opinión

Si Raúl Castro es secuestrado

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

La idea de un secuestro de Raúl Castro por parte de Estados Unidos ya no pertenece del todo a la imaginación paranoica latinoamericana. Hace apenas unos años habría sonado a delirio de sobremesa, a residuo retórico de la Guerra Fría. Pero después de Venezuela el problema dejó de ser la verosimilitud y pasó a ser el cálculo.

Trump descubrió que el “modelo Venezuela” funciona como doctrina regional: asfixia económica, operaciones psicológicas, negociaciones paralelas, acusaciones judiciales, infiltración sobre las élites gobernantes y, finalmente, la amenaza –explícita o no– de una extracción física del enemigo.

Cuba empezó a entrar en ese dispositivo lentamente, casi con método. Primero el bloqueo energético. Después las negociaciones ambiguas. Más tarde los contactos con figuras cercanas al entorno de Raúl Castro. Finalmente, la imputación judicial en Miami por el derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate.

Lo importante no es tanto la causa judicial –Estados Unidos lleva décadas administrando expedientes simbólicos contra enemigos extranjeros– sino el cambio de atmósfera. Washington ya no actúa como una potencia que busca disciplinar adversarios, sino como una que quiere exhibir capturas.

El caso Maduro alteró algo más profundo que el equilibrio venezolano: alteró la percepción del límite. Desde entonces, muchos gobiernos entendieron que la inmunidad territorial podía convertirse en una ficción administrativa. La soberanía pasó a parecerse a esos muebles viejos que siguen en la casa porque nadie tuvo todavía la energía suficiente para llevarlos a la vereda.

Raúl Castro tiene noventa y cuatro años. Eso vuelve todavía más inquietante la hipótesis. Porque una eventual captura no tendría utilidad práctica real. No cambiaría la economía cubana ni reorganizaría el poder interno de la isla. Sería, sobre todo, una imagen. Y las potencias contemporáneas trabajan cada vez más con imágenes.

Un anciano revolucionario bajando esposado de un avión militar en Florida produciría un efecto psicológico enorme sobre América Latina. Sería el mensaje definitivo de que el ciclo abierto en 1959 terminó no con una transición ni con una derrota militar clásica sino con algo más humillante: una operación policial.

Por eso el despliegue reciente alrededor de Cuba resulta tan significativo. Portaaviones en el Caribe, acusaciones penales, discursos de Marco Rubio prometiendo una “nueva relación” sin el actual régimen, contactos discretos con sectores internos y una presión económica destinada a erosionar la vida cotidiana hasta volver negociable cualquier cosa.

Trump parece haber entendido algo elemental: Cuba ya no puede sostenerse en el terreno épico. La revolución envejeció. La isla funciona hoy entre apagones, emigración y administración de escasez. El heroísmo dejó lugar a una fatiga social difícil de romantizar.

En ese contexto, la posibilidad de una operación sobre Raúl Castro deja de depender exclusivamente de su factibilidad militar. Depende más bien de una pregunta política: cuánto ruido internacional estaría dispuesto a tolerar Estados Unidos para obtener una victoria simbólica gigantesca en Miami.

Tal vez nunca ocurra. Tal vez la amenaza sea suficiente y el objetivo real consista apenas en fracturar desde adentro al régimen cubano. Pero incluso en ese caso, algo importante ya cambió, porque la idea del secuestro dejó de ser absurda.