La Patria en peligro
Cuando la Argentina renuncia a pensar con cabeza propia, otros deciden por ella.
¿Qué es la Patria? Podríamos decir que es el vínculo emocional y cultural que une a las personas que la habitan, vinculada a las luchas por la independencia, soberanía y libertad. Es la esencia sagrada que justifica esfuerzos y luchas por la nación. En resumen, es el sentido de pertenencia y amor a la Nación, e implica la construcción histórica y social de la misma.
Por encima de todos los valores que podríamos enumerar, ya sea el pueblo, el territorio, la Constitución, los poderes, la libertad, la justicia social, etc., Primero la Patria que nos debería representar a todos los que la amamos.
¿Por qué decimos que la Patria está en peligro? El problema de fondo no es coyuntural ni meramente ideológico: es estratégico; afecta a los cimientos de la Patria. La Argentina se encuentra hoy conducida por un engendro y experimento anarcocapitalista que pasó años gritando en foros y declamando dogmas de manual en medios y sectores sociales sobre el libre mercado, mientras el mundo real, lejos del pizarrón libertario, se reconfiguraba aceleradamente hacia un nuevo orden internacional más conflictivo, proteccionista y basado en la disputa por recursos logísticos y control territorial.
Javier Milei no solo llega tarde a ese diagnóstico sino que lo niega. Su visión fundamentalista del libre mercado lo vuelve incapaz de comprender que hoy las potencias no compiten con teorías, sino con Estados fuertes, planificación, control de infraestructuras críticas y proyección geopolítica. En ese contexto, su comportamiento errático, obsecuente y personalista es un riesgo sistémico para los intereses permanentes de la Nación.
Los recientes acontecimientos sobre el puerto de Ushuaia, las leyes promovidas por el Gobierno entregando recursos naturales a grandes corporaciones y potencias, sumado al alineamiento con Estados Unidos y a la búsqueda desesperada de legitimidad externa a cualquier costo, no pueden leerse como hechos aislados. El problema no es el legítimo y estratégico alineamiento con los intereses de Occidente, que puede ser una decisión racional dentro de una política exterior soberana, sino el sometimiento incondicional y automático, sin negociación ni defensa del interés nacional. Cuando el vínculo se construye desde la subordinación y no desde la reciprocidad, se diluye la soberanía. Lo que debería ser cooperación estratégica se transforma en cesión de activos y margen de decisión, en abierta contradicción con cualquier concepción de desarrollo autónomo o interés geopolítico propio.
El escenario es de gravedad máxima para nuestra Patria. El cuadro se agrava cuando se observa la fragilidad económica estructural que el Gobierno profundiza: endeudamiento sobre endeudamiento; una economía en estado de Terapia Intensiva; caída persistente de la capacidad productiva y, como consecuencia directa, creciente dependencia externa. Vastos sectores de la población expulsados del sistema por la pobreza en aumento y las decenas de miles de empresas que cierran sus fábricas todos los días. En esas condiciones la Argentina no negocia, concede; no acuerda, se somete; no define su lugar en el mundo: lo acepta impuesto.
Desde una perspectiva nacional y peronista, el diagnóstico es preocupante. Un país debilitado económica y políticamente, conducido por un liderazgo incapaz de comprender la complejidad del escenario internacional, solo puede derivar en pérdida de soberanía, posiciones negociadoras extremadamente frágiles y una subordinación explícita a potencias que, como siempre, priorizan exclusivamente sus propios intereses.
Nada de esto puede terminar bien. La historia es elocuente, cuando la Argentina renuncia a pensar con cabeza propia, otros deciden por ella y nunca lo hacen a favor del pueblo argentino. El humor libertario podrá ser estridente en el corto plazo, pero el costo geopolítico, en cambio, será silencioso, profundo y duradero.
Es responsabilidad del pueblo, de los dirigentes y de una oposición fuerte priorizar la Patria e impedir finalmente el desastre. Impedirlo con una oposición sólida y coherente; con gobernadores que no defeccionen ni se arrodillen ante el poder de turno; con dirigentes que honren el mandato popular y no traicionen sus principios; con un Congreso que ejerza plenamente sus atribuciones y controle con rigor los acuerdos internacionales; y con un pueblo consciente que vote con responsabilidad, para que en 2027 este proceso llegue a su fin.
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