El regreso a escena

La emotiva historia del actor Miguel Ángel Solá tras su ACV: "Fue un antes y un después"

El reconocido actor regresó a los escenarios con Por el placer de volver a verla y reflexionó sobre el impacto que tuvo el ACV en su vida, el amor, la situación política argentina y el presente de la producción cultural. “El pensamiento sin el sentimiento no tiene ningún sentido”, afirmó en Modo Fontevecchia.

Miguel Angel Sola Foto: CEDOC

Con más de cinco décadas de trayectoria y una carrera que dejó huella en el cine, el teatro y la televisión de Argentina y España, Miguel Ángel Solá regresó a los escenarios con Por el placer de volver a verla, junto a Mercedes Funes, en el Paseo La Plaza. A sus 76 años y luego de atravesar un ACV, el reconocido actor habló sobre este regreso, el vínculo con sus compañeros de trabajo, el amor y la manera en que esa experiencia transformó su forma de mirar la vida.

En diálogo con Modo Fontevecchia, por +Perfil, Radio Perfil (AM 1190), Solá también reflexionó sobre la realidad política y cultural de la Argentina, cuestionó la confrontación y los insultos como forma de ejercer el poder y analizó el presente de la televisión, el cine y el teatro. “El pensamiento sin el sentimiento no tiene ningún sentido”, sostuvo al abordar una actualidad que, según describió, obliga tanto a los artistas como al público a adaptarse a un escenario profundamente diferente.

Miguel Ángel Solá es uno de los actores más prestigiosos y premiados de la historia del cine, el teatro y la televisión de Argentina y España, que cuenta con una trayectoria de más de cinco décadas y más de 35 galardones internacionales. Ha protagonizado más de 50 películas fundamentales del cine hispanohablante, destacando títulos como El lado oscuro del corazón, Sur y Crímenes de familia. A partir de este sábado 21 de agosto se presenta en la obra Por el placer de volver a verla, en el Paseo La Plaza.

Es justo un honor tenerte acá y un placer volver a verte y El placer de volver a verla. Contanos un poco, compartí con la audiencia este placer de volver a verla.

Es una historia de amor entre un hombre ya maduro que está en el apogeo de su creatividad —es director y autor de teatro— y que en un momento dado decide agradecerle a quien le debe todo en la vida: su madre. Ella lo impulsó a soñar, a creer, a inventarse el imperio interno que tenía; ayudó a que él se fabricara sus sueños. Ese es el inventando. Una madre verborrágica, loca, apasionada por momentos, severa; pero severa siempre en chiste. A él su placer es pincharla, molestarla, para que salga toda esa verborrea maravillosa que le va formando el hábito de escribir. La obra es bellísima. Mercedes Funes es una actriz extraordinaria, de una ductilidad y una belleza... Una compañera extraordinaria, además. Es bellísima, es impresionante y me ayudó a jugar. Hacía rato que yo no podía jugar debido a mi ACV. Y bueno, aún con bastón y todo —que ya es una ayuda más—, ella es otro bastón. Es maravillosa, es más que un bastón. Es una compañera de trabajo extraordinaria.

Dijiste también, con mucha crudeza, que los argentinos estamos acostumbrados a los garcas y que urge otra forma de hacer política. De alguna manera, hacer teatro es una forma de hacer política, pero ahora te llevo directamente al terreno de la política electiva. ¿Cómo ves a la Argentina? ¿Cómo te gustaría que fuese?

Más sincera. No es sincera. La Argentina está siempre más cerca del corazón que de la verdad, que de la realidad. Te impulsa a soñar, pero después no te da los elementos para poder fabricar ese sueño; te los va restando, te los va quitando. Y entonces vas haciendo tu vida a los ponchazos, peleando con esto, peleando con lo otro, en lugar de poder disfrutar la vida. Y como tenemos memoria, además... Como sociedad tenemos mucha memoria de lo que fuimos. Mis padres me impulsaron a creer en el trabajo, me impulsaron a creer en el estudio. Y me encuentro ahora con que no hay diferenciación: es lo mismo insultar al otro que hacer una vida de convivencia con el otro. Yo creo que eso nos va relegando como sociedad, nos va quitando apetitos como el estudio o como poner lo mejor de sí en el trabajo para poder hacer que eso vuelva a nosotros y podamos volver a volcarlo. Los demás están un poquitito relegados; los demás, los otros.

Comparado con tu experiencia en España, ¿sentís que es una incógnita en el caso de Argentina, que venimos en un proceso de cierta caída, mientras que España, por lo menos en el postfranquismo, mejoró? No sé cuál es tu comparación.

Mirá. Ellos tuvieron un momento largo de dictadura y de decadencia, pero también tienen a Europa, y Europa los sigue, los corrige. Nosotros tenemos el Mercosur, pero lo que veo del resto de Latinoamérica, de los países latinos, es también una decadencia marcada, cosa que no vivió Argentina en otras épocas. O sea que hemos vivido subidas y bajadas todo el tiempo. Vivir en Argentina es una montaña rusa, es verdad. Pero también lo que hemos tenido es esa sensación de lo que hemos sido como cultura.

¿Y queda esa huella?

Esta huella queda, ¿pero quién lee esas huellas? ¿Dónde está el vaquiano que se mete a leer cuáles son las huellas nuestras? Vuelvo a decir: a mí me pasa, yo no soy de este Gobierno, tampoco fui del otro, tampoco soy peronista. Menos puedo ser de un Gobierno que se dedica a insultar a la gente, no puedo ser eso. Un Gobierno que se olvida de la gente en ese sentido y que le está enseñando a ser mala día a día. ¿Para qué? No es solo eso la vida. La vida es un montón de cosas, está llena de abrazos y de besos. Podés decir: "Sí, también hay besos de Judas". Posiblemente sí haya muchos besos de Judas, pero también hay abrazos sinceros. Lo que pasa es que esto nos aparta de sentir, de poner el foco en la sinceridad de la vida, en la sinceridad del otro, en la sinceridad del que está a tu lado y del que está enfrentado a vos.

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¿Te cambió la subjetividad haber atravesado un ACV? ¿Viste las cosas distintas? ¿Te hizo más sabio? ¿Te hizo valorar cosas?

¿Sabio? Nunca voy a ser sabio. Soy una persona muy terrena, pero el ACV sí me marcó para siempre. Tuve un accidente en el que se me metió la punta de una jaulita de una tortuguita que se llamaba Ricitas —de mis hijas mayores—, se me metió por acá y me costó 150 puntos esto. Me hicieron un milagro, me reconstruyeron todo, me rompió todos los dientes. Y esta cicatriz me dejó marcados para toda mi vida los personajes. O sea, yo ya sabía que de ahí en más no iba a poder hacer ningún personaje como los que significaban mi orgullo. Esta cicatriz iba a mostrar que hubo un antes y un después. Sin la cicatriz yo podía hacer cualquier cara, podía hacer cualquier voz. Con la cicatriz ya me condicionaba todo. Además vino en un momento muy injusto, a los 76 años. Bueno, me dirán que hay gente que lo tiene mucho más joven y que no puede caminar... Bueno, te jorobó el caminar, te jorobó qué sé yo...

Sí, pero te dejó la lucidez intelectual.

La lucidez.

Y ¿qué te cambió? Así como la marca de la jaula de la tortuga te hizo modificar determinado tipo de roles, ¿te cambió el pensamiento en algún sentido?

Sí, claro. Me hace relativizar todo,

Todo parece más chiquitoMenos importante.

Sí, porque si ni siquiera podés moverte libremente vos, ¿qué vas a estar diciéndole a los demás lo que tienen que hacer en la vida? Lo que me causa es tristeza por un lado y, por otro lado, sí me acercó a la gran amistad. Estoy haciendo teatro con dos amigos muy grandes de mi vida, que son Martín Bianchetti, que es el que hace las músicas, y Manuel González Gil, que es el que dirige y escribe. A mí eso me hace bien, mucho bien, porque además me rodea de cariño. Estoy enamorado de una chiquilina de 31 años que tuvo la osadía o el caradurismo de plantarse ante mí y me dijo: "Quiero saber qué me pasa con vos". Y hasta hoy. Llevamos dos años con nuestros más y nuestros menos, pros y contras, pero sigo enamorado y ella sigue enamorada, aguantándome un montón de cosas que también tienen que ver con esto. Hay muchas cosas que me condicionan, pero la lucidez que tengo tiene que ver con el afecto.

Ni la lucidez ni la capacidad de amar, ninguna de las dos cosas se tocó.

Eso no se tocó.

Quizás se agrandó, o quizás le dio dimensión a cosas que tenían una dimensión distinta y te hace ver la vida de otra manera.

Sí, ojalá. Siento que estoy enamorado como nunca. Estoy aleccionado con esta cosa del ACV y del bastón, y estoy más enamorado que nunca.

Mirá esa sonrisa. Miguel Ángel, la ficción no está más en la televisión. Hablábamos hace un ratito con un productor teatral que nos marcaba el problema de la falta de ficción en la televisión y la falta de creación de figuras lo suficientemente populares como para que arrastren público al teatro. Estás en el teatro, ¿qué visión tenés de la producción cultural en la Argentina hoy en día? ¿Cómo ves el teatro? ¿Cómo ves la ficción?

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Sin cine y sin televisión, malo, malo, malo. El teatro sigue estando siempre, pero es un núcleo reducido. Es hermoso que la gente vaya al teatro. ¿Qué explicación tiene que la gente pague una entrada para ir a ver algo que sabés que estás pagando por ver y que te traslada nada más que más preguntas a lo que vas a ver? Es hermoso, el teatro es hermoso. Lo que pasa es que estamos haciendo todo teatro y la televisión es solo para algunos, y tiene que ver con las plataformas en general; no hay canales abiertos. A mí me cambió toda la realidad. Te digo que yo llegué acá y dije: "Es otro mundo completamente diferente y no estoy preparado para este mundo". Y después me pasó lo del ACV y dije: "Más trabajo todavía. Pero Diosito, ¿qué me vas a hacer?".

Y el público que va al teatro, comparado con el público que iba al teatro hace unos años, ¿qué notás? ¿Esa decadencia de la política no se corresponde con la decadencia del público? ¿Podríamos aspirar a tener representantes mejores? ¿Tenemos un público mejor?

En todos los sentidos. Los políticos y el público no nos abstraemos de una realidad, ni los actores, ni el periodismo, ni nada. Estamos luchando para poder seguir haciendo decentemente lo que supimos hacer desde el comienzo. O sea, tenías una imagen de lo que querías hacer, tenías una imagen de lo que querías transmitir a través de los multimedios infinitos que has logrado generar en tu vida, y eso ha ido cambiando en cierta forma porque has estado luchando a través de las épocas. También nos pasa a nosotros. Es muy difícil. Yo no sé si el público podría ser mejor. No sé lo que es el resto de la sociedad, ni sé si se ha envilecido. Lo que sí sé es que han apostado a formas de teatro que son también las que les ofrecían, y no a pensar o sentir. Vuelvo a decir: el pensamiento sin el sentimiento no tiene ningún sentido. Y si no hay un abroquelamiento de todo eso para poder enviar ese mensaje a la gente, tampoco tiene sentido.

"El pensamiento sin sentimiento no tiene sentido", hermosa frase. Querido Miguel Ángel, por el placer de volver a verte en este caso. Muchas gracias por estar acá y acompañarnos en el final de este programa. Fue un verdadero gusto tenerte acá.

Muchísimas gracias.