Una lección que no se quiere escuchar
Hoy necesitamos mirar más lejos. Ya no alcanza con preguntarnos cómo crecer.
Durante años, cuando la Argentina buscaba una imagen de aquello que podía llegar a ser, Rodolfo Terragno habló de Irlanda. No era arbitrario: aquel país había comprendido que una nación pequeña podía transformar educación, apertura e inversión extranjera en desarrollo. Pero hoy necesitamos mirar más lejos. Ya no alcanza con preguntarnos cómo crecer; hay que preguntarse qué sociedad será capaz de sostener ese crecimiento.
Singapur ofrece una respuesta incómoda. Cuando se independizó en 1965 carecía de recursos naturales, mercado interno significativo y territorio abundante. Su dirigencia entendió que, si no poseía ventajas suficientes, tendría que fabricarlas. Lee Kuan Yew convirtió esa necesidad en doctrina: abrió la economía, atrajo multinacionales y promovió exportaciones, pero también construyó vivienda pública, infraestructura, educación técnica y agencias profesionales.
No hay allí una impugnación del mercado, sino una comprensión más precisa de aquello para lo cual sirve. Hayek explicó por qué ninguna autoridad central puede reunir el conocimiento fragmentario de millones de individuos y por qué el sistema de precios coordina esa información mejor que cualquier planificación. Singapur tomó esa intuición en serio. El mercado descubre oportunidades y asigna recursos, pero otra cosa es formar las capacidades que determinarán qué podrá producir o innovar una sociedad dentro de veinte años. La política no debe sustituir ese descubrimiento; puede ampliar el terreno sobre el cual ocurre.
La idea tampoco es ajena a nuestra tradición liberal. Sarmiento no esperó que la demanda espontánea produjera las escuelas y hábitos intelectuales que requería una sociedad en formación. Roca consolidó luego, con la Ley 1.420, la educación primaria gratuita y obligatoria mientras el Estado extendía infraestructura e integraba una economía abierta al mundo. Entendían que la libertad económica necesita capacidades humanas e institucionales para desplegar sus efectos.
Lee llevó esa intuición más lejos. Singapur no quiso formar sólo trabajadores productivos; quiso formar singapurenses. La escuela debía transmitir conocimiento, mérito y disciplina; la vivienda debía convertir a las familias en propietarias de una porción concreta del éxito nacional; la limpieza, las reglas y la lucha contra la corrupción debían enseñar una determinada relación con lo común. Detrás de políticas distintas operaba una misma idea: las instituciones no sólo distribuyen recursos, también producen hábitos, y aquello que una sociedad premia, tolera o sanciona termina convirtiéndose en cultura.
Es difícil imaginar una lección más pertinente para la Argentina. Podemos alcanzar equilibrio fiscal, atraer inversiones y multiplicar exportaciones. Debemos hacerlo. Pero ninguna estadística macroeconómica reparará por sí sola una escuela que perdió exigencia, una administración que convirtió el trámite en una disputa o una cultura donde la transgresión obtiene más prestigio que la responsabilidad. El crecimiento modifica incentivos; no reconstruye automáticamente aquello que una comunidad considera normal.
Tampoco alcanza con Vaca Muerta, litio, cobre o una llanura fértil. Poseer recursos es una circunstancia geológica; convertirlos en desarrollo exige infraestructura, tecnología, educación, reglas previsibles y capacidad institucional. Los recursos explican riqueza potencial. Las capacidades explican qué hace una sociedad con ella.
Terragno miró a Irlanda cuando la Argentina necesitaba recordar que abrirse al mundo podía ser desarrollo. Singapur recuerda algo más exigente: el mercado puede producir riqueza, pero ninguna nación puede delegar en él la formación de las capacidades que harán posible su futuro. Sarmiento y Roca lo comprendieron antes; Lee Kuan Yew lo convirtió después en estrategia nacional.
* Director del Posgrado en Consultoría con Orientación en Asuntos Públicos (Ucema).
También te puede interesar
-
El surgimiento de la guerrilla urbana en la Argentina
-
Tener más hijos ya no es un reto
-
Descanso como antídoto
-
La brecha olvidada
-
El sueño de manejar un colectivo
-
El Estado al rescate de los bancos
-
Peronismo rama austríaca
-
El riesgo de alimentarse siguiendo consejos en redes sociales
-
El desafío Milei y la prudencia judía