¿Nolan traiciona a Homero?
La reciente y exitosa versión cinematográfica de La Odisea ha despertado intensos debates acerca de su fidelidad al poema homérico. En esta nota se plantea qué aspectos deberían considerarse para formular una opinión al respecto.
Hay historias que parecen esperar al cine. Por ejemplo, La Odisea, que contiene un viaje interminable, monstruos, naufragios, batallas, hechizos, islas desconocidas y un héroe que sobrevive contra toda posibilidad. Durante casi tres mil años, el relato de Homero ha demostrado una capacidad extraordinaria para atravesar épocas y lenguas, y ahora Christopher Nolan lo ha llevado a la pantalla. El resultado ha despertado discusiones, porque el director cinematográfico conserva mucho de Homero, pero también es mucho lo que elimina y transforma.
La pregunta, entonces, no sería si la película es fiel al original, ya que una adaptación cinematográfica nunca podría reproducir el muy extenso poema. La pregunta sería: ¿qué Odisea construye el director cuando decide conservar unas cosas y dejar otras afuera? O, formulado de una forma más drástica, ¿Nolan traiciona a Homero?
Adentrarnos en reflexionar sobre este interrogante, exige recorrer tres caminos. Primero, aquello que la película conserva, como ser las grandes aventuras, los monstruos, los peligros y el largo viaje de regreso. Después, aquello que falta, en especial la presencia decisiva de los dioses, pero también voces y episodios que construían el universo de Homero. Y finalmente, aquello que Nolan transforma, es decir, el sentido mismo del regreso y, con él, la figura de Odiseo (o Ulises, su nombre latino).
Lo que Nolan conserva. Si hay algo que Nolan no necesita modificar demasiado para llevar la Odisea al cine, es su extraordinaria historia de aventuras, ya que buena parte de la película sigue el itinerario que Homero había trazado en los cantos IX a XII. Como aclaramos en una nota anterior dedicada al poema homérico en este mismo medio (publicada el 16/08/2026), los más famosos desafíos que Odiseo debe enfrentar en su viaje de regreso de Troya constituyen solo una pequeña parte de la Odisea; son solo cuatro cantos de un total de veinticuatro. Aunque breve dentro del contexto global de la obra, seguramente se ha transformado en el tramo más famoso de la misma. Esa parte del viaje poblada de monstruos, hechizos, naufragios y tierras desconocidas es una materia que Nolan aprovecha para convertirla en una atractiva sucesión de episodios cinematográficos.
Entre estos episodios, por ejemplo, está el de Polifemo, el cíclope al cual Odiseo vence no con su fuerza, sino con su astucia. Debe tenerse muy presente que esta es la virtud principal del héroe homérico, al cual se lo cataloga como “polýtropos”, el hombre de muchos recursos. Conviene insistir en esta característica de Ulises: él no es como Aquiles, figura importante de la Ilíada, la obra de Homero donde se narra lo anteriormente sucedido en la Guerra de Troya. Aquiles personifica a la noción griega de “bie”, la capacidad física pura y la energía arrolladora manifestada en el combate; en cambio, Ulises representa la “mètis”, la astucia, la inteligencia táctica y el ingenio. En este sentido, aunque Nolan modifica otros aspectos del personaje, conserva este rasgo esencial suyo.
Por supuesto, también aparecen en el film los otros famosos episodios del poema como Circe, los lestrigones, las sirenas o Escila y Caribdis; es decir, los diversos peligros que Odiseo debe enfrentar es su accidentado viaje de regreso. Tampoco falta en la película Ítaca, con Penélope, Telémaco y los pretendientes que han ocupado la casa del ausente.
En suma, puede decirse que Nolan conserva la columna vertebral del poema, es decir, un hombre que parte de Troya, atraviesa durante años un mundo extraordinario y hostil y finalmente regresa al lugar del que había salido.
Lo que Nolan no conserva. La diferencia más evidente entre la película y el poema homérico es la falta de presencia de los dioses. En la Odisea no existe una frontera nítida entre el mundo humano y el divino. Los hombres toman decisiones, pero los dioses intervienen continuamente en ellas. Atenea protege a Odiseo; Poseidón lo persigue; Zeus arbitra; Hermes ayuda; las divinidades discuten entre sí y sus decisiones modifican el destino de los hombres.
Nolan conserva a Poseidón, particularmente a través de la furia que desata después de que Odiseo deja ciego a Polifemo, pero esa intervención queda prácticamente aislada. Lo que en Homero constituye un sistema permanente de fuerzas divinas se reduce en la película a unas pocas presencias. Atenea permanece, pero no es la diosa que actúa efectivamente sobre el mundo, sino una especie de figura interior, psicológica, de una presencia que acompaña a Odiseo.
La falta de intervención de los dioses en las acciones de los hombres no es un hecho menor. Por ejemplo, cuando Calipso retiene a Odiseo, en Homero su partida no depende tanto del deseo del héroe, sino de que Zeus decide que debe regresar y envía a Hermes para comunicarle a la ninfa que tiene que dejarlo partir. En la película, el complejo entramado de decisiones divinas desaparece, Calipso queda convertida en un personaje más humano y el regreso depende cada vez más de decisiones de los hombres. Lo mismo sucede con las numerosas disputas entre los dioses, con las profecías y todo aquello que convierte al universo homérico en un mundo donde los hombres nunca tienen el control completo de sus vidas.
Pero no es solamente el mundo divino lo que desaparece en la película, sino que también se pierden voces fundamentales, constituyendo un ejemplo muy significativo el descenso al inframundo, el Hades. Recordemos que, en Homero, Odiseo se encuentra allí con los muertos y conversa con ellos (no solo con Tiresias, el adivino ciego). Entre ellos, aparece nada menos que Aquiles quien, si en vida había elegido una existencia breve a cambio de una gloria inmortal, reconoce que preferiría seguir vivo aunque fuera como un hombre sin fama.
En suma, al desaparecer buena parte de los dioses y de las voces que acompañan al héroe después de la muerte, los acontecimientos quedan más directamente ligados a las decisiones humanas. Si Poseidón ya no explica todo, si Zeus no interviene continuamente, si Atenea no gobierna el destino de su protegido, si los muertos ya no ofrecen un contrapunto moral, entonces Odiseo queda más solo frente a sus actos. El mundo de Homero es un mundo en el que los hombres están sometidos a fuerzas que los superan; el mundo de Nolan se parece mucho más al nuestro, un mundo en el que un hombre debe responder por lo que hizo.
Lo que Nolan transforma. Como señalamos en la mencionada nota anterior, en el poema homérico el objetivo de Odiseo es el “nòstos”, el viaje del regreso al hogar. Después de veinte años, el héroe quiere recuperar a Penélope, reencontrarse con Telémaco y volver a ocupar su lugar como rey. La casa ha quedado desordenada durante su ausencia y los pretendientes se han apropiado de ella, y es precisamente el regreso de Odiseo el que debe reparar esa ruptura. Por eso el final del poema es, fundamentalmente, una restitución del orden.
Odiseo llega disfrazado de mendigo, recupera su identidad y junto con Telémaco mata a los pretendientes. Después se reencuentra con Penélope y finalmente recupera su lugar. En Homero, el viaje puede haber durado mucho, pero no ha destruido la identidad del héroe. El que vuelve sigue siendo esencialmente el mismo.
Incluso la violencia del final debe entenderse dentro de esa lógica. Quizás para nuestra sensibilidad la matanza de los pretendientes puede resultar brutal. Pero tengamos en cuenta que el poema va todavía más lejos, pues las sirvientas que habían mantenido relaciones con ellos también son castigadas y ejecutadas. Dentro de la concepción griega del restablecimiento de un orden familiar y social, la violencia forma parte de esa restauración.
En cambio, en Nolan esa violencia aparece despojada de buena parte de su justificación heroica. No solamente desaparece el episodio de las sirvientas, sino que especialmente cambia la relación del propio Odiseo con aquello que ha hecho. El héroe cinematográfico carga con una culpa que no encontramos en Homero. El caballo de madera de la guerra de Troya, muestra de la astucia de Odiseo, se convierte en la película en fuente de remordimiento. El saqueo de Troya deja de ser simplemente la victoria de los griegos y se transforma en una catástrofe moral. De ahí que el viaje adquiera otro significado. Odiseo ya no está solamente queriendo llegar a Ítaca, sino que está tratando de llegar a una versión de sí mismo con la que pueda convivir.
En Homero, la llegada a Ítaca cierra el movimiento iniciado muchos años antes. El rey vuelve y reanuda su reinado. Penélope recupera a su esposo, Telémaco recupera a su padre y la casa recupera a su dueño. El viaje concluye porque el orden ha sido restituido.
El cierre que Nolan le da a su película es muy distinto. Odiseo consigue recuperar Ítaca, pero decide no quedarse con ella. Telémaco queda como rey, mientras Odiseo y Penélope parten juntos hacia un destino incierto, en un exilio elegido por el propio héroe. El hombre que vuelve no puede simplemente ocupar el lugar que había dejado tiempo atrás porque el viaje lo ha transformado. Ya no puede regresar siendo el mismo. Por eso el final de Nolan tiene un sentido psicológico que no es central en Homero.
Podría decirse que las diferencias entre las dos obras terminan formando un sistema. Nolan elimina la mayor parte de los dioses y al hacerlo hace más humano el universo; a su vez, ello hace más pesada la responsabilidad individual; esto en consecuencia transforma al héroe, lo cual implica el cambio del sentido del regreso.
En suma, como señalamos anteriormente, Nolan mantiene el armazón general del poema homérico y los episodios más famosos del mismo. Por eso, si alguno quisiera acusar al director cinematográfico de traicionar a Homero, debería basar su reproche en la transformación profunda del sentido de la obra. Mientras el aedo griego compuso una epopeya sobre el regreso al hogar, Nolan ha hecho una película sobre la imposibilidad de volver completamente a quien uno fue. En la versión actual, el regreso ha dejado de ser la recuperación del pasado y se ha convertido en una forma de enfrentarse con él.
*Licenciado en Letras (UBA), magíster en Sociología de la Cultura (UNSAM). IG @carloscampora100.
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