¿”Ser autista se volvió cool”?
Creció 400% el número de personas diagnosticadas con autismo en Estados Unidos y Argentina no se queda atrás. De hecho, según un autotest de internet el autor de esta nota "está dentro del espectro " ¿Epidemia o sobrediagnóstico?
Es probable que sea autista. Al menos eso dijo un test que hice por Internet en dos minutos. “Tus resultados muestran posibles indicios de estar dentro del espectro autista. Tus respuestas reflejan rasgos compatibles con TEA en adultos”, indicó el resultado de un autotest de 28 preguntas de la página neuro-divergentes.com. La clave fue que respondí que desde chico “me siento distinto al resto” y que creo que “proceso la información distinto a los demás”, además de que en la primaria “tenía intereses distintos a los otros estudiantes”. Es cierto, me gusta la literatura desde que aprendí a leer, lo que era poco común, al menos en mi grado, en la Escuela rural de Héctor Cobo al costado de la Ruta 2. Eso hizo que me sintiera distinto al resto de mis compañeros y, en lo que respecta a procesar la información de una manera particular, es completamente vital para ser periodista. Se supone que procesamos información de una manera singular, tratando de encontrar el centro del hecho, lo más importante para transformarlo en una noticia. Por otro lado, tengo más de doce años de terapia y nunca se reveló la posibilidad de que mis problemas tuviesen un origen en una patología del cerebro y no en la clásica neurosis freudiana. Igual, nunca se sabe…
Para esta altura probablemente haya muchos lectores ofendidos por el título. La realidad es que surge de foros de la propia comunidad autista en Internet, quienes se muestran enojados porque la sobrediagnosticación o directamente los autodiagnósticos de las redes generan que mucha gente se sienta autista cuando realmente no necesita apoyo médico real ni asistencia estatal. Sienten que se banaliza su problema.
¿Son estos tipos de test los que están detrás del 400% de incremento en el diagnóstico del espectro autista en Estados Unidos y Argentina? ¿Es posible que la sensación universal de no encajar, la pasión por un tema de nicho o las dinámicas propias de un oficio intelectual sean redefinidas, en dos minutos y mediante 28 preguntas, como una condición del neurodesarrollo? La pregunta no es menor ni responde a una conspiración paranoica. Constituye el núcleo de una de las discusiones más intensas de la medicina y la sociología contemporáneas: la que enfrenta a la detección científica tardía con la inflación diagnóstica.
El disparador de esta conversación tuvo su hito más reciente en la portada de la prestigiosa revista alemana Der Spiegel. Bajo el título "Wer ist wirklich Autist?" (“¿Quién es realmente autista?”), un exhaustivo informe firmado por las periodistas especializadas Veronika Hackenbroch y Kerstin Kullmann abordó la paradoja central de nuestro tiempo: mientras los registros epidemiológicos muestran cifras que se han disparado de forma sideral en las últimas dos décadas, las fronteras entre lo que la medicina considera una patología y lo que constituye una simple variación del carácter humano parecen haberse vuelto líquidas.
La metamorfosis de las cifras: del caso raro al espectro infinito
Para dimensionar la magnitud del fenómeno basta con observar la evolución de las métricas. Hace apenas veinte años, el Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades de los Estados Unidos (CDC) calculaba la prevalencia del autismo en aproximadamente 1 de cada 150 niños (un 0,66% de la población infantil). En la actualidad, las mediciones más recientes de la misma red epidemiológica elevan esa cifra a 1 de cada 31 niños, lo que representa un 3,2% de la población. Se trata de un incremento de varios órdenes de magnitud en apenas dos décadas. A nivel global, la Organización Mundial de la Salud (OMS) registra una curva similar, ubicando el promedio mundial cercano a 1 de cada 100 personas.
¿Existe una epidemia biológica de autismo? El consenso científico internacional responde de manera categórica: no. Lo que ha cambiado drásticamente no es la biología de la especie, sino los criterios de la medicina para definir qué es el autismo y quiénes pertenecen a él.
Hasta fines del siglo XX, el autismo clásico era considerado un cuadro infrecuente, severo y asociado en la gran mayoría de los casos a discapacidad intelectual o retraso profundo del lenguaje verbal. Sin embargo, la publicación en 2013 del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5) eliminó las categorías rígidas —como el Síndrome de Asperger— para unificarlo todo bajo un único concepto dimensional: el Trastorno del Espectro Autista (TEA).
Al transformar la condición en un continuo o "espectro" que va desde necesidades de apoyo muy profundas (Nivel 3) hasta perfiles con lenguaje fluido, autonomía completa e inteligencia promedio o superior (Nivel 1), las redes de detección médica capturaron a millones de personas que antes quedaban fuera del radar. Se visibilizó a miles de mujeres que habían pasado su vida camuflando (masking) sus rasgos para encajar socialmente, y se cerraron brechas históricas de género y raza.
La paradoja de la "medicalización" sin pastillas
Es aquí donde el informe de Der Spiegel introduce su observación más incisiva y controversial. A diferencia de lo que ocurre con la depresión o el Trastorno por Deficiencia de Atención e Hiperactividad (TDAH), donde el aumento de diagnósticos suele estar estrechamente vinculado al interés de la industria farmacéutica por vender psicofármacos, el autismo no cuenta con ninguna pastilla capaz de "curar" o tratar sus síntomas núcleo. Los medicamentos recetados en el espectro —como antipsicóticos atípicos o inductores del sueño— se limitan estrictamente a comorbilidades severas como la agresividad, la irritabilidad o el insomnio profundo, y solo se aplican a una fracción menor de los casos.
Para la neuróloga y ensayista irlandesa Suzanne O'Sullivan, la expansión acelerada de los diagnósticos de autismo no obedece a una fabricación deliberada ni a un complot clínico, sino a una profunda transformación en la forma en que la cultura contemporánea procesa el sufrimiento humano. La neuróloga sostiene que cada época histórica ofrece una narrativa socialmente legítima para canalizar la angustia, la inadaptación o el sentimiento de ajenidad. Mientras que en el pasado esas vivencias se explicaban mediante la neurosis, la moral o la espiritualidad, el prestigio actual de las neurociencias ha convertido al "cableado cerebral" en el marco explicativo por excelencia. Al redefinir la timidez, la rigidez o la fatiga social como rasgos inmutables del neurodesarrollo, la persona encuentra una narrativa de certeza que elimina la culpa y el juicio ajeno. Sin embargo, O'Sullivan advierte sobre las consecuencias de este bucle sociogénico, impulsado por la hipervigilancia digital y las redes sociales. Cuando la cultura difunde listas de síntomas sutiles, la población empieza a interpretar el ruido de fondo habitual de la vida —el estrés, la sobreestimulación o los días de torpeza relacional— como evidencia de una patología. El riesgo central de esta patologización de lo cotidiano es que, al trasladar las dificultades de la maduración personal y del aprendizaje social al terreno de la neurología inalterable, el individuo renuncia al esfuerzo de desarrollar sus propias habilidades, quedando atrapado en una etiqueta que transforma los dilemas de la condición humana en categorías clínicas.
La destacada neurocientífica Uta Frith, una de las pioneras en la consolidación del concepto de espectro autista junto a Lorna Wing, ha generado una enorme controversia al afirmar que dicho concepto ha colapsado debido a una ampliación excesiva que ha diluido su valor clínico. Frith sostiene que el diagnóstico se ha vuelto tan masivo y "romántico" en las redes sociales que corre el riesgo de perder su significado médico, por lo que propone dividir el espectro en dos categorías: mantener el diagnóstico estricto de autismo solo para quienes muestran dificultades severas desde la infancia temprana, y reclasificar a los adultos y adolescentes con necesidades de apoyo leves bajo el nuevo término de "personas hipersensibles". Sin embargo, esta postura ha provocado un profundo rechazo en la comunidad autista y en la psicología moderna, ya que críticos y organizaciones advierten que despojar a estas personas de la etiqueta de autismo invalida sus vivencias y, de manera crucial, podría dejarlas sin el derecho legal a adaptaciones académicas, laborales y de salud indispensables para su bienestar.
El escenario argentino: ley, burocracia y la huella freudiana
Este choque entre la nosología médica y la experiencia individual cobra una dimensión singular en la Argentina. Nuestro país presenta un ecosistema único en el mundo por la confluencia de dos factores: un marco legal sumamente garantista y una arraigada tradición psicoanalítica que durante décadas dominó el campo de la salud mental.
Históricamente, en la cultura psicoterapéutica argentina, la búsqueda de respuestas a la angustia, el sentimiento de ajenidad o las dificultades vinculares se canalizó a través del psicoanálisis y la indagación de la neurosis. Sin embargo, en los últimos diez años se ha producido una transición acelerada hacia el paradigma del neurodesarrollo.
El motor de este cambio no fue solo cultural, sino estrictamente institucional. La promulgación de la Ley Nacional de Autismo (N° 27.043) en 2014 —que declara de interés nacional la investigación, docencia, detección temprana, diagnóstico y tratamiento del TEA— reconfiguró el sistema de salud. En la Argentina, obtener una etiqueta diagnóstica formal a través del Certificado Único de Discapacidad (CUD) se convirtió en el único salvoconducto legal para que las obras sociales, las empresas de medicina prepaga y el Estado garanticen la cobertura del 100% en terapias de rehabilitación, módulos de integración escolar y acompañantes terapéuticos.
Esta exigencia burocrática genera una paradoxal realidad cotidiana. Por un lado, permitió que miles de familias vulnerables accedieran a prestaciones esenciales para niños con necesidades de apoyo significativas. Por el otro, presionó a los profesionales a otorgar diagnósticos o "ampliar" la categoría para no dejar desamparados a pacientes con dificultades leves o dudosas, catalizando localmente el fenómeno de la inflación diagnóstica. En paralelo, en los centros urbanos florece un circuito privado de evaluaciones neurológicas para adultos que buscan confirmar su autodiagnóstico, muchas veces movilizados por lo que observan en redes sociales.
El "Efecto TikTok" y el autodiagnóstico como refugio moral
A esta dinámica institucional se le suma la aceleración provocada por los algoritmos de las plataformas digitales. Formatos virales en TikTok e Instagram —donde creadores enumeran "signos sutiles" de autismo como tener una cuchara favorita, usar auriculares en el supermercado o ensayar una llamada antes de marcar— aplican de forma sistemática el llamado Efecto Barnum: la tendencia psicológica a identificarse con descripciones vagamente generales que podrían aplicarse a casi cualquier ser humano bajo estrés o cansancio.
Para los críticos del fenómeno, el peligro del autodiagnóstico en redes no radica únicamente en el error estadístico, sino en el uso de la etiqueta como un "escudo moral" o un mecanismo de evasión. Atribuir la timidez o la falta de flexibilidad relacional a un "cableado cerebral inalterable" libera al individuo de la angustia del juicio social y de la culpa freudiana, pero al mismo tiempo puede congelar su desarrollo personal. La torpeza social deja de ser una habilidad a entrenar o una secuela de la historia personal para convertirse en un destino genético inalterable.
La respuesta de la neurodiversidad: el entorno como barrera
Frente a esta postura escéptica, los defensores del paradigma de la neurodiversidad —encabezados por académicos y profesionales dentro del espectro como Damian Milton o Devon Price— argumentan que calificar el diagnóstico de "moda" o "inmadurez" desconoce la realidad clínica y el sufrimiento acumulado.
Desde esta perspectiva, explicada a través de teorías como el Double Empathy Problem (El problema de la doble empatía), la dificultad de comunicación no es un defecto intrínseco de la persona autista, sino un choque entre dos estilos de procesamiento neuronal distintos. Un cerebro autista no carece de empatía ni de interés social; simplemente procesa el mundo de forma lógica, directa y sin filtros automáticos.
Los defensores del movimiento sostienen que no es que "de repente nazcan más autistas", sino que la sociedad hiperconectada, ruidosa, sobreestimulada e hiperexigente del siglo XXI ha vuelto invivibles las pequeñas diferencias neurológicas que antes pasaban desapercibidas. Para un adulto que ha pasado décadas creyéndose "defectuoso", "egoísta" o "inadaptado", el diagnóstico formal o la identificación con el espectro no funciona como una excusa para aislarse, sino como un marco de autoconocimiento liberador que le permite entender su agotamiento (autistic burnout) y exigir adaptaciones razonables en su entorno.
Un choque de prioridades en la salud pública
La tensión de este debate no es puramente teórica; tiene consecuencias reales en la asignación de recursos médicos. Uno de los puntos de mayor preocupación expuestos por Der Spiegel radica en el enojo de las familias y personas con autismo profundo o de altas necesidades de apoyo (Nivel 3). Para este sector, la banalización del término en redes sociales corre el riesgo de invisibilizar las conductas autolesivas, la falta de lenguaje verbal y la dependencia permanente de cuidados que caracterizan a los casos severos.
El temor de que la saturación de los gabinetes de evaluación con demandas de adultos con bajas necesidades de apoyo reste turnos, terapeutas y recursos fiscales a los niños y familias que necesitan intervenciones tempranas e intensivas es uno de los dilemas éticos más complejos que enfrenta la salud pública mundial y local.
Entre la necesidad legítima de nombrar el sufrimiento no diagnosticado y el riesgo de transformar cualquier singularidad del carácter en un trastorno clínico, el autismo se ha convertido en el espejo donde la sociedad contemporánea debate qué significa ser "normal", qué nivel de incomodidad social estamos dispuestos a tolerar y hasta dónde los manuales de la psiquiatría deben definir la vasta y diversa naturaleza de la experiencia humana.