Drones kamikazes IA y la gamificación de la guerra
Detrás de un escritorio ergonómico en Múnich, un joven gamers le enseña a matar a un algoritmo.
El reloj marca las ocho de la mañana cuando Alex ingresa al complejo de oficinas de una startup de DefTech en las afueras de Múnich. No hay uniformes militares, banderas ni armas a la vista. El lugar huele a café recién filtrado, aire acondicionado y alfombra sintética. Hasta hace dos años, Alex pasaba sus noches frente a Twitch compitiendo en ligas europeas de simulación FPV. Hoy, su contrato de noventa mil euros al año dice que es «Especialista en Generación de Datos Sintéticos y Simulación Táctica».
Su estación de trabajo es un escritorio ergonómico con tres monitores curvos de alta frecuencia de refresco, un visor de realidad virtual y un joystick idéntico al que usaba en sus torneos. Al ponerse las antiparras, no entra a un videojuego, sino a una réplica hiperrealista de la estepa ucraniana o de una zona residencial en Medio Oriente.
Enseñar a matar a un algoritmo
La jornada consiste en volar. Durante cuatro horas seguidas antes del almuerzo, Alex debe repetir quinientas veces la misma maniobra: hacer descender un dron suicida simulado entre el ramaje de los árboles, corregir el timón ante vientos cruzados repentinos e impactar contra el chasis de un vehículo en movimiento.
Cada movimiento de sus manos, cada microcorrección de las palancas y cada cambio en el ángulo de vuelo quedan registrados en el código fuente. Sus decisiones motoras alimentan un modelo de aprendizaje por refuerzo. Alex es una suerte de profesor del algoritmo para que el dron reconozca el entorno y tome la decisión de atacar de manera autónoma cuando pierda la conexión de radio en el campo de batalla real, a miles de kilómetros de la tranquilidad de su escritorio.
La nueva asimetría del campo de batalla
Los drones con inteligencia artificial han transformado la guerra moderna al convertirse en el eje estratégico decisivo en frentes actuales como Ucrania y Medio Oriente. Su principal avance radica en la inmunidad ante la guerra electrónica: mediante algoritmos de visión por computadora integrados, la aeronave navega e identifica objetivos localmente, ejecutando ataques precisos aun si se interrumpe la señal con el operador o el GPS. Esta tecnología genera una asimetría económica sin precedentes, permitiendo que dispositivos de bajo costo destruyan equipamiento militar millonario. Además, la IA acelera la cadena de ataque al procesar datos en tiempo real y abre paso al despliegue masivo de enjambres autónomos que se coordinan sin control humano directo para saturar las defensas enemigas.
Alex no siente culpa. Asegura que su tarea es puramente técnica y que la decisión letal de enviar un dron entrenado con sus movimientos la ejecuta un militar en el frente. Él es apenas uno de los decenas de miles de ingenieros en simulación que preparan a las armas autónomas, la última frontera del conflicto bélico.
De Eichmann a las pantallas táctiles
Los horrores del nazismo demostraron cómo las mayores crueldades pueden ser llevadas adelante por personas comunes, de manera cotidiana, casi sin advertirlo. A esto, Hannah Arendt lo llamó la «banalidad del mal». Durante el juicio de 1961 en Jerusalén, la fiscalía y la opinión pública esperaban encontrarse con un monstruo sádico y fanático. Sin embargo, en el estrado apareció Adolf Eichmann, un hombre gris, mediocre y de hablar acartonado que se defendía argumentando que él solo era un administrador cumpliendo órdenes.
Arendt, que cubrió el juicio para la revista The New Yorker, observó que Eichmann carecía de motivaciones ideológicas profundas o de una maldad patológica. Su único motor era una aterradora incapacidad de pensar desde la perspectiva del otro y una obediencia ciega a las reglas del sistema. La filósofa concluyó que el verdadero peligro no era solo la existencia de fanáticos, sino la masa de gente común y corriente que desconectaba su conciencia moral para convertirse en un engranaje eficiente de la maquinaria estatal.
Desconexión moral a través del juego
Lejos de la escala de aquellos crímenes, el mundo contemporáneo diseñó su propio mecanismo para que los individuos puedan apagar el interruptor moral. La gamificación de la guerra es el proceso mediante el cual se diluyen las consecuencias de los actos militares para gran parte de los civiles que participan en los nuevos desarrollos de tecnología bélica.
En la actualidad, detrás de las pantallas de alta resolución y los entornos virtuales desarrollados en motores de videojuegos, la industria militar recluta a una nueva estirpe de técnicos. Contratados por gigantes del sector como Lockheed Martin o startups como Anduril, estos especialistas vuelan miles de horas en simuladores para entrenar redes neuronales.
El resultado son drones kamikazes capaces de navegar sin señal de GPS ni control humano directo. Dotados de algoritmos de visión computacional, estos sistemas identifican patrones de vehículos y personal para ejecutar el ataque de forma independiente. Hoy en día, esta tecnología opera activamente en los frentes de la guerra de Ucrania, en las fronteras de Europa del Este y en diversos teatros de conflicto en Medio Oriente. Aunque las normativas militares sostienen que la inteligencia artificial está programada exclusivamente para priorizar objetivos combatientes, la imperfección de los modelos de reconocimiento visual y la saturación del campo de batalla provocan fallos donde los algoritmos confunden infraestructura urbana, vehículos de transporte no blindados y grupos de civiles con amenazas directas.
El impacto en nuestra propia puerta
Esto puede parecer alejado de nuestra realidad, como algo que sucede a miles de kilómetros de distancia, pero no es así. Peter Thiel, dueño de Palantir —empresa que provee herramientas de inteligencia artificial para la selección de objetivos militares del Pentágono o el procesamiento de datos con los que el ICE ejecuta redadas de inmigrantes—, impulsa la creación de centros de datos en la Patagonia.
Los programas de IA de Palantir necesitan procesar volúmenes masivos de información. Enormes galpones llenos de servidores trabajando a todo vapor requieren dos cosas esenciales para operar: cantidades masivas de energía y frío para refrigerar las máquinas, dos recursos que abundan en el sur argentino.
Cuando mueran soldados y civiles en las guerras que se desarrollan en el mundo, habrá alguien que encienda el dron, alguien que ejecute el último disparo y también miles de personas entrenando la IA, construyendo centros de datos o manteniéndolos, quienes argumentarán que no tienen nada que ver. Gente común que solo intenta sobrevivir en un mundo cada vez más complejo. Los estragos de la historia no se repiten de la misma forma, pero la banalidad del mal conserva la misma matriz, aunque la tecnología hoy la disfrace detrás de una interfaz digital.