Forma y contenido

La transgresión como tecnología del poder

El líder transgresor se presenta como alguien que rompe convenciones supuestamente hipócritas. Su legitimidad depende de parecer no producido. Sin embargo, toda su política está organizada estéticamente, desde la teatralización del conflicto a la escenificación del insulto.

Estética de la ruptura. La transgresión misma es una puesta en escena. Foto: cedoc

Un juez de la Corte Suprema de Justicia de la Nación en una entrevista realizada por Jorge Fontevecchia responde, acerca de la estética utilizada por el gobierno, que los políticos se deben juzgar por lo que hacen, por lo que dicen en función de lo que hacen, pero no por cuestiones estéticas. Me detengo en lo que genera esta pregunta y en la contestación que minimiza la apariencia, el modo, la forma que tiene la belleza de producir libertad. Porque un discurso que se presenta como anti-retórico, anti-intelectual, que desprecia las formas institucionales, ironiza sobre el ceremonial político y convierte la incorrección en marca de autenticidad, está cuidadosamente construido. Porque la transgresión misma es una puesta en escena. Porque el político transgresor no abandona la estética del poder; sustituye una estética clásica por una estética de la ruptura. 

Porque “estética” evoca mediación, composición, elaboración cultural. Y el político transgresor necesita exhibirse como puro impulso, pura verdad inmediata. Su legitimidad depende de parecer no producido. Sin embargo, toda su política está organizada estéticamente. De modo que la teatralización del conflicto, la escenificación del insulto, la administración del escándalo y la erotización de la violencia verbal nos habla de una nueva estetización del poder que pasa por el shock, el meme, la circulación de afectos extremos.

Walter Benjamin advertía acerca de la estética de la política en regímenes autoritarios. En la actualidad, los gobiernos no adoptan esa monumentalidad coreográfica de los fascismos clásicos. Sino que utilizan la transgresión como tecnología de poder. El líder aparece como quien “dice lo prohibido”, rompe protocolos, humilla y convierte la agresión verbal en signo de genuinidad. Lo importante no es la coherencia del discurso sino su capacidad de capturar atención y producir adhesión emocional inmediata. El espectáculo político contemporáneo necesita cuerpos visibles y escenas memorables.

La estética de la transgresión es una forma de construcción simbólica donde el gesto de atravesar límites adquiere valor político. No se trata solamente de violar una norma, se trata de convertir esa violación en escena, en estilo y en fuente de legitimidad afectiva. La falta deja entonces de ser un accidente y se vuelve una performance.

El líder transgresor se presenta como alguien que rompe convenciones supuestamente hipócritas. Su atractivo proviene de parecer liberado de restricciones. Lo escandaloso genera atención; la atención genera circulación; la circulación produce valor. Así, el quebrantamiento puede transformarse en mercancía estética.

La ofensa se convierte en tecnología del poder cuando el cruce de límites deja de operar como cuestionamiento del orden y pasa a funcionar como mecanismo de gobierno y producción de obediencia. El poder ya no se presenta como garante de la norma, comienza a legitimarse mediante la exhibición calculada de su propia capacidad de violarla.

Éste es uno de los rasgos más inquietantes de la política contemporánea. Durante gran parte de la modernidad, la autoridad buscaba aparecer como estable, racional y controlada. Hoy el poder obtiene adhesión precisamente mediante el exceso, el escándalo y el alejamiento permanente de protocolos. La transgresión deja de ser antagonista del poder y se convierte en uno de sus lenguajes. Y hablo del poder en Trump o en Putin, en Milei o en Pashinyan. 

El gobernante actúa como outsider permanente. Necesita conservar la imagen de quien combate al sistema, aunque administre el aparato estatal. Las redes sociales intensifican esta lógica porque premian el choque, la interrupción y el conflicto visible. El algoritmo convierte el atropello en capital de atención. Cada escándalo alimenta el circuito; cada ruptura de límites aumenta visibilidad. El poder aprende entonces a gobernar mediante sobresaturación emocional.

En este contexto, el poder desobediente gobierna produciendo estados afectivos continuos. Cada día trae una nueva provocación, un nuevo agravio, un nuevo quiebre de límites. La política funciona como una dramaturgia de shock permanente. El ciudadano no dispone de tiempo simbólico para metabolizar los acontecimientos porque el siguiente impacto emocional ya está en circulación.

La sobresaturación emocional ayuda a producir, justamente, impotencia. Cuando todo es crisis, desenfreno y confrontación, la sensibilidad política se agota. El sujeto oscila entre hiperexcitación y fatiga. 

La consecuencia más profunda es que el autoritarismo transgresor no necesita destruir completamente la democracia desde afuera. Puede vaciarla afectivamente desde adentro. Cuando la esfera pública queda organizada solo por colapsos emocionales y cinismo performático, el espacio para la deliberación común se debilita.

La política deja entonces de experimentarse como construcción colectiva de mundo y comienza a vivirse como consumo compulsivo de intensidades. Allí el ciudadano corre el riesgo de transformarse en espectador exhausto.

La lógica de la política como sobresalto es cercana a la del trauma. El impacto político no deja tiempo para elaborar; obliga a responder. Un anuncio extremo, una declaración escandalosa, una amenaza irrumpen en la esfera pública como acontecimientos destinados menos a ser comprendidos que a ser sentidos. La conmoción emocional produce presencia constante del poder porque obliga a mirar.

Esta política trabaja sobre el sistema sentimental colectivo. Alterna miedo, indignación, entusiasmo, odio, euforia o sensación de amenaza. El ciudadano queda emocionalmente movilizado incluso cuando racionalmente se siente impotente. La intensidad afectiva sustituye a la participación.

Por eso el choque emocional posee una temporalidad específica: acelera. Todo debe sentirse inmediatamente. La deliberación aparece como lentitud intolerable. Paul Virilio sostenía que la velocidad modifica la estructura misma de la política. En el régimen de aceleración mediática, quien controla el ritmo de aparición de los acontecimientos controla también el horizonte perceptivo común. La perturbación es una forma de dominio temporal.

Pero el efecto más importante quizá sea otro: la sacudida emocional desorganiza la proporcionalidad. Todo adquiere el mismo nivel de urgencia afectiva. Un meme, una guerra, una polémica trivial o una crisis institucional circulan dentro del mismo flujo de excitación continua. La sensibilidad colectiva pierde jerarquías.

En ese entorno, el líder transgresor encuentra una ventaja estructural. Comprende que la visibilidad importa más que la coherencia. Cada disolución de límites renueva atención. Cada exceso emocional fortalece presencia mediática. La política se vuelve producción de acontecimientos sensoriales. Tonos agresivos, gestualidad hiperbólica; el trauma se serializa. 

La vulneración es una estética, es una puesta en escena de un rompimiento permanente de límites. Las microcatástrofes sucesivas son una cristalización del dominio. De manera tal que el trauma mediático se vuelve una forma de gobierno. 

Volvamos a los grados de importancia entre el decir, el hacer lo que se dice y el cómo se dice. Los que trabajamos en el arte sabemos que no hay diferencia entre forma y contenido, que la forma es el contenido. De modo tal que el político transgresor no elimina la estética, la radicaliza.