COMUNICACIÓN ESTRATÉGICA

“Pensar claro y hablar oscuro”: la máxima de Bergoglio para navegar el poder en la Iglesia

La narrativa del dirigente social Gustavo Vera subraya cómo Francisco, lejos del aislamiento dogmático, apostaba por una diplomacia de los afectos y una unidad multireligiosa para enfrentar las crisis sistémicas de la modernidad.

Despedida. “Tuve la bendición de ser amigo de Jorge Bergoglio antes de que fuera Francisco”. Foto: cedoc

La diferencia de la rigidez doctrinaria tradicional es que la praxis de Jorge Bergoglio se sostiene sobre la premisa de que el bien precede a la verdad, priorizando el acompañamiento pastoral y la empatía por encima del rigor dogmático. Su filosofía de cercanía se complementa con su capacidad para navegar las tensiones del poder eclesial bajo la máxima de “pensar claro y hablar oscuro”, una estrategia comunicativa que el dirigente social Gustavo Vera desentraña en Modo Fontevecchia, por Net TV, Radio Perfil (AM 1190) sobre el legado del Pontífice.

El dirigente social y político argentino, Gustavo Vera, es fundador de la organización La Alameda, desde donde impulsó denuncias sobre explotación laboral en talleres textiles clandestinos y redes de prostitución. Sumado a eso, tuvo una relación cercana con papa Francisco, especialmente desde la etapa en la que Bergoglio era arzobispo de Buenos Aires. Acerca del plano político, fue legislador de la Ciudad de Buenos Aires y también se desempeñó como titular del Comité Ejecutivo para la Lucha contra la Trata y Explotación de Personas y para la Protección y Asistencia a las Víctimas.

“La amistad no se negocia” se presenta en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires este miércoles 6 de mayo a las 16 horas, con Monseñor Oscar Vicente Ojea.

Es una gran lección que papa Francisco me enseñó. Si bien uno la tiene de manera instintiva, él la convertía en un valor sagrado. Muchas veces le llevaron cuentos o intentaron distanciarnos, sobre todo porque yo no venía de la Iglesia.

Yo había tenido una crisis muy grande en mi adolescencia: había tenido una dirigente scout detenida desaparecida, le habían puesto una bomba a la casa scout a la que yo iba, el cura se había casado y se había ido. Me expulsaron de la escuela religiosa en la cual yo iba, que era Nuestra Señora de Lourdes, donde me bauticé. La paradoja del destino hizo que mi certificado de bautismo esté en la casa de Francisco. Él lo tenía como una especie de reliquia.

Como muchos de mi generación en los años duros de la dictadura —yo recién empezaba la adolescencia—, tuve un alejamiento, un distanciamiento, sumado a que mis padres se habían separado y mi padre no había aparecido más. Era una situación de orfandad y de angustia muy grande. Por lo tanto, estuve varias décadas fuera de la Iglesia, a pesar de que en mi infancia y en mi preadolescencia había tenido una linda experiencia en escuelas parroquiales. 

Esto es importante contarlo porque, cuando fui a ver a Francisco, fui con gesto adusto, izquierdista, como diciendo: “Bueno, venimos solamente a buscar protección por la lucha que llevamos adelante contra la trata”. Él me desarmó. Yo no pensaba que en esa jerarquía iba a encontrar sacerdotes comprometidos con el pueblo, metidos en el barro, que actuaran de corazón. Eso fue lo que noté en Bergoglio. Entonces empezó a impactarme bastante antes.

Esto generó una crisis en La Alameda, que provenía de una asamblea barrial y estaba compuesta por radicales, trotskistas, maoístas, peronistas, un poliedro de todo tipo donde había desconfianza en la Iglesia como institución. De repente, los gestos de Bergoglio, cuando vino a bendecir a hijos de costureros de talleres clandestinos de La Alameda, cuando participaba del comedor comunitario, venía regularmente a visitarnos, mostraban un acercamiento.

Lo que monitoreaba era el corazón de las personas. Era profundamente consecuente con la parábola del samaritano de Jesucristo. Esa parábola dice que a un herido al costado del camino lo habían salteado tres personas: pasa un religioso y, a pesar de saber los mandamientos, sigue de largo; pasa un funcionario y, a pesar de conocer la ética social, sigue de largo; y pasa un samaritano de Samaría, la periferia, lo estigmatizado, lo inculto.

El samaritano siente la empatía, reconoce en el otro herido su propia dignidad y lo ayuda.

Con lo cual, Francisco partía de una base fundamental: el bien precede a la verdad. El bien precede a la verdad. Por eso el magisterio de Francisco comienza de corazón, con el buen samaritano, y termina con el corazón de Jesucristo, que es su última exhortación apostólica. Incluso hay una mitad de camino que ahora presentó León, que es “Nuestro corazón”: la importancia de la bondad que anida en el ser humano y que a veces está en conflicto permanente con el maligno, con las pasiones, con la mundanidad, como lo quieras llamar.

Recuerdo mal o, después de ese encuentro en el que vos, con toda la desconfianza, comenzaste la relación y le ganaste un nivel de confianza, un día le dijiste: “Decime, ¿cómo hiciste vos para llegar a arzobispo en este nido de víboras que es la Iglesia?”?

Sí. Esto fue en 2012. A mí me asombraba mucho que él era jefe de la Iglesia Católica y estaba en un cuartito. No tenía personal doméstico. En enero se tomaban vacaciones en el arzobispado y él te abría la puerta, se quedaba trabajando. Todo el tiempo estaba en las villas, con los cartoneros, con los costureros. Era un cura callejero, en salida. En ese momento tenía esa pregunta atragantada, porque yo había visto otros sacerdotes, otros obispos, que no tenían esa conducta, sino más bien una actitud distante, un poco principesca.

Yo fui con el padre y con los hermanos de María Cash a ver cómo podíamos hacer para buscarla, y se nos ocurrió que él hablara con las parroquias cercanas a las rutas por donde había transitado María Cash. Él tuvo que escribir una carta pidiéndole a la diócesis que avisara a la parroquia para que el cura, si veía en su comunidad a alguien que supiera algo, nos avisara. Era toda una ingeniería. Y en las homilías de Bergoglio, cuando habla de la ciudad, está hablando del país, no solo de la ciudad. Muchas veces tenía que decirlo en modo de parábola para que se pudiera comprender.

Háblame del Bergoglio político. Imagino que cuando hablaba de la ciudad, hablaba del país. O sea, concretamente, la primera organización era la ciudad. Entonces, me parece que siempre detrás de papa Francisco había un pensamiento, si querés, al estilo griego, de que la política es una obligación.

Para él, la política era la forma más alta de caridad. Cuando habla de forma más alta de caridad se refiere a cómo se eleva ese buen samaritano que reconoce la dignidad del otro y se da cuenta de que no alcanza con rescatar transitoriamente a un herido al costado del camino, porque el sistema va generando heridos todo el tiempo y eso requiere una respuesta sistémica. Esa respuesta sería la forma más alta de caridad.

Él entiende la política desde el poder como servicio al prójimo, de predicar con el ejemplo. Tenía una serie de preceptos que había popularizado para que se entiendan bien y los llevaba a la práctica. El primero era un principio jesuítico básico: cuanto más alto, más bajo; es decir, cuanto más responsabilidad tenés, más humilde tenés que ser y más tenés que servir al pueblo en condiciones de austeridad.

El segundo principio era: nunca vas a ver un camión de mudanza detrás de un cortejo fúnebre, así que no te dediques a acumular bienes porque no te los vas a llevar. Llegaste desnudo y te vas a ir desnudo. Y el tercero es que, cuando vas subiendo la escalera, saludá a todos los que encontrás porque son los mismos que vas a ver cuando bajes.

Además, tenía una concepción respecto de sociedades justas, de su distribución inclusiva, en la que quepamos todos y sustentables en armonía con la naturaleza. Tenía un paradigma concreto que había existido durante 300 años: las misiones jesuíticas, las reducciones jesuíticas. En esas misiones tenías la propiedad pública y la privada combinándose. 300.000 aborígenes trabajaban tres días en la propiedad privada, tres en la pública y el séptimo descansaban.

Había una cultura extraordinaria. Yo no sé si pudiste ir alguna vez a San Ignacio Guazú, pero el nivel de cultura que habían adquirido es notable. No por casualidad dos imperios convencieron a un Papa de aquel entonces de erradicarlas y expulsar a los jesuitas de Latinoamérica primero y de Europa después, porque eran un peligro para los planes de saqueo y colonización. En buena hora que Naciones Unidas reconoció al tráfico esclavo de africanos como delito de lesa humanidad en los orígenes del capitalismo. Falta reconocer que también la mita y otras formas de servidumbre fueron aplicadas al servicio de la acumulación originaria de capital.

Siguiendo esa idea del buen samaritano y de que el bien precede a la verdad, una es: ¿cómo es ese Bergoglio transformado en papa Francisco? Otra, ya muy debatida, es: ¿por qué no vino a la Argentina? Y otra es: ¿por qué saludó tan afectuosamente a Javier Milei cuando había hablado tan mal de él? 

En el caso de Javier Milei, ahí se aplicó un principio religioso: dar la otra mejilla, una actitud de misericordia y compasión, pero también un principio político. Él había estudiado a Milei, y sus amigos lo habíamos ayudado en la radiografía de lo que era: su infancia, su adolescencia, su juventud, sin amigos, sin novia, con violencia familiar, con una actitud agresiva por parte del padre, una persona con una carencia afectiva muy grande.

Entonces, varios opinábamos que un abrazo y una contención de padre podía atenuar el daño que podía provocar al país. Es lo que intentó papa Francisco. Lo hizo por la patria, como cristiano, pero también con una intención política. Tuvo la audiencia más larga, más que con Macri, con Cristina o con Alberto. Fue un intento, un acto de amor hacia la Argentina. Lamentablemente no ocurrió lo esperado.

Respecto a la Argentina, él quería venir al final de su mandato, lo tenía previsto en 2024. Pero su salud se empezó a agravar y además tenía como prioridad cerrar el acuerdo con todas las fracciones de los musulmanes. Partía de la base de que para transformar el mundo había que generar un consenso social mundial gigantesco.

Esto se expresa en Fratelli Tutti. Es una encíclica que surge del acuerdo de Abu Dabi, luego Irak, luego Indonesia en 2024. Si todas las personas que creen en algo trascendente o tienen buen corazón se unieran en un camino común, se evitarían guerras y catástrofes. Él ya lo había experimentado en 2014, cuando frenó un bombardeo en Siria con una jornada interreligiosa. Su enfoque no era discutir textos sagrados de manera abstracta, sino actuar en lo concreto: proteger migrantes, defender la casa común, trabajar por la paz, luchar contra la trata.

Ir de lo concreto a lo abstracto es la base de la cultura del encuentro y también explica por qué los musulmanes lo valoraron tanto. Yo no sé si sabés que Laudato Si’ y Fratelli Tutti fueron traducidas al árabe y distribuidas ampliamente en el mundo musulmán, incluso en la Academia de Ciencias de Irán. Fueron trabajadas de manera muy meticulosa.

Él tenía una relación muy estrecha con los países de Medio Oriente y partía de la idea de que, si musulmanes, católicos y cristianos —que son la inmensa mayoría— se unieran, y además atrajeran a personas de buen corazón, habría situaciones que no serían posibles. No sería posible lo que está ocurriendo en Ucrania, ni lo que sucede hoy con Irán, ni lo que ocurrió en Venezuela, ni tanta erosión al planeta sin un freno como el que se intentó con el Tratado de París o los acuerdos de Glasgow. Entonces, me parece que papa Francisco no solo planteaba el problema, sino que buscaba la solución. Y esa solución, para él, era la reconstrucción de la fraternidad humana alrededor del corazón.

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Justamente, el buen samaritano no se sabía si era creyente, si conocía los mandamientos o la ética social de ese momento. Lo que sí se sabía es que reconoció la dignidad en el otro. El bien precede a la verdad.

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