A poco más de un año de la elección presidencial, la dirigencia política y económica empieza a mostrar señales crecientes de inquietud por el futuro cercano. Las luces amarillas se encienden en el oficialismo y en la oposición, en el empresariado y en el sindicalismo, y hasta en la mismísima Iglesia, que aguarda con ansias la visita del Papa para tratar de aplacar ciertos ánimos beligerantes.
La difusión de datos negativos por parte del Indec, esta semana, acentuó el clima de dudas. Y por partida doble. Por un lado, una nueva caída mensual de la actividad económica, explicada por la baja en la industria y el comercio. Por el otro, el aumento de 4 puntos en el índice de pobreza, que alcanza a 15 millones de personas. Un tercio del país. Como sociedad, desde hace décadas naturalizamos estos números indecorosos.
Es cierto que el organismo oficial de estadísticas también arrimó el dato de una tímida recuperación de los salarios frente a la inflación, aunque fuertemente apalancada en las remuneraciones no registradas. Esto es, en el empleo precario o sin regularizar.
Los mercados tampoco le dieron respiro a la Argentina. Los problemas domésticos, el irresuelto conflicto entre EE.UU. e Irán y la suba de las tasas norteamericanas empujaron hacia arriba el riesgo país (lo que obligó a varias provincias, salvo San Juan, a postergar inminentes emisiones de deuda), presionaron sobre el dólar y encarecieron los combustibles.
Algo de alivio para el Gobierno provino del Senado. Allí se aprobaron los cambios a la ley orgánica del Banco Central (que volverán a Diputados, donde se descuenta su sanción) y el recorte de los subsidios del régimen ampliado de zona fría.
Javier Milei y Luis “Toto” Caputo recibieron todas estas novedades en Nueva York, adonde viajaron por la Asamblea General de la ONU. Más “malvinizado”, el Presidente mantuvo su libreto habitual ante los organismos internacionales, a los que denuesta. ¿Para qué va?
En todo caso, va para reafirmar su política exterior básica. Dio el presente en un cónclave de mandatarios fans de Donald Trump, con autoelogio incluido del jefe de la Casa Blanca sobre cuánto nos ayuda, y mantuvo una bilateral con el premier israelí, Benjamin Netanyahu, en medio del boicot de muchas delegaciones.
Acaso no resulte casual que la principal noticia que trae Milei sea económica: la firma de un acuerdo para que EE.UU. financie con hasta 7.000 millones de dólares obras de infraestructura que conecten Vaca Muerta y el noroeste argentino con el Atlántico. Donde están la energía y los minerales, Washington quiere empresas norteamericanas. Nada es gratis.
El “auxilio” de Trump, como el que prestó a través del Tesoro antes de los comicios legislativos del año pasado, se renueva a medida que se extiende un interrogante clave en el círculo rojo local y global: si las dificultades socioeconómicas pueden poner en peligro la reelección de Milei y, por lo tanto, “el modelo”.
El propio presidente debió tomar nota en su viaje de estas desconfianzas y de los resultados que se demoran. Lo demostró al prometer que la economía argentina tendrá en 2028 el mejor año de su historia. Si es reelecto, claro. Atrás quedaron su promesa de una reactivación, formulada con una escatológica metáfora submarina, y la del ministro Caputo, que en abril auguró 18 meses excelentes. Van cinco y agua, como en la batalla naval.
Este retraso provoca cada vez más ansiedad en la mesa política del Gobierno, que comanda Karina Milei y de la que participa el jefe del Palacio de Hacienda. Sin prisa pero sin pausa, escalan los velados pases de factura sobre quién será el responsable si el Presidente tiene complicaciones para conseguir otro mandato.
Al frente de ese reclamo, en público, vuelve a ubicarse, cuándo no, Patricia Bullrich. Hay que seguir con atención la estrategia de diferenciación de la senadora a medida que se acerquen las urnas. No solo por lo que ella misma genera, sino también por los efectos internos que provoca, sobre todo en la hermanísima presidencial.
Para amalgamar estos matices e ir a lo seguro, Milei insistió en agitar el fantasma del “riesgo kuka” también en Nueva York, con la excusa de que Axel Kicillof coincidía en la ciudad con una minigira en la que se reunió con el alcalde, Zohran Mamdani, y con el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, entre otros.
El gobernador bonaerense pretendió mostrarse como un presidenciable opositor confiable, respetuoso de los compromisos asumidos por la Argentina. Encaró ese examen ante un nutrido grupo de inversores financieros, aupado por el empresario José Luis Manzano.
Según fuentes confiables, Kicillof evitó atacar el equilibrio fiscal, aunque sí cuestionó el modelo económico de Milei, al que calificó de “desastre”, y señaló la depreciación del dólar frente al peso. En el plano político, ratificó su idea de impulsar un frente electoral amplio, similar al que armó Lula en Brasil para ganarle a Bolsonaro padre hace cuatro años.
Las afirmaciones de quien aspira a ser el candidato “natural” del peronismo para enfrentar a Milei fueron tomadas con suma cautela por los financistas neoyorquinos, de acuerdo con diferentes fuentes de allá y de acá. No guardan buenos recuerdos, aunque rescataron la ausencia actual de posturas radicalizadas. Tampoco cayó bien la habitual agresividad presidencial, ojo.
Un inestimable aporte a la desconfianza volvió a ser mérito de Máximo Kirchner. Mientras su aborrecido Kicillof se reunía en Nueva York, el hijo de la expresidenta presentaba en Diputados un proyecto para crear un nuevo impuesto que grave cualquier salida de capitales del país. “¿Era el momento?”, se preguntó un alto funcionario kicillofista.
Por si el puñal de la oportunidad no bastara, Kirchner Jr. insistió, en una entrevista radial, en el objetivo de que “Cristina sea candidata en 2027”, al tiempo que denunció que “dentro del peronismo hay un boicot a la figura de CFK y a la posibilidad de que esté libre”.
Detrás de las declaraciones y las posturas tajantes, oficialistas y opositores protagonizan escenas que alimentan la incertidumbre social y la cautela económica, al parecer, hasta las definiciones electorales. Un modo pausa inquietante.