OPINION

El sueño de manejar un colectivo

Quién es. El señor que manejaba parecía poderoso. Un privilegio. Foto: cedoc

Mamá sacaba los boletos. El señor que manejaba parecía poderoso. Algunos tenían buen humor, respondían con amabilidad. Saludaban compañeros que venían por la mano contraria de la avenida. Era un lugar de privilegio: manejar. Ser dueño del coche. Para algunos, todo un horizonte. Y no siempre encerrado en algún proyecto posesivo, ególatra, todo fálico, no. Las ganas de encontrar un lugar donde registrar que algo de lo personal se explaya, se pone a prueba de la buena manera. Como un Papá. No sabemos qué le pasó o qué le pasa al caballero que hace unas horas se apropió de un colectivo de línea y transitó su recorrido, levantó pasajeros, hizo el trabajo de cualquier chofer, hasta que el roce con otro coche puso en evidencia el hurto que estaba cometiendo. ¿Cómo pensar en las actuales coordenadas subjetivas un hecho de tales características? Hoy transitamos un escenario en que los jóvenes –varones en su mayoría– se suicidan porque no encuentran una salida para eso que llaman futuro. Cuando pareciera que el rol masculino no encuentra vías por donde la sensibilidad, la convicción y el coraje se aúnen en el semblante varonil. Cuando el lugar del trabajo se encuentra penosamente degradado por la palabrería del dinero fácil que vende la mentira financiera. Cuando portar un celu en las manos no supone otra cosa que obedecer las pautas, reglas que manejan otros a miles de km de distancia. ¿Cuándo empieza nuestro recorrido? ¿Hacia dónde vamos?  Y sobre toda otra cuestión: ¿Quién nos está conduciendo?

Decía Lacan que “lo colectivo no es nada sino el sujeto de lo individual”, sea una persona o una entera nación. Hoy nos maneja un señor colectivero –misógino, sádico, corrupto– cuyos cabales dan muestra de un alarmante desvarío y un peligroso propósito de estrellarnos contra el paredón de un desastre generalizado. Miles y miles de pasajeros y pasajeras ven como su recorrido se empantana en el endeudamiento, el desempleo, el aislamiento, la indiferencia. Se corrobora cómo el chofer cruza con semáforos en rojo, atropella cuanto transeúnte se le pone en el camino, va a contramano de toda norma civilizada, pero pareciera que nadie atina a decir basta. Antes bien los agentes de tránsito reprimen a quienes advierten de que hay un colectivo llamado país que marcha directo al abismo. 

El combustible se lo proporcionan –préstamos impagables de por medio– los mismos que manejan los celulares. Esos aparatitos que nos dijeron: subite a la motosierra, de la misma forma que alguna vez alguien nos dijo: subite que no los voy a defraudar. Son los mismos choferes que se apropiaron de nuestro colectivo. La soberanía ha sido un concepto muy transitado en las últimas semanas. Un proyecto aberrante puso a prueba el nervio más íntimo de este país conducido hacia la deshonra y la disolución. La soberanía es que los pasajeros tomen el mando. De manera pacífica, decidida, mancomunada…colectiva. Un desborde psíquico –si es que de eso se tratara– jamás está escindido de su entorno. A veces se trata de sujetos que con su carne hacen evidente el desvarío del cual muchos no quieren hacerse cargo. Hoy un señor dice haber cumplido su sueño de ser colectivero ¿Dónde quedaron nuestros sueños? ¿Quiénes se apropiaron de nuestro colectivo?  

*Psicoanalista. Doctor en Psicología por la Universidad de Buenos Aires.