ENTREVISTA EXCLUSIVA

Moria Casán con Fontevecchia: “Una vez Castiglione me comparó con Evita y los peronistas me quemaron el auto”

En una charla a fondo con Jorge Fontevecchia tras el fenómeno global de su biopic, la diva analiza cómo adelantó las banderas del feminismo y la diversidad, repasa su vínculo con la comunidad LGTB+ en los 70 y explica por qué su rebeldía sigue vigente.

Moria Casán Foto: CARAS

El arrollador éxito internacional de su biopic no solo ubica a Moria Casán entre las tendencias globales más vistas de la televisión en habla no inglesa, sino que reabre el debate sobre el impacto sociológico de su figura en la cultura popular argentina. En un diálogo mano a mano con Jorge Fontevecchia, en en Modo Fontevecchia, por +PerfilRadio Perfil (AM 1190), la diva repasa los hitos de una carrera construida a contramano de los mandatos, recuerda su complicidad histórica con la comunidad LGTB+ en momentos de persecución y analiza por qué su rebeldía vanguardista sigue rompiendo las estructuras del sentido común.

Moria Casán es una de las máximas divas y leyendas del espectáculo y la cultura popular argentina. La One continúa plenamente activa y batiendo récords de audiencia gracias a su particular vigencia, su lengua karateca y su capacidad inigualable para reinventarse. En agosto se estrenó Moria, su serie biográfica oficial. La producción de ocho capítulos narra su vida de forma no lineal, logrando el primer puesto en Argentina y entrando al top 10 global de contenidos de habla no inglesa. En la ficción es interpretada en distintas etapas por su hija Sofía Gala, por Griselda Siciliani y por Cecilia Roth.

Muy buenos días, Moria; Jorge Fontevecchia te saluda. Venimos entrevistando a distintas personas cercanas a vos a partir del éxito de la biopic que lleva tu nombre. Contanos si te imaginabas estar entre las diez primeras en todo el mundo de habla no inglesa y qué sensación te produjo ver tu vida contada allí.

Hola, Jorge, un placer saludarte. Bueno, debo decir que de los primeros que adivinaste en mí un pensamiento especial y una manera especial de llegar al público fue tu editorial, tu gráfica, porque me diste las mejores tapas. Siempre desde la ética y la estética de Moria, de mi pensamiento. O sea que acompañaste muchísimo mi carrera desde los comienzos, fuiste una de las personas que creyó en mí, así que más que agradecerte. Mirá, yo creo que siempre, en cuanto a esto de estar primera... Y ahora estoy quinta a nivel global. Quinta; la semana pasada, del décimo puesto pasé al quinto. Y me supera un poco tanta globalización, porque esperaba que fuera a ir bien, pero esto ya es más que un éxito: es un suceso que nos tiene a todos muy sorprendidos. Pero creo que acá hay emociones, hay sentimientos y algo genuino de mi personalidad, y eso se ve. En un mundo donde los efectos especiales son más que los afectos especiales, creo que por eso es el éxito de la serie y la vigencia que tengo. La gente me ha acompañado en mi carrera y ahora mismo estoy haciendo televisión diaria, estoy haciendo teatro... Es una trayectoria con vigencia, ¿entendés? Es un cúmulo de cosas. Está muy bien hecha, tiene mucho arte. Pedí que no se romantizara y creo que eso hace que la serie tenga esa llegada. Y va subiendo a nivel global; es un hecho medio inédito.

 A ver, yo me la paso entrevistando —no en este programa, sino en los reportajes largos que hago para el diario del domingo— a sociólogos, a distintas expresiones de las ciencias sociales, y todos coinciden en el último lustro en que la verdadera revolución del siglo XXI es el feminismo. O sea, el gran cambio que se produce desde el punto de vista social: así como probablemente en el siglo pasado la gran revolución era un tema de luchas de clases, el siglo XXI se desplaza hacia la discusión de género. ¿Puede ser que parte del éxito que tiene es porque, consciente o inconscientemente, vos adelantaste a fines del siglo pasado lo que iba a ser la discusión de este siglo, que era la cuestión de género?

Creo que sí, absolutamente, porque nunca negocié mi libertad. Y porque además debuté desnuda en un escenario y no me cosificaron porque no me cosifiqué yo. Entonces el no negociar eso... Cuando entré al teatro, entré de una manera angelada total, sin saber que iba a entrar, por el universo, por carismática, por aura, por lo que fuera... entré al teatro sin saber que iba a entrar, entré a la tele sin saber que iba a entrar... Al entrar desnuda en un escenario —en realidad vestida de Carlitos Chaplin lo primero que hice, de semejante personaje— y mi primer striptease fue en el teatro... Porque si hubiera venido de un teatro de texto, de academia, del San Martín, de haber estudiado... Pero no, era ángel. Y bueno, empecé a entender mi propia libertad en un mundo absolutamente machista y en la revista donde se cosificaba a la mujer. No tanto cuando yo entré: cuando entré en los 70 era muy prestigiosa la revista. Los cómicos no usaban a las mujeres como elemento de cosificación; yo hacía sketches con Stray, Barbieri, Pelele, Verdaguer, y eran pasos de comedia. A partir de los 80, y con la llegada un poco de la revista a la tele, se empieza a bastardear un poco a la mujer porque se permitía y porque la mujer lo permitía, que el cómico le hablara media hora al culo, no sé. Eso no pasaba estando yo, y yo nunca lo permití.

En la serie también aparece tu vínculo con la comunidad LGTB nuevamente, anticipando 20 años lo que luego sucedería con el resto de la sociedad. Cuando vos ves en retrospectiva que hay como una especie de radar que anticipa la época, ¿te preguntás de dónde sale? ¿Qué autoanálisis hacés y cómo te lo explicás?

Me lo explico desde mi empatía. Desde que yo me sentí siempre una marginal o una "margenial", igual que todos mis compañeros de la comunidad. Yo era amiga de mis bailarines, era amiga de mis chicos gays y de la gente diversa, abarcativa, y no era amiga de las chicas; mis compañeros siempre fueron mis chicos. Entonces yo, cuando estaba en el Mai Tai en el 77, los iba a sacar de la comisaría, y después me iba a las fiestas con ellos. Muchas veces eran fiestas naïf, de glam, divertidas; fiestas donde nos disfrazábamos, nos lookeábamos, nos montábamos, escuchábamos música, nos reíamos y la pasábamos bien. Muchas veces venía la policía a allanar y salía yo como defensa; decían: "Si está Moria no pasa nada, está todo bien, Moria". Porque eran siempre como escondites, ¿entendés? Y mi casa fue una especie de escondite. De mi casa sale la primera trans argentina para operarse, que fue mi bailarín. Mis dos bailarines cuando entro al Teatro Nacional —que enseguida tengo un cuadro— son Hugo Chaparro y José. Hugo Chaparro es ahora Ana Lúpez, la primera trans argentina, y vive en Mendoza. Y José era Vanessa Show —que no me acuerdo su apellido—, que después fue un transformista que se fue a vivir a París. Vino acá, muy divertido, muy glam, y lo he invitado a muchas fiestas de cumpleaños mías. Entonces imaginate que en mi casa lo tenía viviendo a Hugo Chaparro, que es Ana Lúpez y que trabajó conmigo en el teatro antes de transicionar. Un día vino de la calle cansada de que la agarraran porque tenía el pelo largo o porque le decían que se movía al caminar, no sé, cualquiera. Bueno, vino a casa y dice: "Estoy cansada, Moria, me voy. Me saco un pasaporte y me voy a operar, no aguanto más este cuerpo, no aguanto más ser otra, no puede ser esto". Y se puso un sobretodo —era pleno invierno— de quien era en ese momento mi pareja, se cortó el pelo... Yo la vi. En ese momento tengo la mirada absoluta, eso daría para otro capítulo de una serie, mirá. La vi cuando se cortaba el pelo de un tirón, se lo aplastaba con gomina, se fue a sacar su pasaporte y se convirtió en mujer, en una operación que creo que se hizo —estoy hablando del 77 o 78— en Marruecos o no sé dónde. Ahora vive en Mendoza; vivió un tiempo en Europa y ahora volvió con su familia, está divina, tiene ochenta y tantos años. El año pasado me vino a ver al teatro su familia, siempre nos hablamos. Y bueno, estuve siempre al lado de ellos porque sentí que era una más. Yo, sin ser gay una marginal, sentía que tenía otra cabeza, otro espíritu, otra libertad: la de ser uno mismo. Y eso se paga caro en la sociedad. La gente que no ha podido ser uno mismo es muy desdichada. Entonces entendí... Yo siempre fui una mujer gozosa porque siempre fui yo misma: no negocié, no tuve mandatos, no fui manada.

Sí, querida. Yo te escucho y quiero tratar de encontrar la explicación al éxito, y me parece que puede haber otro elemento más, además de que adelantaste la cuestión de género veinte o treinta años antes de su epicentro en el siglo XXI actual. También una cuestión, cuando decís "margenial", que tiene que ver con la clásica lucha que se da en todas las épocas. La lucha de fondo siempre se da entre élite y masa, entre élite y pueblo, entre élite y personas menos favorecidas. Me da la sensación de que la elección que vos hacías de los marginales también podría identificarse con aquellos que no son la élite, aquellos que en distintas épocas podían tener distintos nombres: desde el lumpenproletariado en la época del principio del siglo pasado en las fábricas, hasta la cuestión de género o la cuestión LGTB. Pero en líneas generales lo que hay es una identificación tuya con aquello que no tiene que ver con el poder tradicional, y eso hace que se identifique una cantidad de gente, porque la mayoría de la gente no está en la élite, obviamente.

Obviamente. Pero más que a la diversidad y a lo marginal, lo que no es eso para mí es manada. La manada es la que responde a jerarquías, la que tiene... Se puede romper un átomo, pero no se puede romper un prejuicio. Esa es la que está todo el tiempo encorsetada en lo que debe hacer, en lo que dicen los demás que se debe hacer.

O sea, otra élite.

Otra élite, absolutamente.

Sos rebelde de la élite existente y lo que planteás es que tiene que haber otra élite.

Absolutamente, tiene que haber otra élite. Y esa es la que siempre me movilizó. Pero siendo consciente del cable a tierra. Para el resto podré ser una ciudadana común, pero para mi vida soy una ciudadana que paga sus impuestos, vivo en un país, amo... No sé si me entendés. Tengo la rebeldía en cuanto a la cabeza y en cuanto al ser. Después soy una mujer que vive en una sociedad conformada, soy respetuosa de mi trabajo, nunca falté al trabajo... Rompo las reglas que tienen que ver con dejar de ser yo, pero todo lo demás lo cumplo.

Obviamente. Cuando viste Evita por primera vez en Broadway, ¿qué te quedó?

 Me quedó un show hecho por los americanos. Me acuerdo de que no me mató mucho esa especie de... Como había una élite de hombres donde estaba el Che Guevara. Recuerdo así... Después la vi con Patti LuPone en New York, y después la vi con alguien más en Londres que no me acuerdo quién, porque las artistas después se cambiaban: la que la hacía en New York la iba a hacer a Londres. No, me quedó como una élite de hombres que iba a pedirle cosas y daban como que se acostaba con ella. No me mató la serie. Me parece que todo el show que hacen los americanos es muy esplendoroso, pero no tiene mucho que ver con el sentimiento, con lo telúrico, con nuestro folklore nacional. Así que no, me conmovieron más muchas otras obras que Evita.

Y respecto de la historia de Evita, ¿creés que en esa rebeldía de crear una nueva élite, de salirse de la masa pero al mismo tiempo representarla, hay algún punto de contacto con las diferencias de época?

No sé. En cuanto a las mujeres, lo que pasa es que sí... Yo no me querría comparar nunca con Eva. Una vez se hizo una comparación. Castiglione dijo: "¿Qué sentís cuando llegás a un lugar? Esto parece que fuera Eva Moria", por cómo sentía él que me quería la gente. Me vinieron a preguntar otra vez: "¿Qué opinás de que Castiglione dijo eso de vos?". Digo: "Bueno, dijo eso porque le parecía que yo pertenecía a un sentimiento popular que aclamaba a Evita". Además, tampoco es que Evita era una virgen como para no compararme, pero lo castigaban a él un poco. Los peronistas me quemaron el coche, me quemaron la patente, me tiraron pintura en el auto, me hicieron... ¿Sabés las cosas que me hicieron? Por eso, no querían que fuera a Mar del Plata; después me perdonaron. ¿No sabés las que me hicieron a mí por esa cosa que dijo Castiglione? Ahora, si vos lo ves así, debe ser que las mujeres... Yo no me comparo con nadie ni tengo esa sensación, pero sí que ella ha sido una mujer que tenía un instinto político único a los treinta y tantos años, que tenía esa cabeza, movió esas masas y llegó porque era una mujer empoderada que rompió todas las reglas para su tiempo. Pero obviamente... ¿Viste? Cuando me acuerdo de ese hecho, ¡no sabés las que me hicieron por la comparación de Castiglione! Así que espero que ahora no caigamos en eso tampoco.

No, creo que no. Creo que las épocas también son diferentes, pero me parece que la esencia —volviendo al principio del reportaje— de por qué tiene éxito y trasciende fronteras en lugares incluso donde no te conocen, es porque tu historia representa algo que te trasciende. Como decíamos, seguramente no podías ni ser consciente en el momento en que la estabas protagonizando en tu propio cuerpo de que eras una adelantada en una discusión de época como la cuestión de género, que es una continuadora de la cuestión de clase, porque finalmente de lo que estamos hablando siempre es de los marginales, de aquellos que son considerados fuera de la élite: la vieja discusión entre élite y masa. Moria, felicitarte, realmente un éxito impresionante. Mandarte un beso grande, queríamos tenerte en nuestro programa y mandarte nuestro reconocimiento.

Ay, pero por favor, Jorge. Para mí un placer, sabés que te respeto muchísimo y siempre lo digo: la editorial que más creyó en mí siempre y que me ha dado las mejores tapas... Escúchame, mi tapa hecha para la revista Siete Días para Moria Casán fue una obra de arte. La pintó Edgardo Giménez con el primer body painting que hubo en el país; lo hice en el año 80 para tu revista. Fue tapa de la revista La Semana, una doble, y después lo que está en el Museo MAR de Mar del Plata, hecho por Edgardo Giménez con producción de Silvia García Gheggi, que me acuerdo de que me llamaron porque se ganaron un premio por esa tapa y me lo anunciaron. Así que yo con vos tengo el mayor de los respetos y te agradezco cómo fuiste uno de los hombres que en mis comienzos creyó en mi cabeza, en mi poder, en mi empoderamiento y creo que hasta en mi vanguardia. Fuiste de los pocos. Todo lo demás era lo típico, pero vos te corrías de eso. Así que la agradecida soy yo, Fontevecchia; te respeto muchísimo y muchas gracias.

Teníamos razón. Te mando un abrazo grandote.

Besito, gracias. Chau, chau.

 

MEG