Mariela Asensio

Mariela Asensio:“Las redes sociales son muy nocivas”

La artista estrena La generación cansada, una obra inspirada en Byung-Chul Han que combina teatro, música e inteligencia artificial para pensar el agotamiento contemporáneo.

Trabajo. Una experiencia escénica que cruza música, objetos, cuerpos e inteligencia artificial en tiempo real. Foto: GZA. PRENSA MERCEDES OTERO

La actriz, dramaturga y directora Mariela Asensio suma un nuevo proyecto a los varios que ya venía realizando. En La generación cansada, reúne a un elenco numeroso, que actúa, canta, toca instrumentos: Cecilia de Paoli, Pablo Toporosi, Caro Wolf, Valentino Alonso, Muriel Sago, Paco Gorriz, Federica Presa, Eug Karla, Cou Molfese. Con este equipo, los sábados a las 21 en el Teatro del Pueblo (Lavalle 3636), expone sus ideas, en forma escénica, sobre el estado de la sociedad actual, sus vínculos con las nuevas tecnologías, las redes y el agobio producto de demandas incesantes. En paralelo, continúa con propuestas muy diversas: dirige a Dalia Gutmann en su espectáculo Experiencia Dalia Gutmann, y también dirige su texto Soy Dicky del Solar, interpretado por Ezequiel Campa, mientras sigue de gira El divorcio del año, pieza escrita con José María Muscari.

—¿Esta nueva obra remite a una generación, a un grupo de determinado rango de edad? ¿Y de qué está cansada?

—El título alude a La sociedad del cansancio, de Byung-Chul Han. ¿Cuál es la generación cansada? Probablemente seamos todos, porque estamos atravesados por una lógica que impone el capitalismo tardío. La sociedad de control devino en sociedad del rendimiento. No hay solo cansancio físico, sino también un agotamiento más profundo (subjetivo, vincular, mental, sensible) producido por la autoexigencia permanente, la hiperconexión, la productividad como mandato.

—¿Con qué materiales, recursos, armás está obra?

—Quise que la obra fuera profundamente analógica, sin pantallas. Elegí trabajar con cosas, objetos, cuerpos, voces, materialidad, sin una progresión argumental tradicional (principio, nudo y desenlace), pero con concatenación de partes: escenas, imágenes, canciones, preguntas, irrupciones. Al mismo tiempo, la obra está atravesada por una inteligencia artificial, porque estamos conectados a una herramienta con la que interactuamos en vivo. El cuerpo humano, la palabra, la música, los objetos dialogan con algo que pertenece a otra lógica.

—¿Cómo es ese diálogo con la IA? ¿Cuál es tu opinión sobre este tema?

—No me interesa bajar línea. Prefiero problematizar. No me preocupa tanto que la inteligencia artificial se humanice, sino que lo humano se automatice, que deleguemos no solo tareas, sino también pensamiento, sensibilidad, deseo, imaginación. La generación cansada no habla de la tecnología como tema aislado, sino del sistema que la produce y de las subjetividades que ese sistema necesita. Habla de automatización, hiperconexión, pérdida de comunidad, salud mental, relaciones interpersonales, en un ecosistema en el que la tecnología ya no es exterior a nuestras vidas: está inmersa en lo cotidiano. ¿Cómo nos vinculamos, qué hacemos con el cansancio, con la ansiedad, con la necesidad de mostrarnos? La obra intenta pensar una época, desde el teatro.

—¿Qué mirada tenés sobre las redes sociales? ¿Imaginás una sociedad que deje de usarlas?

—No logro imaginar con claridad el mundo que viene. Todo cambió tanto y tan rápido, que imaginar un futuro se volvió difícil. Creo que las redes sociales son muy nocivas por muchas razones. Principalmente porque son dispositivos diseñados para captar nuestra atención y convertir nuestro tiempo en valor de mercado. No están pensadas para vincularnos mejor ni para ampliar nuestra experiencia del mundo, sino para retenernos ahí, mirando, reaccionando, produciendo, consumiendo. No sé si imagino un regreso a un mundo sin redes. No creo que el movimiento sea tan simple. Pero sí percibo un desgaste muy grande. Hay una saturación evidente. 

 

“Permanecer es una forma de resistencia?

A.M.

—¿Podés elegir los trabajos que hacés o la presión económica te puede llevar a aceptar propuestas que no te convencen? ¿Qué te sucede en relación a mostrarte laboralmente en redes o en entrevistas? 

—La verdad es que me considero bastante privilegiada, porque en gran medida puedo elegir lo que hago, y en esta coyuntura no todo el mundo puede hacerlo. Desde ese punto de vista, no me siento forzada a sostener proyectos que no me interesan. Pero el hecho de vender es extenuante. Me agotan las redes y la nueva lógica de comunicación me parece alienante. Sin embargo, la surfeo. Soy bastante activa en redes, incluso cuando me incomoda. Me gustaba más una época en la que hacíamos notas para difundir lo que hacíamos, sin la obligación permanente de generar “contenido” por fuera de la obra misma. Ahora la sensación es que todo el tiempo hay que estar produciendo algo: una imagen, una frase, un video, una intimidad, una explicación. Y eso también es agotador.

—Seguís siendo docente en una universidad pública: la Universidad Nacional de las Artes. ¿Por qué seguís allí pese a los salarios bajos, sin cumplimiento de la Ley de Financiamiento Universitario?

—Por militancia. Creo fervientemente en la educación pública. A mí la educación pública me dio muchísimo, y seguir ahí también es una forma de devolver algo de lo que recibí. Son espacios que defiendo habitándolos. No solo desde una posición discursiva, sino estando ahí, dando clases, acompañando procesos, sosteniendo una práctica. En un contexto tan adverso, permanecer también es una forma de resistencia.