Anotá la patente
¿Por qué ustedes tienen tres premios Nobel de Ciencia?
Eso me preguntó el director del Instituto de Investigación de IA de la Universidad de Seúl apenas empezó nuestra reunión, hace casi un año. No hizo muchas más preguntas. Yo sí tenía preguntas: Corea todavía no tiene ningún Nobel de ciencia, pero su oficina de patentes recibió cerca de 250.000 solicitudes en 2024. El INPI (Instituto Nacional de la Propiedad Intelectual) recibió 3.591. Corea recibe en una semana más que nosotros en todo un año.
La pregunta es buena y la respuesta más honesta poco tiene que ver con nuestro presente. La historia del último de esos tres Nobel sirve para pensarla.
En agosto de 1975, César Milstein y Georges Köhler publicaron en Nature el trabajo que describía los anticuerpos monoclonales, técnica que daría origen a buena parte de la biotecnología moderna. Nunca se patentó.
La leyenda dice que fue una decisión ética, que Milstein quiso que el hallazgo fuera patrimonio de la humanidad. La documentación cuenta algo distinto. Semanas antes de la publicación, un funcionario del Medical Research Council escuchó la presentación, entendió lo que tenía delante y avisó al organismo británico encargado de patentar. Tardaron más de un año en contestar. En octubre de 1976 respondieron que no identificaban aplicaciones prácticas inmediatas que justificaran una explotación comercial. El trabajo ya estaba publicado y la novedad, requisito de cualquier patente, se había perdido.
Cuando le preguntaron a Milstein si le dolía, se le atribuye haber contestado que a él no, pero que a Margaret Thatcher sí, por los beneficios perdidos. El episodio derivó en una discusión pública que cambió el sistema británico de transferencia tecnológica: en 1983 el gobierno decidió que el monopolio estatal sobre las patentes de la investigación pública ya no era aceptable.
Acá esa discusión no la tuvimos.
En la Argentina “anotá la patente” es lo que se grita cuando alguien se va y no vuelve. Desde 1998 la adhesión al Tratado de Cooperación en materia de Patentes tiene media sanción del Senado y espera en Diputados. El PCT no crea una patente mundial ni le saca al INPI la última palabra: permite una presentación inicial que reserva la fecha de prioridad en más de 150 países, y treinta meses para decidir dónde seguir, en lugar de doce.
Acá no hay siquiera oficina receptora. El que quiere protección afuera arranca desde el exterior, paga por separado en cada país y corre contra ese reloj. Muchos constituyen la empresa afuera o pasan el desarrollo a una filial. El talento nace acá y la patente nace en otro lado. Hacemos algo estúpido: garantizamos educación pública y gratuita desde los 4 años hasta un sistema científico estatal, y ese Estado no tiene forma sencilla de consagrar ese proceso. El científico que logra patentar termina expulsado por el propio diseño burocrático.
Hay más por pensar que la sola adhesión al PCT: por qué a un investigador se lo evalúa más por los papers que publica que por lo que registra, por qué el INPI tarda años en conceder, si el sistema de protección de datos de prueba es mejorable. Lo cierto es que hoy somos el único país del G20 afuera del PCT.
Un sistema orientado a patentes no garantiza una “condena al éxito” al estilo de Corea, pero un rediseño nos acercaría a las buenas prácticas internacionales y podría multiplicar la inversión en investigación y desarrollo.
Milstein se fue en los sesenta y trabajó el resto de su vida en Cambridge. Hoy son muchos con historias así. Habrá más factores, pero a diferencia de esos otros, lo único que requiere es decisión. Una patente es de las pocas formas que tiene un país de quedarse con parte del valor incluso cuando la persona se va.
Anotémosla de una vez.
* Diputado nacional. Presidente de la comisión de ciencia y tecnología de la Cámara de Diputados de la Nación.
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