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RDEsc: Marcelo Filzmoser presentó "Mudanzas", una novela sobre las decisiones que condicionan nuestra identidad

En Ronda de Escritores (RDEsc), por +Perfil, Marcelo Filzmoser presentó Mudanzas, una novela que explora cómo las decisiones individuales están atravesadas por la historia familiar, la cultura y las elecciones de quienes nos precedieron.

Marcelo Filzmoser, escritor. Foto: GENTE

¿Qué tan libres somos cuando tomamos decisiones? ¿Cuánto de lo que elegimos está condicionado por nuestra historia familiar, nuestra cultura y las decisiones de quienes nos precedieron? Esas preguntas atraviesan Mudanzas, la novela de Marcelo Filzmoser, que explora los vínculos, las separaciones y los caminos que se abren a partir de elecciones aparentemente cotidianas.

En diálogo con Osvaldo Quiroga, conductor de Ronda de Escritores, por +Perfil, el nuevo canal de Editorial Perfil, Filzmoser explicó cómo construyó la historia de una pareja en crisis y de un hombre que, después de separarse, inicia un recorrido que lo lleva a Montevideo y al norte de Uruguay. La conversación también derivó en una reflexión sobre el odio, la agresión y las dificultades actuales para construir espacios de diálogo y pensamiento.

Mudanzas: las decisiones que marcan una vida

Filzmoser explicó que el punto de partida de la novela fue el interés por comprender quién toma nuestras decisiones y cómo se construye nuestra identidad a lo largo del tiempo.

"Las decisiones que se van armando a lo largo de una historia, la acumulación, las decisiones que toma gente que estaba antes que nosotros, inclusive gente que no conocimos", señaló al describir el eje de la obra en +Perfil, el nuevo canal de Editorial Perfil.

Para el escritor, las elecciones individuales no pueden analizarse de manera aislada: incluso las decisiones aparentemente menores pueden tener consecuencias inesperadas y condicionar la vida de las generaciones siguientes. Como ejemplo, mencionó tanto la decisión de emigrar a otro país como la elección del camino para ir en bicicleta al trabajo, que eventualmente puede conducir al encuentro con alguien que terminará formando parte de una familia.

La novela comienza con una pareja de alrededor de 40 años, con hijos, cuya relación atraviesa una etapa terminal. Filzmoser decidió mostrar la intimidad de esa convivencia sin ofrecer explicaciones concluyentes ni imponer una interpretación sobre los personajes.

A través de escenas de la vida cotidiana —las comidas, las rutinas y los encuentros íntimos—, el lector descubre progresivamente el deterioro del vínculo.

Quiroga destacó una escena sexual en la que la pareja intenta mantener la intimidad mientras sus hijos están en la casa. La sutileza de ese episodio, sin recursos diseñados para provocar un impacto inmediato, le permitió reflexionar sobre la situación que atravesaban los protagonistas.

Una narración sin golpes de efecto

Durante la entrevista, Filzmoser defendió una forma de narrar que evita los recursos destinados a captar la atención mediante la provocación constante.

"Esta novela no tiene algo a lo que estamos relativamente acostumbrados, que es el cachetazo para despabilar al zombi", afirmó.

El escritor cuestionó la lógica de una sociedad en la que las plataformas y las cadenas de entretenimiento recurren a estímulos permanentes para mantener la atención del público.

"Algo de sutileza, por favor, algo de sutileza. Déjeme que yo me fijo si es interesante o no", expresó.

En Mudanzas, esa elección se traduce en una narración que no busca resolver todas las preguntas de inmediato. El lector debe observar los comportamientos, interpretar los silencios y descubrir gradualmente qué sucede con los personajes.

Después de la separación, el protagonista masculino emprende un viaje que lo lleva a cruzar el Río de la Plata, instalarse en Montevideo y continuar hacia el norte de Uruguay, donde vuelve a enamorarse.

Para Filzmoser, ese desplazamiento representa también un cambio en la relación del personaje consigo mismo: en la primera parte de la historia, evita mirar de frente ciertas cuestiones personales; más adelante, comienza a tomar decisiones que había postergado.

¿Somos realmente libres cuando decidimos?

Uno de los momentos centrales de la conversación fue la reflexión sobre los límites de la libertad individual. Para Filzmoser, la identidad se construye desde antes de que una persona pueda tomar sus propias decisiones de manera consciente.

"Había muchas decisiones tomadas que inexorablemente iban a aparecer a la hora en que yo decida qué ropa ponerme", explicó, al referirse a las condiciones culturales, sociales y lingüísticas que recibe cada individuo desde su nacimiento.

El autor señaló que las elecciones personales están atravesadas por una historia previa que incluye a la familia, el entorno social y las circunstancias en las que cada uno crece. Incluso quienes forman parte de esa historia cambian con el tiempo, por lo que la identidad tampoco permanece inalterable.

Quiroga vinculó esa reflexión con el psicoanálisis y con la posibilidad de revisar aquello que una persona desconoce de sí misma, pero que condiciona su conducta.

Filzmoser coincidió en que comprender esos mecanismos resulta fundamental, aunque reconoció las dificultades que implica hacerlo.

"Entendemos poco. Poco de nosotros. En un mundo donde cada vez se entiende menos", resumió.

La novela explora precisamente ese terreno: las decisiones que creemos propias, los condicionamientos que no advertimos y la posibilidad de cambiar el rumbo cuando empezamos a reconocerlos.

El odio y la pérdida de los espacios de diálogo

La charla también se desplazó hacia el clima social y político contemporáneo. Quiroga cuestionó la creciente presencia de la crueldad, la agresión y la descalificación en el debate público, y advirtió que esas formas de comunicación dificultan la posibilidad de discutir ideas.

En ese contexto, Filzmoser señaló que el 2001 aparece de manera lateral en su novela, a través de escenas vinculadas con las marchas y de un capítulo titulado "Marcha". Para el escritor, resulta significativo que ciertos conflictos permanezcan presentes en la memoria colectiva, aunque con el paso del tiempo puedan parecer parte de la vida cotidiana.

"Vivimos una época donde predomina el odio", afirmó.

Filzmoser consideró que el odio es una reacción primitiva que puede perder intensidad a medida que las personas se desarrollan, leen y se acercan a la cultura. Su preocupación, explicó, es que esa lógica termine imponiéndose en las relaciones sociales y reduzca las posibilidades de intercambio.

Quiroga, por su parte, recuperó la idea de Baruch Spinoza sobre las pasiones tristes y advirtió que el insulto, la discriminación y la violencia desplazan la argumentación y terminan con la posibilidad de discutir racionalmente.

Pensar sin una utilidad inmediata

Para Filzmoser, uno de los problemas del presente es la dificultad para sostener conversaciones que permitan explorar ideas sin la necesidad de alcanzar resultados inmediatos.

El escritor defendió la importancia de pensar sin una finalidad pragmática, intercambiar argumentos y revisar las propias convicciones. Como parte de ese proceso, destacó la posibilidad de plantear una tesis, confrontarla con una antítesis y buscar una síntesis, sin considerar que las