Fidel Castro y Miguel Díaz-Canel

El liderazgo desde Max Weber

Fidel Castro. Para muchos era un fenómeno por demás extraño. Foto: cedoc

Max Weber distingue tres formas de dominación legítima, la tradicional, basada en la costumbre; la racional-legal, fundada en normas impersonales, y la carismática, sostenida en la creencia en las cualidades excepcionales de un líder. En la práctica, estos tipos no aparecen de forma pura, sino que se combinan en distintos grados.

Fidel Castro, para gran parte de los cubanos, era un fenómeno por demás extraño: tenía las tres. Pero cuando llegó el Período Especial de los 90, la Unión Soviética se desintegró, el petróleo se cortó y los cubanos debieron aprender a vivir “solos” tras tantos años dependiendo de la URSS, lo que sostuvo el sistema fue esa combinación de carisma descomunal más un andamiaje institucional que él mismo había construido ladrillo a ladrillo. Fidel podía pararse frente a una multitud hambrienta, hablar cuatro horas y convencer a la mayoría del país de que el sacrificio tenía sentido. Si esto se combinaba con que aún vivían muchos que habían padecido la dictadura batistiana, la ecuación cerraba perfecto.

Miguel Díaz-Canel no hipnotiza a nadie. Y eso no es un insulto personal: es una descripción técnica. Es un cuadro del Partido Comunista cubano, un funcionario correcto, disciplinado, predecible. Todo lo que Weber llamaría liderazgo racional-legal puro: el hombre que está porque el sistema lo puso, no porque nadie lo siguiera a la Sierra.

El problema es que el liderazgo racional-legal solo funciona cuando el orden institucional que lo sostiene conserva cierto nivel de legitimidad social. Es decir, no alcanza con que el poder esté formalmente establecido, necesita ser reconocido como válido por quienes obedecen. En el caso cubano, ese respaldo se encuentra profundamente erosionado, lo que limita la capacidad del liderazgo para sostener autoridad efectiva.

La crisis actual es brutal y multicausal, bloqueo energético, corte del crudo venezolano, inflación, desabastecimiento, colapso de la red eléctrica y por si fuera poco el imperialismo yanqui, con Donald Trump al frente, en su máxima expresión. Pero hay algo que ningún decreto puede suplir: la ausencia de un liderazgo que convoque. El aparato de manipulación psicológica del régimen ha perdido la capacidad de moldear la percepción ciudadana y la inmensa mayoría de los cubanos no cree ni en el partido ni en sus líderes.

La eficacia del llamado al sacrificio dependía de quién lo formulaba; bajo Fidel encontraba aceptación; en el caso de Díaz-Canel, sin una fuente de legitimidad comparable, ese mismo discurso produce rechazo o indiferencia.

Y por si hiciera falta más sal en la herida: Raúl Castro sigue siendo el verdadero poder detrás del gobierno, y Díaz-Canel responde más a una lógica de continuidad que a cualquier transformación real del sistema. O sea: Cuba tiene un presidente sin carisma que, además, no manda del todo. Pero la figura de Raúl Castro, de 94 años y sin el carisma de su hermano, ya no basta para imaginar un futuro mejor. Estamos ante el combo perfecto para enfrentar la peor crisis en décadas.

Weber lo explicó hace más de un siglo. Cuba lo está demostrando hoy. Cuando un sistema deja de ser creído y pasa a ser simplemente tolerado, lo que entra en crisis no es solo un gobierno, sino la base misma de su autoridad.

*Estudiante de Licenciatura en Relaciones Internacionales.

**Lic. en Ciencia Política y Mg. en Estudios de la Unión Europea.