El petróleo vale más que la democracia
La situación de María Corina Machado vuelve a poner en evidencia las contradicciones de la política exterior estadounidense y reabre el debate sobre si los intereses económicos terminaron desplazando a la defensa de la democracia en Venezuela.
Hay momentos en los que la política internacional deja al descubierto sus verdaderas prioridades. Venezuela vuelve a ser uno de esos casos. Durante años, Estados Unidos presentó la recuperación de la democracia venezolana como un objetivo central de su política exterior. Sin embargo, cuando aparecen en escena el petróleo, la energía y los intereses económicos, los principios parecen perder importancia.
La situación de María Corina Machado es una muestra elocuente de esa contradicción. Después de convertirse en el principal símbolo de la resistencia al régimen de Nicolás Maduro y de haber sido distinguida con el Premio Nobel de la Paz en 2025, hoy enfrenta obstáculos incluso para regresar a su propio país. Resulta difícil comprender que Washington, que durante tanto tiempo sostuvo un discurso de respaldo a la oposición venezolana, ahora se niegue a facilitar una situación que debería ser considerada una prioridad política.
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Al mismo tiempo, también es cierto que los grandes liderazgos se ponen a prueba en los momentos más difíciles. Si María Corina Machado representa la esperanza democrática de millones de venezolanos, su lugar está en Venezuela. Ningún proceso de recuperación institucional puede conducirse desde el exterior. Las dictaduras no caen por declaraciones de apoyo emitidas desde otros países, sino por el coraje de quienes deciden enfrentarlas en el lugar donde ejercen el poder.
Lo verdaderamente preocupante, sin embargo, es el mensaje que transmite Estados Unidos. Si la principal dirigente opositora sigue sin poder actuar libremente en su país y el régimen de Maduro continúa gobernando sin modificaciones sustanciales, entonces la conclusión es inevitable: la dictadura permanece intacta. Lo único que cambió fue la conveniencia de quienes antes prometían aislarla.
Todo indica que la administración de Donald Trump ha decidido priorizar la estabilidad del mercado energético antes que la defensa de la democracia venezolana. Es una decisión que puede explicarse desde el pragmatismo económico, pero que resulta muy difícil de justificar desde el punto de vista político y moral.
Porque cuando las democracias negocian con las dictaduras mientras mantienen un discurso de defensa de la libertad, terminan vaciando de contenido sus propios principios. Y cuando eso ocurre, quienes pagan el costo no son los gobiernos, sino los ciudadanos que siguen viviendo bajo un régimen autoritario.
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Venezuela continúa siendo una dictadura. Si la comunidad internacional decidió convivir con esa realidad por razones económicas, al menos debería tener la honestidad de admitirlo. Lo que ya no resulta aceptable es seguir hablando de democracia mientras, en los hechos, se mira para otro lado.
CS/ff
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