Fernando Noy

Fernando Noy: “No soy hombre: soy un andrógino”

Actor, poeta y figura clave de la contracultura, presenta un recital que cruza memoria, exilio y poesía, enlazando voces fundamentales con una experiencia escénica que revisita décadas de arte y disidencia.

Puesta. El artista, une escena, memoria y disidencia en vivo. Foto: GZA. DANIEL FRANCO

El discurso de Fernando Noy es un viaje hacia el pasado reciente del arte latinoamericano con pausas teóricas sobre la vida y el arte. Mucha de su experiencia se plasma en Andén alucinado. Los domingos a las 19 en el Galpón de Guevara (Guevara 326), sucede este recital poético con dramaturgia del propio Noy, junto a Guillermo Vega Fischer, quien realiza también la dirección de cuatro cantantes (Carolina Béjar, Sofía Drever, María Lilia Laguna y Silvina Suárez) y dos músicas (Amparo Blanco Fernández y Ana Ligia Mastruzzo). El protagonista lee textos propios y de Alejandra Pizarnik y Marosa Di Giorgio, mientras despliega su excéntrico y lírico modo de ser y de actuar. Después de sus inicios en la Argentina y exilado en Brasil durante la última dictadura cívico-militar, regresó a Buenos Aires y se convirtió en habitante y referente de la movida renovadora de los 80 y 90.

—¿Cómo se produjo esta reunión de un elenco donde estás vos y el resto, intérpretes mujeres?

—Es una brillante conjunción que dirige Guillermo Vega Fisher. Los poemas conjuran su propia vida y son habitados por mí transmitidos en la acción: en torno a eso está lo lirico, que son estas cantantes maravillosas y músicas. Es como una pseudo orquesta de señoritas. Y yo, que no soy hombre: soy un andrógino, un hermafrodita, soy como Heliogábalo, transparencia total.

—¿Cómo es la selección de textos? ¿Podrías compartir un fragmento?

—Guillermo bautizó todo sacando “andén alucinado” de uno de mis poemas (que ahora salen como mi obra completa, por editorial Evaristo). Están amalgamados con esa tragedia maravillosa de la Pizarnik y el exotismo, el surrealismo más puro de la lengua de Marosa: “Deja tu comarca entre las fieras y los lirios. Y ven a mí esta noche, oh, mi amado, monstruo de almíbar”. Es como una trinidad mística todopoderosa.

—A Alejandra la conociste. ¿Cómo fueron el encuentro y la amistad?

—En los 70, por el falso azar de la vida, nos conocimos y por un año no nos separamos. Después ella se fue. En casa de un amigo, yo había visto un libro de ella dedicado. Era Extracción de la piedra de la locura: tenía su dedicatoria y el teléfono: 40-42-27. La llamé. ¿De dónde sacó mi número?”. Le dije. “Ah, no te manda nadie: mejor”. Tuve la dicha de ser su último amigo quizás. Hay grandes voces como Sylvia Plath u Olga Orozco, pero Pizarnik se encarna en lo cotidiano y es adorada y epigonada por la juventud.

—¿También conociste a Marosa?

—Sí. Entre los 70 y 80, yo publiqué poemas en Mantrana 7000, una revista marginal pero poderosa, paralela a Sur. Ahí leí a Marosa y quedé fascinado. La directora de la revista, Beatriz Eichel, como supo que yo iba a ir a Punta del Este, me pidió que le llevara ejemplares a Marosa. Como ella era poeta de café, de confitería, la busqué en el Sorocabana, de Montevideo. Ahí estaba esa mujer fascinante con una polera ajustada, sus pechos, su cabello rojo y su bocota, escribiendo y escribiendo. Le di las revistas y ahí comenzó una amistad que no se terminó nunca. Después, como yo estaba trabajando en la gestión de Cecilia Felgueras, en el Centro Cultural Rojas, vino Marosa invitada y presentamos [su poemario] Clavel y tenebrario.

—¿Tenés nostalgia de esa época? ¿Hay poetas en la actualidad? ¿Hay renovación de la poesía?

—No es buena la limitación sobre la edad. Yo ahora estoy descubriendo otros poetas. No existe buena o mala poesía, ni joven ni vieja poesía. Se es o no se es poeta. Olguita Orozco y Amelia Biagioni o descubrir a Yamil Dora o a Mario Varela (con quien hice la película Lo Noy, estrenada en abril): no considero que la edad marque tanto. En otra línea, están Selva Almada, Dolores Reyes, Beatriz Bignoli, que acaba de ganar el Premio Nacional de Poesía; Rafael Cippolini, gran poeta. En recitales, descubro infinita cantidad de poetas, como Roxana Artal, otra gran poeta.

—¿Y qué define a la poesía?

—Hay algo subyacente, una luz propia que no es habitual. Es fácil: es como catar un buen vino; te das cuenta. Hay poetas que se la creen y no lo son. Está el juego de la impostura y ahí yo me desaparezco. De poesía hay recitales todo el tiempo, y es porque la poética es la única arma milagrosa que salva al ser, de tanta tragedia que estamos viviendo.

—En tus participaciones, siempre es potente y significativa la ropa que llevás. ¿Cómo se construye tu vestuario, tu guardarropas?

—Uso un vestuario con cosas que me separan de lo cotidiano. En los numeritos, mezclo cosas, colores. Tengo mucha ropa antigua (sacos, túnicas, collares) y vestuarios con cuestiones siempre andróginas. El vestuario es parte de la desnudez de tu alma. En el hecho poético, no te vestís sino que te desnudás. El personaje tiene que estar representado con algo. Con Batato Barea, el clown, payaso, travesti, buscábamos en los tachos de basura. Fuimos las primeras cartoneras de los vestuarios. Mientras yo estaba filmando Yo la peor de todas, con María Luisa Bemberg, Batato se estaba por ir a un festival en Europa y me pidió algún vestido de novia, porque él iba a presentar mi poema “Las novias pobres”. Yo vivía cerca de la Iglesia de Flores, caminé cinco cuadras y encontré un montón de cajas con vestidos de novia de una antigua sedería. Lo llamé a Batato desde un teléfono público, un orejón, a las diez de la noche y se vino desde el Abasto, fascinado. Hay cierta sincronía mágica con el vestuario.

—Usaste el adjetivo “andrógino”. ¿Qué te significa el término “queer”?

—Los jóvenes de ahora usan el término “queer” y “lgtb”. Yo, antes que Fernando Peña, fui el primero que dijo en un programa de televisión: “yo soy puto”. Lohana Berkins decía: “Yo no soy ni gay, ni queer; yo soy mujer travesti”. Yo tengo casi 80; yo no digo “queer”. Lo Noy, el título de la película, es neutro: ni “el Noy” ni “la Noy”. Me digo trola, mamplora, mariquita. Tiene que ver con el universo homosexual asumido, superado, llevado, mantenido, enorgullecido.

—¿Esta experiencia del, como lo nombrás, “universo homosexual” asumido, fue siempre así?

—Yo me tuve que escapar de la Argentina en 1972, porque ya venía la cosa grave y yo era loca, hippie de pelo largo. Había un edicto: si eras trola, te llevaban presa tres veces; a la cuarta, te mandaban a Devoto. Mi padre me dijo: “Te tenés que ir del país”. Me iba a ir a Francia, donde mi familia tiene parientes. Pero en una noche, vi a Vinicius de Moraes con Toquinho. Ahí le dije a mi papá que me iba a ir a Bahía. Estuve del 72 al 82: aunque había un régimen militar, eran unos hijos de puta que todavía no reprimían tanto. Cuando Caetano volvía de Londres, Brasil era como Woodstock, con la gente semidesnuda. Acá se prohibía el Carnaval en 1977, mientras yo era consagrada la reina del Carnaval de Bahía. En el 83, volví a la Argentina. En el 85, nace Cemento; me invitan Omar Chabán y Katja Alemann; conozco a Batato, empieza la era Parakultural. En los 90, nace la periferia de Ave Porco, Morocco.

—¿Y ahora?

—Hoy ya tengo un tránsito, estoy recogiendo los frutos sagrados de una errancia. Tengo la libertad absoluta, puedo hacer lo que quiero. El trolaje joven no sufre consecuencias como pasamos nosotras, las viejas chotas que estamos vivas. No hay tanta represión como entonces. Antiguamente, era como ser criminal, delicuente; hoy veo chicas besándose en el subte, chicos de la mano. Hoy hay travesticidos y también la posibilidad de no esconderte. Me encontraré en el Paraíso con Pedro Lemebel, con Lohana, las figuras que transitamos la tragedia anterior.