¿Es la guerra de Irán el Suez o el Gallipoli de Estados Unidos?
La crisis del precio del combustible establecerá una nueva geopolítica. Un mundo que cambia y obliga pensar en términos diferentes: los del petrodólar.
Cuando Egipto cerró el canal de Suez durante cinco meses en 1956, desencadenó una serie de acontecimientos que mermaron la posición mundial de la libra esterlina británica, inauguraron la era del petrodólar y demostraron cómo un país pequeño puede infligir un grave daño a la potencia económica que lo había subyugado décadas antes.
Hay quien sostiene que Estados Unidos se enfrenta ahora a su propio momento Suez. Si bien esta es una visión simplista del impacto financiero del cierre del estrecho de Ormuz, también lo es la indiferencia con la que algunos dan por sentado que la hegemonía del dólar es inmune al error de cálculo del presidente Donald Trump en la guerra contra Irán.
Las similitudes entre las acciones de Irán y la crisis de Suez son engañosas. Es cierto que tanto Egipto como Irán cortaron el suministro de petróleo al cerrar una vía navegable bajo su control. Los precios de la energía se dispararon en las economías de las potencias hegemónicas. Los mercados financieros se vieron afectados, al igual que los más pobres, que siempre soportan una parte desproporcionada de los aumentos de los costes de los fertilizantes y el transporte. Pero varias diferencias fundamentales sugieren que Ormuz no será para Estados Unidos lo que Suez fue para Gran Bretaña.
Suez no hizo más que confirmar la quiebra de Gran Bretaña, resultado de actos precisos e intencionados llevados a cabo 11 años antes por la emergente potencia hegemónica estadounidense. En diciembre de 1945, Estados Unidos obligó a Gran Bretaña a aceptar un préstamo que refinanciaba las deudas de guerra británicas. La insolvencia de Gran Bretaña quedó sellada. Lo único que hizo Suez fue confirmar que un antiguo imperio en bancarrota ya no podía proyectar su poder imperial. Estados Unidos, por el contrario, no se encuentra, en absoluto, en tal estado de deterioro, a pesar de la incompetencia y la gestión imprudente de Trump.
Aunque hay mucha consternación por los rendimientos de los bonos estadounidenses, en un contexto de déficits y deudas federales en espiral, cualquier comparación con la crisis fiscal británica de 1956 no viene al caso. El Imperio británico nunca logró establecer el “privilegio exorbitante” de la libra esterlina, el notable poder de Estados Unidos para garantizar que sus déficits se paguen con entradas masivas de capital, que son la otra cara del enorme desequilibrio comercial de Estados Unidos con el resto del mundo.
Hoy en día, los no estadounidenses necesitan alrededor de un billón de dólares al año para comprar petróleo a los estadounidenses –aproximadamente el tamaño del presupuesto de defensa de EE.UU. para 2026–. Deben vender bienes y servicios al resto del mundo para ganar dólares con los que comprar su energía, materias primas y armas estadounidenses. EE.UU., a diferencia de todos los demás, imprime los dólares que otros necesitan para comprar todo lo que quieren y necesitan, y luego repercute los costes de endeudamiento a los extranjeros. Si a esto le sumamos los 100 billones de dólares de deuda global pendiente denominada en dólares, obtenemos una visión más completa de los privilegios desmesurados y duraderos de Estados Unidos. Gran Bretaña nunca los tuvo.
Del mismo modo, aunque el aumento de los precios de la gasolina está causando dificultades a la mayoría de los estadounidenses, Estados Unidos no necesita el petróleo del Golfo para mantener abiertas sus gasolineras. Esto no era así en el caso de Gran Bretaña en 1956, que necesitaba el petróleo que pasaba por el canal de Suez tanto para su propia energía como para mantener una cuota respetable de transacciones exteriores denominadas en libras esterlinas.
Algo similar ocurre con los sistemas bancarios de ambos países. La crisis de Suez mermó gravemente los ingresos de la City de Londres. Setenta años después, los bancos de Wall Street registran ingresos por operaciones de más de 40 mil millones de dólares en el primer trimestre, obteniendo enormes beneficios, al igual que el resto de las empresas estadounidenses, de la volatilidad de los mercados financieros provocada en gran medida por el aventurerismo de Trump. El hecho de que la mayoría de los estadounidenses sufran terriblemente es irrelevante en un mundo en el que la hegemonía estadounidense y la riqueza de la clase dominante de Estados Unidos están inversamente relacionadas con el bienestar de sus ciudadanos, lo cual, irónicamente, es la contradicción que impulsó el ascenso de Trump a la presidencia.
Si bien el cierre del estrecho de Ormuz no supone el fin del dominio del sistema del petrodólar, sí apunta a los cambios estructurales necesarios para una transición que se aleje de la hegemonía estadounidense.
Consideremos el caso de Pakistán, cuyo gobierno militar se regodea en el éxito de haberse erigido como intermediario clave entre Trump y el régimen iraní. Desde hace tiempo, Pakistán ha estado desplazando su base industrial de una economía petrolera a una economía eléctrica que depende de paneles solares chinos denominados en renminbi. Otros países asiáticos y africanos están siguiendo su ejemplo, lo que erosiona el complejo hidrocarburo-dólar estadounidense. Esta evolución supone un problema mayor para EE.UU. que el goteo de transacciones petroleras (como las ventas de petróleo iraní o ruso) denominadas en renminbi en lugar de dólares.
Luego está el efecto Ucrania. Al embargar activos rusos por valor de casi 300 mil millones de dólares y cortar instantáneamente el acceso del país a los circuitos de las finanzas mundiales, Estados Unidos envió inadvertidamente una señal al resto del mundo: “Hoy han sido los rusos, ¡mañana podría ser cualquiera de vosotros!”. El mensaje fue recibido alto y claro por los oligarcas, no solo en países hostiles a EE.UU., sino también en Arabia Saudita, varios emiratos, Indonesia, Malasia e incluso Ucrania.
Casi de inmediato, comenzaron a buscar estrategias de cobertura. Fue entonces cuando se centraron en la infraestructura de pagos tecnológicamente brillante, pero apenas utilizada, que China había montado: su moneda digital del banco central, su sistema de pagos interbancarios transfronterizos constantemente actualizado, el Brics Pay basado en blockchain (una alternativa al engorroso sistema de mensajería Swift) e incluso WeChat.
Ninguno de estos acontecimientos augura el declive del dólar per se. De hecho, varios países del Brics+ aumentaron sus reservas en dólares al tiempo que coqueteaban con esquemas de pago y financiación de deuda no basados en el dólar. Pero, en conjunto, estos acontecimientos, impulsados por el doble bloqueo de Ormuz, presagian el surgimiento de una arquitectura financiera alternativa que no está controlada por EE.UU. y en la que Europa es espectacularmente irrelevante.
Así pues, aunque la guerra de Irán no es el momento Suez de Estados Unidos, bien podría acabar siendo su momento Gallipoli. Fue en esa península de los Dardanelos donde, en 1915, el Imperio británico se extralimitó de forma desastrosa: subestimó la tenacidad de un régimen debilitado, sobrestimó su propia capacidad militar y demostró una estupenda confusión estratégica. ¿Te suena?
* Exministro de Finanzas de Grecia. Líder del partido MeRA25 y profesor de Economía en la Universidad de Atenas.
Copyright: Project Syndicate.
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