Cada 12 de agosto, el Día Internacional de la Juventud nos invita a revisar los discursos con los que rodeamos a las nuevas generaciones. Este año, las Naciones Unidas nos proponen un lema tan real como desafiante: “Contextos diferentes, aspiraciones comunes”. En un mundo fragmentado por desigualdades geográficas y económicas, hay algo que unifica a las juventudes de norte a sur: el deseo de dignidad, de un trabajo con futuro, de educación de calidad y de ser escuchados. Sin embargo, en pleno 2026, hay un territorio invisible donde todas esas realidades colisionan a diario. Un contexto común, acelerado e hiperconectado que moldea sus vidas por completo: el entorno digital.
Como docente y especialista en ciudadanía digital, recorro escuelas de manera constante y noto una contradicción alarmante en el mundo adulto. Por un lado, exigimos a los chicos que se preparen para el futuro tecnológico; por el otro, estigmatizamos su relación con las pantallas desde una vereda de mera queja o prohibición. Les decimos “dejá el celular” sin entender qué sucede realmente dentro de la pantalla, ignorando que hoy sus lazos afectivos, su identidad y su acceso al conocimiento pasan necesariamente por ahí.
Cuidar a la juventud hoy no es apagar los dispositivos; es involucrarnos en su convivencia digital. Eso implica conocer sus deseos, necesidades, vínculos y, sobre todo como adultos responsables, poner límites. Ni la permisión total o la prohibición son buenas consejeras; no se trata de ser en casa sus amigos ni sus verdugos, sino cumplir con nuestro rol socioafectivo de crianza.
Las problemáticas mutaron de forma dramática en los últimos años. Las aspiraciones de los pibes se ven sistemáticamente hackeadas por flagelos como la ludopatía digital, las estafas financieras dirigidas a menores, el ciberbullying escolar y el diseño de algoritmos de recomendación creados para la retención a base de odio o polarización. ¿Cómo van a construir proyectos de vida sanos si los entornos virtuales donde pasan más de seis horas al día (en promedio, según diversos estudios) están desregulados y expuestos a la crueldad algorítmica?
La ONU nos alerta sobre la vulnerabilidad de las juventudes que enfrentan aislamiento geográfico o desventajas estructurales. En nuestra región, la brecha digital profundiza estas distancias: un chico sin conectividad segura o sin alfabetización digital crítica queda automáticamente marginado de la ciudadanía del siglo XXI. El acceso seguro a internet dejó de ser un privilegio tecnológico; hoy es un derecho humano elemental para que un joven pueda estudiar, trabajar y prosperar de forma equitativa.
Desde mi experiencia en la gestión pública y el análisis legislativo, sostengo que no podemos seguir corriendo de atrás a los problemas informáticos con respuestas del siglo pasado. La inclusión juvenil requiere actualizar nuestro libreto legal, educativo y de crianza. Necesitamos leyes que regulen la responsabilidad de las grandes plataformas digitales, políticas públicas que lleven la ciberseguridad y la salud mental a cada aula, y un pacto de acompañamiento activo en los hogares.
Las aspiraciones de los jóvenes son claras: quieren un mundo más justo, seguro y con oportunidades reales. Dejemos de juzgarlos a través del filtro del prejuicio. El desafío de los adultos no es permisivos desentendidos ni prohibir, sino legislar, educar y construir, de una vez por todas, un entorno digital donde ser joven no signifique estar desprotegido.
* Abogado, docente y especialista en nuevas tecnologías.