Vivimos en una época en la que descansar se convirtió en un lujo. Terminamos una jornada agotadora y, sin embargo, seguimos conectados, pensando en lo que falta. Nos acostamos cansados y al levantarnos seguimos cansados. ¿Por qué? ¿Dormir muchas horas significa realmente descansar? ¿Cuándo el sueño es realmente reparador?
El descanso es mucho más que la cantidad de horas que pasamos en la cama: No se trata únicamente de detener la actividad física, sino de permitir que el organismo disminuya la sobrecarga y recupere sus recursos. En este sentido, descansar implica también aprender a detenernos.
El sueño profundo cumple una función esencial en la recuperación física y cerebral. Durante la noche, el organismo atraviesa diferentes etapas del sueño y necesita continuidad para que los procesos de reparación, regulación emocional, consolidación de la memoria y recuperación energética puedan desarrollarse adecuadamente. Por eso, ocho horas de sueño fragmentado o inquieto no necesariamente equivalen a ocho horas de sueño reparador.
¿Cómo sabemos si estamos descansando? Una de las mejores pistas aparece durante el día. Una persona que descansa adecuadamente puede sostener la atención, tener la capacidad para regular sus emociones y atravesar diversas dificultades cotidianas sin sentir que todo constituye una amenaza. En cambio, cuando el descanso no está siendo suficiente, al levantarse la persona se siente agotada. Puede despertarse reiteradamente durante la noche, tener sueño excesivo durante el día, irritabilidad, mayor sensibilidad frente a los problemas, dolores musculares, falta de energía y dificultad para desconectarse mentalmente.
La ansiedad y el mal descanso pueden formar un círculo difícil de romper. La preocupación mantiene al cerebro en estado de alerta dificultando la posibilidad de conciliar o sostener el sueño. Al día siguiente, aumenta la percepción de amenaza por la falta de capacidad para regular las emociones correctamente y entonces volvemos a acostarnos preocupados. No siempre necesitamos dormir más: muchas veces necesitamos aprender a descansar mejor.
¿Y cómo lo logramos? Nuestro cerebro necesita señales que indiquen que la actividad diurna está terminando.
Algunas estrategias que pueden ayudar:
1. Crear un ritual de desaceleración que sirva de señal como “cierre de día”. Durante los últimos 30 o 60 minutos antes de dormir, bajar progresivamente la actividad, buscar una luz más tenue, música tranquila, una lectura o una ducha.
2. Sacar las preocupaciones de la cama. Si la mente insiste con pendientes, escribirlos antes de acostarse.
3. Reducir las pantallas. Especialmente el contenido que nos activa emocionalmente. No solamente importa la luz de la pantalla, también lo que consumimos.
4. Mantener horarios relativamente estables. Acostarse y levantarse a la misma hora favorece la organización del ritmo sueño-vigilia.
5. Cuidar el cuerpo durante el día. La actividad física regular, la exposición a la luz natural y evitar pasar todo el día sedentario favorecen un mejor descanso nocturno.
6. No convertir el sueño en un examen. Pensar constantemente “tengo que dormirme ya” aumenta la activación. El descanso también comienza cuando dejamos de luchar contra el hecho de estar despiertos.
7. Aprender a descansar durante el día. Cinco o diez minutos de respiración lenta, silencio, caminar sin teléfono o simplemente sentarse sin producir nada.
Si las dificultades para dormir son persistentes, existen despertares frecuentes, ronquidos intensos, pausas respiratorias, somnolencia excesiva durante el día, ansiedad intensa o un cansancio que interfiere con la vida cotidiana, no debemos naturalizarlo. En esos casos es importante consultar con un profesional para evaluar las causas.
Descansar no es perder tiempo, sino una de las formas más concretas que tenemos de cuidar nuestro cerebro, regular nuestras emociones y recuperar energía para vivir.
* Dra. en Psicología. Mg. en Neurociencias.