El alto costo de los diplomáticos aficionados de Trump
La falta de expertise diplomática generó tensiones con aliados y dejó vacantes cerca del 40% de las embajadas, afectando negociaciones clave. Ahora, en su segundo mandato, el presidente volvió a apostar por designaciones políticas, como el multimillonario Warren Stephens como embajador en el Reino Unido.
PRINCETON – Muchos elementos de la reciente reunión del presidente ucraniano, Volodymyr Zelensky, con Donald Trump en Mar-a-Lago fueron desconcertantes, por no decir deprimentes. Para empezar, ningún funcionario estadounidense recibió al jefe de Estado ucraniano a su llegada a Miami, lo que contrasta radicalmente con la pompa y la solemnidad con que se recibió al presidente ruso, Vladimir Putin, en Anchorage, Alaska, el pasado mes de agosto.
Pero aún más inquietante fue la ausencia de diplomáticos capacitados y experimentados en el lado estadounidense de la mesa de negociaciones. En su lugar, estaban la jefa de Gabinete de la Casa Blanca, Susie Wiles, y su adjunto, Steve Witkoff, un promotor inmobiliario con conexiones de larga data con Rusia, y el yerno del presidente, Jared Kushner.
Entre todos los daños que Trump ha causado en el primer año de su segundo mandato, la destrucción de la capacidad diplomática de Estados Unidos ha recibido relativamente poca atención. Pero, junto con el desmantelamiento del sistema de salud pública y el abandono injustificado de las energías limpias, puede que sea el que tenga más consecuencias.
En febrero-septiembre 2025, embajador británico en EE.UU. bajo Keir Starmer, gestionó relaciones con la administración Trump II y un acuerdo comercial pese a aranceles
Por supuesto, los presidentes de Estados Unidos tienen derecho a nombrar embajadores de su agrado, y muchos han elegido a donantes de campaña generosos. Pero estos destinos siempre se asignan a capitales menos importantes, donde los designados tal vez puedan salirse con la suya con una ignorancia ridícula sobre sus funciones (algo que el senador John McCain expuso memorablemente durante la presidencia de Barack Obama).
Pero, como suele ocurrir, la conducta de Trump es única en su género. El nepotismo que ha demostrado durante su segundo mandato es descarado. Por ejemplo, nombró al padre de Kushner, un delincuente convicto, embajador en Francia, y a la exnovia de su hijo, embajadora en Grecia (a cuyos ciudadanos ella había tildado de “aprovechadores”).
Luego está el nombramiento de figuras completamente incompetentes para llevar a cabo misiones que no solo son delicadas, sino directamente ofensivas. El intento de Trump de “adquirir” Groenlandia, un territorio autónomo dentro del Reino de Dinamarca, está siendo liderado por el gobernador de Luisiana, lo que añade sal a la herida contra un aliado de la OTAN. Otros puestos importantes han quedado vacantes, el tamaño del Consejo de Seguridad Nacional se ha reducido a la mitad y la aparente falta de preparación para el día después de la captura del presidente venezolano da fe de la ausencia de un proceso deliberativo, de una mala coordinación y de la escasez de personal calificado.
El desmantelamiento de la capacidad diplomática de Estados Unidos se debe en parte a un afán desacertado de eficiencia (que repite el fallido intento del secretario de Estado del primer mandato de Trump, el desafortunado exejecutivo de Exxon, Rex Tillerson). Pero también es consecuencia de una absoluta desatención, que ha dado lugar a una falta de coordinación y a un caos que recuerda a la primera administración Trump.
Nombrado embajador en Suecia (2019-2021), promovió lazos comerciales, defensa y cooperación ártica
Esto no ha pasado desapercibido para los adversarios de Estados Unidos, que están aprovechando la situación y, en algunos casos, incluso determinando de facto la composición de los equipos diplomáticos estadounidenses. Como reveló una investigación del Wall Street Journal, la administración Trump ha permitido que su propio enviado especial para Ucrania y Rusia quede completamente marginado en favor de Witkoff. (Asimismo, el príncipe heredero saudita, Mohammed bin Salman, deseoso de consolidar un mayor papel internacional para el reino, aparentemente jugó un papel decisivo en la consecución del resultado deseado por Putin).
En teoría, confiar en caras nuevas y en un enfoque poco ortodoxo podría ser defendible. Quienes no están condicionados por la sabiduría convencional podrían ser capaces de encontrar soluciones al pensar fuera de lo establecido. El propio Trump cree claramente que no saber nada sobre un conflicto es la forma más fácil de resolverlo. Pero esta estrategia de “la ignorancia es poder” aún no ha dado resultados estables.
Cualquier esperanza de que Estados Unidos se beneficiara de volverse más impredecible se ha desvanecido, sobre todo porque Trump y los leales que envía al mundo son totalmente predecibles. Han declarado abiertamente su deseo de buscar “acuerdos” financieramente ventajosos, lo que implica que se han relegado a un segundo plano las preocupaciones geopolíticas o estratégicas. De todas las formas posibles, empezando por la “pausa” en la aplicación de la Ley de Prácticas Corruptas en el Extranjero, la administración Trump ha dado señales de que Estados Unidos no solo está abierto a los negocios, sino que también acepta sobornos con gusto.
Desde esta perspectiva, el camino hacia una paz duradera está plagado de oportunidades comerciales mutuamente beneficiosas. Si bien se muestran ostensiblemente comprometidos con el “iliberalismo”, los trumpistas, en realidad, exhiben una creencia ingenua y canónicamente liberal en lo que los pensadores del siglo XVIII llamaban doux commerce (“comercio amable”). Pero, de la misma manera que Alemania aprendió por las malas cuando confió en los lazos comerciales para transformar Rusia para mejor, los supuestos beneficios de la interdependencia no se materializarán si una de las partes tiene otras prioridades.
La guerra contra los diplomáticos forma parte de una larga campaña contra el profesionalismo. Si bien el movimiento MAGA de Trump alimenta el resentimiento contra “la élite”, no todos los poderosos están incluidos en esa etiqueta. Los partidarios de MAGA no tienen ningún problema con que los multimillonarios dominen el gabinete de Trump -solo con aquellos que reclaman autoridad sobre la base de una formación y educación especializadas-. En resumen: los burócratas no electos son malos; los promotores inmobiliarios no electos son buenos.
Al crear la impresión de que los profesionales menosprecian a la gente común y no ven soluciones que cualquier persona con sentido común podría encontrar, MAGA canaliza la larga tradición estadounidense de anti-intelectualismo. En el proceso, Trump está empobreciendo, debilitando y haciendo más manipulable a Estados Unidos en el escenario mundial. Si bien es cierto que se pueden encontrar motivos para criticar el tan cacareado “orden internacional liberal”, al menos éste reconocía que existe una verdadera demanda global de reglas comunes y estabilidad.
Trump llamó a los iraníes a “tomar sus instituciones” y aseguró que “la ayuda está en camino”
Trump, ahora inmerso en un proyecto descaradamente neoimperialista en Venezuela, le ha brindado a China una oportunidad de oro para presentarse como garante de esa estabilidad. China también puede presentarse como proveedora del tipo de experiencia que Trump ha destruido sin miramientos (aunque su poder blando no se acerque ni remotamente al de Estados Unidos). Como ocurre con muchas otras características distintivas de Trump 2.0, el desmantelamiento de la diplomacia estadounidense llevará a los historiadores del futuro a preguntarse por qué Estados Unidos decidió desperdiciar tanto, con tanta rapidez y sin sentido.
*Jan-Werner Mueller, profesor de Política en la Universidad de Princeton, es el autor, más recientemente, de Democracy Rules (Farrar, Straus and Giroux, 2021).
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