En marzo de 1818, Arthur Schopenhauer escribió una carta en la que sostuvo: Estoy firmemente convencido de que el libro en el que he realizado el arduo trabajo de comunicarlos a los demás será uno de aquellos que luego se convierten en fuente y ocasión de un centenar de otros libros”. Más allá de la prodigiosa autoestima del filósofo alemán, podemos señalar que la obra en cuestión, ni más ni menos que El mundo como voluntad y representación, fue un fracaso editorial en un primer momento y un texto sacralizado después.
Planteado de forma muy esquemática, la voluntad para Schopenhauer “es el principio fundamental del ser y se encuentra por encima del pensar y del sentir en cuanto fuerza motriz autónoma”. Sin volvernos pretensiosos, podemos sugerir que para este pensador se trata de un impulso ciego que no obedece a la razón ni tampoco a un objetivo superior, por el contrario, es aquello que empuja constantemente a existir a los individuos. Por lo tanto, “la voluntad se encuentra en un mundo sin fin ni límites, sus deseos son ilimitados, sus exigencias, inagotables, y cada deseo satisfecho hace nacer otro nuevo”. Esto último es lo que provoca que la propia voluntad sea fuente de dolor ya que la vida oscila constantemente entre el dolor –cuando falta aquello que se desea– y el aburrimiento –cuando se logra aquello que se ha deseado–. Parafraseando con algo de picardía este argumento, podríamos decir que la vida de muchos judiciales oscila, no tanto entre el dolor y el aburrimiento, sino entre los ascensos y el aburrimiento, entre aquello que pretenden más fervientemente –un cargo específico– y lo poco gloriosa que es su cotidianeidad durante la mayor parte de su trabajo.
Por su parte, la representación en Schopenhauer se vincula con el modo en el que conocemos lo que nos circunda, entonces, “todo lo que existe para el conocimiento, es decir, el mundo entero, no es más que el objeto en relación con el sujeto, la percepción para el espíritu que percibe; en una palabra: representación”. Esto implica que aquello que aparece a nuestro alrededor en lo inmediato es un conjunto de figuraciones condicionadas por el tiempo, el espacio y la causalidad. En definitiva, resulta claro que una persona “no conoce un sol ni una tierra, sino solo un ojo que ve un sol y una mano que siente una tierra. Que el Mundo que le rodea existe solo como representación…”.
Ahora bien, si de forma alegórica intentamos poner en diálogo lo dicho hasta aquí podemos preguntarnos: ¿es el mundo judicial resultado de una fuerza ciega que avanza irreflexivamente sin evaluar detenidamente el trabajo que realizan sus miembros? ¿Es precisamente ese trabajo que realizan lo que va perdiendo legitimidad para parte de la sociedad? ¿Se ha transformado el mundo judicial en una voluntad burocrática que disputa primordialmente intereses corporativos? ¿Quedó el mundo judicial desconectado de los reclamos de la ciudadanía? Si esto es así, nos encaminamos hacia un mundo judicial como voluntad y (sin) representación.
Agreguemos que para Schopenhauer el mundo que existe solo lo hace en relación a un otro: ¿cuál sería ese otro del mundo judicial? ¿Las víctimas? ¿Cuáles víctimas? ¿Los imputados? ¿Cuáles imputados? ¿Los familiares? ¿Cuáles familiares? ¿La política? ¿Los medios de comunicación? ¿La propia sociedad? ¿Qué estratos de la sociedad? ¿Los más garantizados o el estrato al que pertenece el chico recientemente atropellado en una autopista de Mendoza? Si bien no existen respuestas categóricas en cuanto a estas preguntas, necesitamos herramientas que ayuden a comprender mejor por qué los actores judiciales hacen lo que hacen –más allá de lo que deberían hacer– evitando diagnósticos apocalípticos sobre el funcionamiento de la administración de justicia.
*Investigador del Conicet | UNLP | Instituto de Cultura Jurídica.