Cognitivicidio, el verdadero “la IA nos va a matar a todos”
Permítanme comenzar con un neologismo: criti-inflismo, más simpático y gráfico que el frío criti-hype del inglés. La crítica se vuelve el mecanismo para inflar una burbuja especulativa: la de la IA.
Los populares chatbots de IA, como ChatGPT, Claude o Gemini, pertenecen a un puñado de gigantes tecnológicas. Ofrecerlos gratis o por pocos dólares mensuales solo es viable porque miles de millones de dólares de inversión anual sostienen el enorme costo de entrenar los modelos y mantener su infraestructura, sin perspectiva de recuperar ese dinero en un plazo razonable. Para que esa inversión continúe, debe mantenerse instalada la idea de que la tecnología es extremadamente potente y de que la “superinteligencia” está por llegar (spoiler: no va a suceder).
¿Eso significa que no hay peligros? Claro que no. De hecho, otro de los efectos del criti-inflismo es hacer pensar que el peligro se encuentra en un lugar futuro, hipotético, lejano, y así distraer de los problemas reales, cercanos, inmediatos, que realmente ya están sucediendo. Es una maniobra distractiva para que no hablemos de costo ambiental, la concentración de poder, la incertidumbre en el mundo laboral, y lo que aquí nos preocupa, el efecto perjudicial que los chatbots de IA están produciendo sobre nuestras capacidades cognitivas.
¿Entonces la IA nos arruina el pensamiento? No hablamos de la IA en general, que tiene buenos usos productivos. Para aumentar la productividad de las pymes, una cámara y una pequeña computadora con un modelo simple de IA podrían detectar fallas en una línea de producción y liberar al trabajador que la vigila de una rutina ingrata. En una pyme industrial siempre hay otra tarea para él. Ese uso no exige modelos gigantescos. En medicina, los modelos de IA que hacen diagnóstico por imágenes tienen probada efectividad. Estos modelos requieren capacidades de cómputo razonables y pueden ser desplegados sin entregar los datos a ninguna de las grandes tecnológicas.
Sin embargo, cuando nos movemos al terreno educativo la cosa cambia. Colegas de ONGs, el Conicet y universidades de todo el país repasamos la evidencia científica en un comunicado. Especialistas en IA, computación, educación, neurociencia y alfabetización digital coincidimos en un mensaje: ya es hora de sacar a ChatGPT, Claude, Gemini y productos similares de las aulas. Eso no significa que la escuela no deba enseñar cómo funciona la IA, todo lo contrario. El comunicado es claro: así como conducir un vehículo no significa saber de mecánica, escribir unos prompts está muy lejos de significar que sabemos de IA. La IA debe estar en la escuela bajo la lupa, como elemento de estudio.
Cuando los chatbots piensan por nosotros, atacan la parte central del proceso de aprendizaje. Aprender es como ejercitar un músculo: la actividad tiene que ser tanto conseguible como desafiante. El esfuerzo permite que el cerebro integre el conocimiento nuevo con el ya existente. Si esa tarea la hacen los chatbots, no hay aprendizaje.
Un grupo de investigadores del MIT realizó un estudio pionero (Kosmyna y colaboradores, 2025). Dividió a 54 estudiantes universitarios en tres grupos y les pidió que escribieran breves monografías en base a ciertas preguntas disparadoras. Un grupo utilizó ChatGPT, el otro solo googleó y el tercero ninguna de las dos alternativas. Al pedirles posteriormente que citaran algo de lo que habían escrito, la mayor parte de quienes googlearon y de quienes no usaron ninguna herramienta externa lo hizo sin problemas, mientras que en el grupo que utilizó el LLM la mayoría de los participantes no logró hacer una sola cita correcta de su propio trabajo.
Unos investigadores de Suecia y China (Strömberg y colaboradores, 2026) analizaron treinta meses de datos educativos de más de 26.000 estudiantes secundarios chinos. Encontraron que quienes usaban chatbots de IA hacían la tarea 30% más rápido y lograban notas 18% superiores a sus compañeros que no usaban IA. Pero, ¿aprendían más? La respuesta es no: ya a los seis meses de usar IA sus notas habían caído un 20%. Más aún, cuando rindieron exámenes de ingreso al siguiente nivel de la escuela secundaria o a la universidad, sus calificaciones también cayeron, entre un 18 y un 24%.
Si los chatbots de IA simples no funcionan, ¿funcionarán los que están personalizados para funcionar como tutores expertos y responder solamente en base a un cuerpo de conocimiento previamente seleccionado por docentes? La evidencia nos dice que tampoco: un estudio sobre 900 estudiantes que involucraba uno de estos tutores personalizados para matemática no encontró evidencia de aprendizaje cuando se tomaron exámenes “a libro cerrado” (Bastani y colaboradores, 2025).
La escuela es el lugar donde podemos no repetir la sociedad que existe y, en cambio, fomentar la que deseamos que exista. No es necesario involucrar un chatbot en la jornada escolar para explicar cómo funciona, cómo está construido y a quién beneficia.
Los chatbots de IA en el aula están matando nuestra capacidad para pensar. Estamos a tiempo de evitarlo.
*Doctor en Cs. de la Computación, docente UBA, investigador Conicet.
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