Economía de plataformas

Quiero ser un unicornio: cómo convertir una idea en una startup exitosa

De un calefón explotado y una charla de café a empresas que ya operan en cuatro países. Así piensan, fallan y crecen los nuevos emprendedores argentinos que sueñan con ser unicornio.

Unicornios startups Foto: Chat GPT

Según un estudio en neurociencias realizado en la Universidad de Queen's, Canadá, una persona tiene unos 6.200 pensamientos por día, es decir, entre seis y siete ideas por minuto. Muchos pensamientos son repetitivos, molestos o incluso nocivos, pero hay otros que pueden cambiar la propia vida o inclusive el mundo.

Google, Facebook, WhatsApp y Uber hace algunos años no eran más que una idea. Ahora mismo hay cientos de emprendedores teniendo ideas, algunas ya las desarrollaron y para una minoría ya se transformaron en un negocio rentable. ¿Cómo hicieron?

Argentina cuenta hoy con más de mil startups activas, aunque el número exacto varía según cómo se defina el término y no existe un registro oficial único. Quienes las dirigen son en su gran mayoría hombres de entre 28 y 40 años con título universitario en ingeniería, informática, biotecnología o negocios, que en algún momento dejaron un empleo en relación de dependencia para apostar por su propia idea. La mitad de estas empresas nació y opera en Buenos Aires, aunque Córdoba viene creciendo como segundo polo. En cuanto a dinero, en 2025 recibieron inversiones por 270 millones de dólares, y si se mira el sector tecnológico en su conjunto —que incluye a las startups más maduras como Mercado Libre o Globant— las exportaciones de software y servicios digitales superaron los 2.600 millones de dólares en 2024. Argentina tiene además 13 "unicornios", es decir, empresas que arrancaron como startups y hoy valen más de mil millones de dólares cada una, lo que ubica al país como el que tiene la mayor cantidad de unicornios per cápita en toda América Latina.

Lucas Tortonese tiene 29 años; hace un año y medio estaba estudiando psicología en la UBA y conversaba con Michelle Benenzon, su amiga y compañera de cursada. Ambos tenían familia de profesionales de la salud y pensaron en un software mediante el cual pudieran contactarse los pacientes y los psicólogos, algo así como un Tinder entre analistas y analizados. Empezaron a madurar la idea y se dieron cuenta de que necesitaban la pata técnica, alguien que supiese cómo construir ese software. Ahí incorporaron a Yamil Juri, un estudiante mendocino que contactaron por LinkedIn.

Actualmente la plataforma digitaliza y automatiza la gestión clínica en general, no solo de psicología: turnos, pagos, historias clínicas, recetas y evoluciones, tanto para profesionales independientes como para clínicas y centros privados. El salto fue notable: de 3.000 pacientes gestionados el año pasado a 400.000 hoy, con 20 clínicas activas en Argentina, Colombia, España y Brasil. El equipo de diez personas también desarrolló un agente de inteligencia artificial que funciona como copiloto del médico: toma notas, genera resúmenes y mejora la precisión de los registros clínicos. Tortonese, que estudió psicología en la UBA sin terminar la carrera, llegó al proyecto desde los recursos humanos y la detección de una necesidad concreta en su entorno familiar vinculado a la medicina. Hoy Menta ya genera los ingresos suficientes para sostener al equipo, y la meta es convertirse en el sistema operativo de referencia para cualquier clínica privada que quiera modernizarse.

—Tengo una idea, ¿cómo la vuelvo un proyecto para una empresa?

LT: Lo más importante, siempre, es validar la idea. Antes de pensar en el producto o en la empresa, hay que verificar si realmente existe un problema, qué tan relevante es, para qué industria aplica y para qué tipo de cliente. En definitiva, hay que entender quién estaría dispuesto a pagar por resolver ese problema.

Para eso, es fundamental acercarse a los potenciales usuarios, escucharlos y comprender cómo viven ese problema en su día a día. Cuanto mejor se entienda la necesidad, más fácil será convertir una idea en una oportunidad real.

Una vez que el problema está claro, comienza el proceso de diseñar hipótesis de solución y ponerlas a prueba. Es un ida y vuelta constante con los usuarios: presentar propuestas, recibir feedback y validar si realmente se está resolviendo algo importante. Las mejores empresas suelen nacer de un problema bien entendido, no de una solución pensada en aislamiento.

Quien tuvo una excelente solución para un problema recurrente fue Tomás Dáscola, de 29 años, y su amigo Gonzalo Alegre. El detonante fue un calefón que explotó, una inundación en su departamento y la mala experiencia de pagar fortunas a técnicos sin garantías. Este fue el puntapié inicial para Clickie, una aplicación que conecta a los usuarios con plomeros, electricistas, gasistas y otros técnicos verificados, usando inteligencia artificial para diagnosticar el problema del hogar y dar un presupuesto antes de que el profesional llegue a la casa. Es decir, se te rompe algo en tu casa, le explicás como te salga a un chatbot y te dice qué puede ser, cuánto te debería salir y te ofrece personas que puedan venir a arreglarlo. Es como un Uber de los oficios.

Junto a Ignacio Turelli armaron una primera versión simple de la aplicación en apenas dos meses. Tomás y Gonzalo trabajaban en una empresa de alimentos, ahorraron seis meses antes de animarse a renunciar, y pasaron casi un año sin cobrar sueldo hasta que llegó la primera ronda de inversión, justo cuando se les estaba terminando la plata.

Hoy Clickie tiene casi 30.000 usuarios y un equipo de seis personas. El año pasado fueron aceptados en una aceleradora en San Francisco, donde consiguieron contactos e inversores que en Argentina les hubiera costado mucho más conseguir. Para 2027 evalúan desembarcar en Chile, con Colombia y Estados Unidos como próximos horizontes.

—¿Qué le dirías a alguien que tiene una idea y no se anima a empezar?

TD: Que la pruebe rápido y barato. Hoy construir un producto tecnológico es mucho más accesible que hace diez años, así que la excusa del presupuesto cada vez tiene menos sentido. Nosotros validamos la idea con apenas cinco o diez usuarios reales al principio, y eso ya nos dio señales clarísimas de que el problema le importaba a la gente. No hace falta tener la idea perfecta, solo animarse a probarla.

—¿Qué creés que se puede hacer desde la política para fomentar el fenómeno de las startups? Es decir, ¿qué debería tener un RIGI de las startups?

TD: La principal necesidad es reducir la presión fiscal sobre empresas que todavía no generan ingresos —pagar impuestos cuando no hay facturación es insostenible— y que además el país facilite el acceso a capital. Aunque la macroeconomía ha mostrado señales de estabilización, la presión impositiva y las dificultades para conseguir inversiones en Argentina empujan a muchas startups a buscar financiamiento en el exterior. Apoyar a emprendedores con alivios fiscales puntuales y programas que fomenten la llegada de capital puede ser muy útil.

Si cada persona tiene 6.200 pensamientos por día, probablemente cada tanto tenga uno bueno, uno que pueda funcionar. Estos veinteañeros demostraron que se puede. Quién dice, tal vez este periodista sea uno de los primeros que entrevistó a los futuros unicornios argentinos.