo, en los que se queda corta.

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Dos caminos. “La tecnología puede conectar y educar, pero también puede dividir, descartar y generar nuevas injusticias”, dice León XIV. | cedoc

La primera encíclica del papa León XIV, dedicada en su mayor parte a la inteligencia artificial, ha tenido enorme repercusión en todo el mundo. Es muy comprensible, dado que no es habitual que la Iglesia Católica muestre tanto interés por las cuestiones relacionadas con los avances tecnológicos. Y ha aparecido en un momento crucial, con un proceso cada vez más intenso de automatización del mundo y de externalización de nuestras aptitudes más fundamentales.

En este sentido, el título es muy acertado: Magnífica humanidad. Porque la cuestión que debemos plantearnos hoy es precisamente la de proteger las características que forman parte de nuestra grandeza. Para empezar, el pleno uso de nuestras facultades sensitivas, intelectuales y creativas; en caso contrario, estaremos condenados —y todavía más las generaciones futuras— a ser meros caparazones vacíos.

Hay que elogiar al Papa por evaluar estos problemas desde el punto de vista de la civilización y no en función de los criterios utilitarios y contables que suelen predominar. Sin embargo, a pesar del grado de exigencia al que aspira, debemos señalar cuatro aspectos esenciales cuyo análisis no está a la altura de lo que nos jugamos.

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En primer lugar, y por desgracia, el capítulo dedicado a la que debería considerarse la madre de todas las batallas, la escuela, yerra el tiro. Se limita a presentar un sermón lleno de buenas intenciones y vaguedades, para acabar recurriendo al sempiterno discurso de la adaptación a los cambios tecnológicos.

“Debemos proteger a nuestros jóvenes de la promesa de la máquina perfecta”, dice. Una afirmación de la que el Papa debería haber extraído todas las consecuencias para afirmar que cometimos un pecado original cuando aparecieron las IA generativas, a finales de 2022: no haber exigido en ese mismo momento que se prohibiera, lisa y llanamente, que los alumnos de primaria y secundaria las utilizaran con el fin de elaborar textos. Dado que el ejercicio de la escritura permite estructurar el pensamiento y construir poco a poco la propia persona como un ser singular y fuerte en su autonomía y juicio, dentro de una comunidad de iguales.

Recordemos que ocho de los diez mandamientos llevan la impronta de la prohibición. Porque la prohibición es uno de los fundamentos de la moral, en la medida en que fija unos límites que no deben traspasarse, so pena de caer en peligrosos desequilibrios existenciales.

Imaginemos la conmoción que habría provocado una postura así de clara y tajante. A quienes apoyan, con una especie de ceguera ideológica y —la mayor parte del tiempo— en nombre de intereses privados, la digitalización a toda costa de la escuela, quizá les habría costado mirarse en el espejo.

Entonces habría llegado, por fin, el momento de que tuvieran que justificar sus intenciones. Ellos, y no ya aquellos a quienes siempre se les pide que lo hagan, esas personas —entre ellas, muchos docentes— que no quieren renunciar a las exigencias elementales pero imprescindibles del aprendizaje en la primera infancia. León XIV no lo ha dejado claro y, a mi juicio, es una omisión grave.

En segundo lugar, no hay ni una sola palabra sobre los miles de millones de personas que están renunciando a toda velocidad a tener su propia voz y confían en máquinas que producen algo que es un pseudolenguaje, porque carece de todo aliento vital y, en realidad, está necrosado: se basa en ecuaciones estadísticas y probabilísticas y, por consiguiente, no hace más que reproducir de forma mecánica cosas ya formuladas.

Una humanidad que se olvida de utilizar el lenguaje como es debido se ve condenada a convertirse en un conjunto de seres desprovistos de espíritu crítico, susceptibles de dejarse manipular por sofistas decididos a imponer sus puntos de vista o por sistemas que les dictan la verdad en todo momento. La posición de autoridad espiritual del Papa le debería haber empujado a advertir sobre la inminente omnipresencia de un lenguaje homogeneizado, cuyo objetivo es ahogar toda expresión libre y subjetiva y todo dinamismo social y político.

En tercer lugar, teniendo en cuenta el clima de desconfianza generalizada y las manipulaciones que permitirán las imágenes artificiales, no habría estado mal incitar a su prohibición total, en consonancia con los argumentos anteriores.

Por último, en relación con la importantísima cuestión de los puestos de trabajo, aunque ya hay conciencia del huracán que va a arrasar la mayoría de las profesiones que exigen altas capacidades cognitivas, el texto debería haber sido mucho más combativo; debería haber llamado a movilizarnos, sin más, tardar contra el cinismo que considera que el ser humano no es más que una variable contable, y a salvaguardar, sin concesiones, nuestras destrezas más valoradas. Por ejemplo, las relacionadas con los ámbitos de las artes y la cultura, garantes de la vitalidad creativa de la sociedad.

Más aún, en una época de automatización constante de todo lo humano, el Papa ha desperdiciado la oportunidad histórica de instar a una drástica redefinición del trabajo, para reflexionar sobre la puesta en práctica de una infinidad de modos de organización en común alternativos, basados en los principios de la Iglesia —de valor universal— de solidaridad, equidad, la plena expresión de nuestras facultades y el respeto a la biosfera, siguiendo en cierto modo la tradición católica del compañerismo de la antigüedad y de la Edad Media. Es indudable que una declaración de ese tipo habría impulsado un gran movimiento de alcance mundial.

Si existe esta discrepancia entre el nivel de exigencia que sugiere el título de la encíclica y un texto que, a la hora de la verdad, resulta tímido, es porque en todas partes ronda, de forma consciente o inconsciente, la idea generalizada de que hay que adaptarse sistemáticamente a los avances tecnológicos, hasta el punto de haber olvidado que nuestros principios fundamentales son intangibles.

La presencia del cofundador de la empresa Anthropic —que supo darse una capa de barniz ético cuando se negó a firmar un acuerdo con el Gobierno estadounidense— durante la presentación oficial de la encíclica da fe de que existe cierta complicidad. Cuando la verdad es que del Papa habríamos podido esperar que se distanciara de los gigantes tecnológicos y reafirmara su absoluta independencia.

Es posible que ese espíritu más voluntarista aparezca a medida que evolucionen las cosas. Por otra parte, es la humanidad entera la que debe establecer el nexo (entendido como una exigencia universal) entre la encíclica del papa Francisco, Laudato si’, de 2015 —dedicada a los problemas medioambientales y sociales—, y esta de ahora. Y para ello debemos esforzarnos más que nunca en exaltar al ser vivo y el genio que reside en cada uno de nosotros, los únicos capaces, en realidad, de honrar el milagro y la magnificencia de la vida dondequiera que se manifiesten.

*Filósofo y ensayista. Artículo publicado en El País el 7/6.