Editorial de Jorge Fontevecchia

Día 1005: Por qué las pruebas PISA dan mal en todo el mundo

La crisis educativa ya no puede explicarse solo por la escuela: la pérdida de atención, el avance de las pantallas y la inteligencia artificial obligan a repensar cómo aprendemos. Argentina enfrenta además décadas de deterioro y un fuerte ajuste de la inversión, mientras otros países recuperan libros, lectura y límites al celular.

Día 1005 Editorial JF Foto: +Perfil

Atravesamos una crisis educativa global. La pérdida de atención, la revolución tecnológica y décadas de decisiones políticas. Mientras los celulares y la inteligencia artificial transforman la forma de aprender, la escuela sigue sin encontrar el equilibrio entre conocimientos básicos, pensamiento crítico, disciplina y autonomía. Argentina enfrenta además un deterioro estructural que ningún gobierno puede atribuir exclusivamente a su antecesor, pero que se vuelve más difícil de revertir cuando la educación es tratada como gasto antes que como derecho, como sostiene Milei. El desafío no es volver a la escuela del pasado ni entregarla a la tecnología, sino construir una política educativa capaz de preparar a los alumnos para un mundo que ya cambió. 

Quizás el problema educativo sea el más importante, porque la escuela no sólo transmite conocimientos: forma a los ciudadanos que van a construir la sociedad del futuro. De sus aulas surgirán quienes deberán votar, trabajar, convivir con otros, tomar decisiones y participar de una democracia atravesada por la tecnología y la inteligencia artificial. Una educación deficiente limita la capacidad de una sociedad para comprender sus problemas, discutirlos y encontrar soluciones colectivas.

Esto se relaciona justamente con una política que estamos teniendo desde Perfil, la idea de que la prensa impresa no sólo informó, sino que ayudó a expandir la alfabetización y formar ciudadanía, al convertir la lectura en una práctica cotidiana vinculada con la vida pública. Frente a una posible “desalfabetización” asociada al retroceso de la lectura profunda y al predominio de las pantallas, tenemos el proyecto de recuperar el papel como soporte de comprensión, memoria y atención. La idea es contribuir a una “Nueva Ilustración”, basada en pensamiento crítico, pluralidad y defensa de la verdad frente a la posverdad, las fake news, la polarización y las burbujas algorítmicas. La experiencia de países como Suecia, Finlandia, Noruega, Francia, Reino Unido, Alemania y Japón, el país mejor calificado en términos educativos, que están recuperando libros de papel, escritura manual y límites al uso de pantallas, consideran que las pantallas sirven para la interactividad pero no generan memoria ni capacidad de interligar, por lo que el papel puede y debe tener una función educativa estructural: con el papel sí se recuerda y sí se interliga.  

El proyecto propone durante un año un diario Perfil gratuito de lunes a viernes, de 32 páginas, con periodismo profesional, plural y de profundidad, distribuido principalmente en estaciones estratégicas del subte porteño a personas de edad potencialmente con hijos de edad escolar para que el diario pueda convertirse en una puerta de entrada al hábito de la lectura en papel y estimular posteriormente el acercamiento a libros y otros materiales impresos. La idea es aprovechar el tiempo de viaje y el contacto cotidiano con el diario para ofrecer una alternativa al consumo fragmentado y personalizado de las redes sociales, bajo el lema “Que el algoritmo no te imponga qué leer, elegí papel”.

Los datos que se difundieron ayer de las pruebas PISA 2025, reavivaron el debate internacional sobre la crisis mundial de aprendizaje y, fundamentalmente, la atención en las aulas. La cobertura de medios como Financial Times y El País ya no atribuye el deterioro únicamente a la pandemia: aparecen como factores centrales la distracción digital, el uso de celulares, la pérdida del hábito de lectura, la menor concentración y disposición al esfuerzo, e incluso el uso poco guiado de inteligencia artificial. Ustedes verán que acá se discute si es el kirchnerismo... el problema no tiene nada que ver con Argentina, es muchísimo más profundo y tiene que ver con la tecnología a nivel mundial.

Los datos sugieren que el problema comenzó antes del Covid. PISA 2022 ya había registrado una caída sin precedentes en los promedios de la OCDE: 15 puntos en matemática y 10 en lectura entre 2018 y 2022, en todo el mundo, mientras que la propia OCDE señalaba que algunas tendencias negativas ya existían antes de la pandemia. El adolescente actual creció rodeado de smartphones, videos cortos, notificaciones, multitarea y ahora IA, mientras que la escuela exige exactamente lo contrario: atención sostenida, lectura profunda, comprensión y resolución de problemas.

El deterioro es especialmente preocupante en América Latina, donde los niveles de partida son mucho más bajos. Según datos basados en PISA 2022, tres de cada cuatro adolescentes de la región no alcanzaban las competencias matemáticas fundamentales y aproximadamente la mitad tampoco lo hacía en lectura, ya antes de este proceso de caída mundial. Argentina prácticamente no cayó entre 2018 y 2022, pero eso significó más bien estancarse en niveles bajos: apenas el 27% de los estudiantes alcanzaba el nivel básico de matemática, frente al 69% promedio de la OCDE.

El fenómeno abre una discusión más amplia que la habitual crítica a PISA: ¿estamos creando una generación con más acceso al conocimiento pero menor capacidad para concentrarse en él? La economía de la atención de plataformas como TikTok, Instagram y YouTube recompensa los estímulos rápidos, mientras que aprender requiere esfuerzo y gratificación diferida. Sin embargo, países como Inglaterra, Japón, Corea del Sur, Singapur y Estonia muestran que la caída no es inevitable. Comparar qué hicieron esos sistemas —desde limitar celulares hasta recuperar la lectura extensa y fortalecer el rol docente— podría ofrecer respuestas más interesantes que simplemente lamentar los resultados argentinos.

Veamos un informe de France 24 al respecto

Hay una paradoja en el centro de la discusión educativa contemporánea: los países que mejor están logrando convivir con la tecnología no necesariamente son los que más tecnología ponen delante de los alumnos. China ofrece el ejemplo más extremo. TikTok, tal como lo conocemos en Occidente, no existe allí: la plataforma de ByteDance funciona bajo el nombre de Douyin, con una aplicación separada, servidores diferentes y reglas distintas. Tik Tok es una plataforma china que vemos en Occidente pero en China está totalmente controlada. La interfaz puede parecer prácticamente idéntica —videos cortos, scroll infinito y un algoritmo que aprende de cada interacción—, pero el entorno regulatorio y el contenido que se promueve son diferentes. En la versión china tienen mayor presencia los contenidos educativos, científicos y de “conocimiento”, mientras que el Estado también ejerce una regulación mucho más intensa sobre qué puede circular y sobre el comportamiento de los menores.

La diferencia resulta todavía más llamativa cuando se observa qué ocurre con los menores. Desde 2021, Douyin aplica un “modo juvenil” para los usuarios menores de 14 años que limita el uso a 40 minutos diarios y sólo entre las 6 y las 22 horas. Además, ese modo modifica las recomendaciones para priorizar contenidos considerados educativos o de conocimiento. Esto hace China con TikTok. No es simplemente una decisión de los padres de sacar el teléfono de las manos de sus hijos: es una intervención sobre el propio diseño de la plataforma y sobre el algoritmo que decide qué aparece en la pantalla. Occidente es envenenado con el Tiktok de Oriente. En Occidente, en cambio, la lógica dominante de las redes sociales ha sido durante años maximizar el tiempo de permanencia, la interacción y la cantidad de contenido consumido. TikTok tiene controles para menores y límites de tiempo, pero el modelo chino muestra hasta qué punto una sociedad puede decidir que la atención de los chicos es un bien que debe ser protegido mediante regulación.

De hecho, mientras Occidente pasó buena parte de la última década incorporando tablets, computadoras y plataformas digitales a las aulas bajo la promesa de que una escuela más tecnológica sería necesariamente una escuela mejor, varios países están empezando a recorrer el camino inverso. Suecia es quizás el caso más simbólico: después de haber sido uno de los países que más apostó por la digitalización escolar, su gobierno decidió volver a poner el libro físico y la lectura en el centro. El Estado sueco financió la compra de millones de libros y estableció como objetivo recuperar una enseñanza basada en conocimientos, lectura, escritura y matemática, mientras avanza hacia escuelas libres de teléfonos. El gobierno sostiene explícitamente que las herramientas digitales deben incorporarse cuando favorezcan el aprendizaje, no simplemente porque estén disponibles.

Su vecino Finlandia también está revisando su apuesta por la digitalización. En 2025 entró en vigor una reforma que restringe el uso de teléfonos y otros dispositivos móviles durante las clases, salvo cuando el docente autorice su utilización con fines educativos. En algunas escuelas finlandesas, además, se está produciendo un regreso concreto al papel: en Riihimäki, después de años de utilizar computadoras y prácticamente abandonar los libros en determinados niveles, docentes y familias impulsaron la recuperación de materiales impresos porque observaban que los alumnos se distraían, avanzaban superficialmente por las actividades digitales y perdían capacidad de concentración. La discusión ya no es tecnológica sino pedagógica: qué soporte ayuda realmente a comprender mejor un texto, recordar lo aprendido y sostener la atención durante una clase.

El movimiento no se limita a Suecia y Finlandia. Países Bajos prohibió desde 2024 el uso de teléfonos, tablets y relojes inteligentes en las aulas, salvo cuando sean necesarios para la enseñanza o por razones médicas; el propio gobierno sostiene que los dispositivos distraen y perjudican el rendimiento. Dinamarca, por su parte, destinó 540 millones de coronas a recuperar libros físicos dentro de un programa que busca una enseñanza más variada, con menos pantallas y más lectura. Francia acaba de extender la prohibición de teléfonos a las escuelas secundarias, después de que ya existieran restricciones para los niveles inferiores. Y en marzo de 2026, UNESCO informó que 114 sistemas educativos, el 58% de los países del mundo, ya cuentan con una prohibición nacional de teléfonos celulares en las escuelas, frente a menos de uno de cada cuatro en 2023.

PISA 2025: Argentina obtuvo sus peores resultados en Matemática

El debate sobre la atención cobra peso en la sociedad a medida que tenemos noción de lo nocivas que son las plataformas digitales. Un reciente fallo contra Meta en Estados Unidos responsabilizó a la empresa por el diseño de Instagram y su capacidad para generar adicción, y terminó con una indemnización de US$6 millones. Además, Meta acordó con 47 estados de EE.UU. nuevas restricciones y limitaciones de uso a dos horas diarias para adolescentes tras una demanda que cuestionaba el diseño de Facebook e Instagram para retener a los usuarios jóvenes. Los casos refuerzan una idea: la distracción digital no depende sólo de la disciplina de los estudiantes, sino también de plataformas diseñadas para capturar su atención.

Mientras alrededor del 25% de los estudiantes de la OCDE dice distraerse por los dispositivos de sus compañeros, la cifra es de apenas 4% en Japón y 9% en Corea. Esto sugiere que un adolescente puede tener smartphone y, al mismo tiempo, encontrarse en un aula donde ese dispositivo no ocupa el centro de la experiencia educativa.

Varios sistemas asiáticos combinan mayor exigencia académica, disciplina escolar y fuerte acompañamiento familiar. El rendimiento educativo conserva un alto valor social y familiar, mientras que la escuela y los exámenes mantienen una capacidad importante para establecer prioridades en estos países de Oriente. La OCDE también encuentra que los sistemas educativos más resilientes suelen presentar mejores condiciones de disciplina, seguridad y apoyo familiar. Además, los datos muestran que no toda tecnología perjudica: el uso de herramientas digitales con fines educativos puede asociarse con mejores resultados, mientras que el uso recreativo durante las clases se relaciona con peores desempeños.

Japón, Corea y Taiwán también se destacaron por su resiliencia durante la pandemia, al lograr mantener relativamente bien la continuidad educativa. Estos casos resultan especialmente interesantes porque se trata de sociedades altamente digitalizadas. Japón, por ejemplo, registró una proporción mínima de estudiantes que decía distraerse con dispositivos durante las clases de matemática. Es decir que el mismo dispositivo puede producir efectos diferentes según el contexto institucional y cultural.

Un ejemplo que acabo de recordar, a comienzos de los 90 empezaban a aparecer los juegos en pantalla y el más famoso, inicialmente, era Súper Mario. Al creador de Súper Mario, el cual era como un Disney digital en aquel momento, me tocó entrevistarlo en Kyoto, donde él residía, y él era amante de Italia por eso el personaje de Mario. Ahora, a sus hijos, no les permitía jugar al Súper Mario. 

Los estudiantes argentinos mostraron retroceso en las tres áreas evaluadas: Ciencias, Lectura y Matemática. Argentina obtuvo 393 puntos en Ciencias, 389 en Lectura y 367 en Matemática, todos por debajo de los resultados de 2022. Es la primera vez que el país cae simultáneamente en las tres áreas dentro de la serie comparable y, en Matemática, se registró el peor resultado histórico.

El deterioro se refleja especialmente en la proporción de estudiantes que no alcanza los conocimientos básicos. En Matemática, el 76% de los alumnos quedó por debajo del nivel mínimo establecido por PISA, mientras que en Lectura y Ciencias fueron aproximadamente seis de cada diez. Además, el 48,8% de los jóvenes argentinos de 15 años presenta un desempeño bajo en las tres áreas simultáneamente, frente al 19,7% del promedio de la OCDE. Solo el 1,2% de los alumnos argentinos alcanzó los niveles más altos en al menos una materia. En América Latina, el país quedó octavo. 

Pruebas PISA 2025: por qué Córdoba estuvo por encima de la media nacional

Un dato positivo aparece en la valoración de los docentes. Los estudiantes argentinos muestran una percepción favorable sobre el apoyo recibido de sus profesores de Ciencias: el 78% considera que se interesan por el aprendizaje de todos, el 73% afirma que continúan enseñando hasta que los alumnos comprenden y el 79% señala que brindan ayuda extra cuando es necesaria. Los tres indicadores superan los promedios de la OCDE, en contraste con un panorama general marcado por bajos aprendizajes y crecientes dificultades dentro del aula.

España también obtuvo en PISA 2025 los peores resultados de su historia, con una caída de 23 puntos en Lectura, 16 en Matemáticas y 8 en Ciencias respecto de 2022, quedando por debajo del promedio de la OCDE. Un tercio de los estudiantes españoles no alcanza siquiera el nivel básico en Lectura y Matemáticas, lo que implica dificultades para identificar la idea principal de textos de extensión moderada, localizar información o resolver situaciones matemáticas sencillas. 

Pero volviendo a Argentina, Carlos Torrendell, secretario de Educación de la Nación, atribuyó los malos resultados de Argentina en las pruebas PISA 2025 a una combinación de políticas educativas anteriores y el deterioro global provocado por la pandemia y cuestionó las políticas de los gobiernos kirchneristas, a las que calificó de “muy dispersas” y enfocadas en “el distribucionismo, en una inclusión mal entendida”. “La herencia del kirchnerismo es indudable”, dijo sin que se le caiga la cara, y sostuvo que el país comienza a revertir la situación al concentrarse en los aprendizajes fundamentales. En la misma línea, la Ministerio de Capital Humano responsabilizó a las gestiones anteriores por un deterioro acumulado durante años y señaló que las trayectorias escolares iniciadas en 2013 tuvieron impacto en los resultados. PISA 2025 mostró una caída argentina en Matemática, Lectura y Ciencias respecto de 2022 y 2018, con apenas 7,8% de los estudiantes alcanzando el nivel básico en las tres materias.

El deterioro educativo argentino, sin embargo, no puede explicarse solamente por las políticas de los últimos años. Hay un problema estructural que se remonta a la transformación del sistema durante los años 90. En 1992, durante el gobierno de Carlos Menem, la Nación transfirió a las provincias buena parte de las escuelas que dependían del Estado nacional, consolidando un esquema en el que los gobiernos provinciales pasaron a financiar aproximadamente el 75% del gasto educativo. La descentralización no implicó por sí misma un derrumbe de la inversión, pero sí dejó un sistema más fragmentado y dependiente de las capacidades fiscales de cada provincia.

Después de la crisis de 2001 hubo una recuperación significativa de la inversión educativa. En 2005 se sancionó la Ley de Financiamiento Educativo, que estableció como objetivo llevar progresivamente el gasto consolidado en educación, ciencia y tecnología al 6% del PBI en 2010, mientras que en 2006 la Ley de Educación Nacional convirtió a la educación en una política de Estado. Sin embargo, esa meta tuvo un cumplimiento irregular: según el Observatorio Argentinos por la Educación, en los últimos 40 años el 6% sólo se alcanzó una vez. Y desde 2016-2018 volvió a observarse un retroceso: CIPPEC calculó que entre 2016 y 2018 la inversión educativa nacional cayó 9% en términos reales.

Con Javier Milei, el ajuste adquirió una magnitud mucho mayor. Según Argentinos por la Educación, la inversión educativa nacional cayó 40,2% en términos reales entre 2023 y 2024, mientras que la inversión de la Secretaría de Educación se redujo 43%. Para 2025 se proyectaba que la inversión nacional en educación representara apenas el 0,8% del PBI, frente al 1,48% de 2023, la mitad de la inversión que había cuando Milei asumió. El deterioro tampoco es exclusivamente nacional: en 19 de las 24 jurisdicciones la inversión educativa de 2024 fue menor que en 2014 y 22 provincias recortaron su presupuesto educativo respecto de 2023. 

Veamos un fragmento de lo que opina Milei sobre la educación.

Los malos resultados de PISA no pueden atribuirse a una sola administración: expresan décadas de problemas acumulados, desigualdades entre provincias, crisis económicas recurrentes y, más recientemente, una fuerte reducción de los recursos destinados al sistema. Y además a cambios tecnológicos. 

El desafío que excede la discusión sobre el financiamiento y las políticas educativas: la escuela debe adaptarse a un cambio tecnológico y cultural de una velocidad inédita. Los alumnos llegan al aula después de crecer con smartphones, redes sociales, algoritmos e inteligencia artificial. No se trata simplemente en prohibir esas tecnologías, sino en enseñar a utilizarlas sin que reemplacen la atención, la lectura profunda, el pensamiento crítico y sin echarnos las culpas los unos a los otros. 

El pedagogo brasileño Paulo Freire cuestionó una educación basada exclusivamente en la transmisión de conocimientos y defendió una enseñanza que estimulara la reflexión, el pensamiento crítico y la autonomía de los estudiantes. En Pedagogía del oprimido, planteó su crítica a la llamada “educación bancaria”, en la que el alumno recibe pasivamente conocimientos que otros consideran necesarios. En un mundo en el que la inteligencia artificial puede entregar una respuesta en segundos, el desafío quizás no sea solamente conseguir que los alumnos sepan más, sino que conserven la capacidad de pensar, preguntar, dudar y construir conocimiento por sí mismos.

El problema es que tampoco alcanza con oponer pensamiento crítico a conocimientos básicos. Un estudiante necesita herramientas para pensar, pero también necesita saber leer, comprender, escribir y resolver problemas para poder utilizarlas.  Hay algo de cierto en que una crítica unilateral a la escuela como “institución de disciplinamiento”, como planteó Michel Foucault, generó grandes críticas al sistema pero no encontró mecanismos alternativos que dieran resultados positivos para estimular el aprendizaje. 

El aporte de Foucault resulta útil para entender cómo la escuela moderna también funcionó como una institución de orden, vigilancia y normalización. Pero detectar esos mecanismos de disciplinamiento no resuelve por sí mismo una pregunta mucho más concreta: cómo conseguir que un chico aprenda. La crítica a las formas tradicionales de autoridad y evaluación permitió poner en discusión prácticas que podían ser rígidas o excluyentes, pero en muchos casos no estuvo acompañada por una definición igualmente clara de con qué debía reemplazarlas, cómo sostener la atención, cómo transmitir conocimientos y cómo evaluar si efectivamente se estaba aprendiendo.

Tal vez el desafío educativo actual sea justamente encontrar ese equilibrio: recuperar los aprendizajes fundamentales sin convertir la escuela en una máquina de respuestas, y aprovechar la tecnología sin permitir que piense en lugar de los alumnos. Es difícil pensar una transformación profunda cuando el gobierno parte de una concepción que coloca al gasto público como un problema antes que a la educación como una inversión, y que reduce la discusión educativa a una cuestión presupuestaria o al gobierno anterior.

Y hay otro problema que suele quedar fuera de la discusión educativa: el ejemplo que reciben los alumnos de quienes ejercen la máxima autoridad política. En marzo de 2026, durante la apertura de las sesiones ordinarias del Congreso, Javier Milei pronunció al menos 56 insultos en poco más de una hora y media, según un relevamiento de Chequeado, y calificó a opositores de “ignorantes”, “chorros”, “cavernícolas” y “asesinos”. En agosto, además, volvió a utilizar sus redes sociales para descalificar e insultar a periodistas, a quienes llamó, entre otras cosas, “ignorantes e imbéciles”. ¿Qué puede decirle un docente a un alumno que no insulte, no humille o no haga bullying a un compañero si el presidente de la Nación utiliza habitualmente la agresión verbal como forma de confrontación política? La escuela puede enseñar normas de convivencia, pero esas normas pierden fuerza cuando las figuras de mayor autoridad de la sociedad muestran que el poder también puede ejercerse mediante el agravio y la humillación. La educación no es solo la escuela, sino es de todos.

Argentina empeoró su desempeño en las PISA 2025: 8 de cada 10 estudiantes no logran niveles básicos en Matemática

Esto no significa establecer una equivalencia entre una discusión política y el bullying escolar, sino reconocer que la educación también ocurre fuera de las escuelas y por imitación. Un adolescente aprende de sus docentes, de sus padres, de sus compañeros, pero también de las figuras públicas que ocupan permanentemente el espacio de las redes, la televisión y los medios. Si desde arriba se transmite que ridiculizar al adversario, gritar más fuerte o descalificar al que piensa distinto es una manera legítima de ganar una discusión, después resulta mucho más difícil construir dentro del aula una cultura basada en el respeto, la escucha y la argumentación. No alcanza con pedirle a un chico que sea mejor ciudadano que los adultos que gobiernan el país: quienes ejercen el poder también educan, incluso cuando no están hablando de educación.

La Argentina necesita discutir qué escuela quiere para las próximas décadas, qué conocimientos considera fundamentales y cómo preparar a sus alumnos para un mundo atravesado por la inteligencia artificial y las redes sociales, pero para hacerlo necesita invertir, planificar y sostener esa discusión más allá de los ciclos electorales. Sin recursos, sin debate y sin un proyecto educativo de largo plazo, la crítica a los viejos modelos corre el riesgo de terminar simplemente en una escuela con menos herramientas para enfrentar los nuevos problemas.

 

Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira

 

LMM